Algunos goles llevan a Roma

Artículo originalmente escrito para FCBwiki.com

No era el día. Era la hora desesperada. El reloj lloraba hacia el final de los cuatro minutos de prolongación. El barcelonismo ya se resignaba a una temporada magnífica pero sin el premio más deseado. La goleada endosada al Real Madrid en su estadio cuatro días antes no era ya tan dulce, incluso el Athletic de Bilbao parecía un rival durísimo para la final de Copa del Rey que se tenía que disputar una semana después. En ese momento Iniesta recuperó el esférico cerca del área culé y trató de salir de la cueva, pero Lampard cortó su progresión tirándose al suelo. El balón rechazado le cayó a Keita, jugando de improvisado lateral izquierdo tras la expulsión de Abidal. El malí la cedió a Piqué y Piqué a Xavi, que abrió el juego a la banda derecha a un Dani Alves que no había dado un buen centro en todo el partido.

Las cosas no empezaron bien ya en el partido de ida. El 28 de abril en el Camp Nou los azulgrana fueron incapaces de superar al Chelsea. Con una línea defensiva adelantada, con Obi Mikel tapando a Xavi, Ballack sobre Iniesta y con Bosingwa encargado de frenar a Messi, los de Hiddink consiguieron tornar el grácil juego habitual del club catalán en una danza incómoda y pringosa, aunque aquel día el criticadísimo Petr Cech volvió a recordar al porterazo que era antes de fracturarse el cráneo y Wolfgang Stark optó por no señalar un agarrón de Bosingwa a Henry dentro del área en el minuto 73 de partido. Ante un Barça descafeinado Drogba y Malouda causaban muchos problemas a la defensa local. El marfileño dispuso de la ocasión más clara del partido en el minuto 38 tras aprovechar un gravísimo error de Rafa Márquez, pero Víctor Valdés detuvo el cañonazo inicial y el sutil toque con el que Drogba trató de superarle después, levantándose rápidamente para taponar el segundo remate. No había sido el mejor partido culé y el 0-0 tampoco parecía el mejor resultado para visitar Stamford Bridge.

Era el 6 de mayo de 2009 cuando el sueño del triplete se rompía, apenas unos días después de vapulear al Real Madrid en un partido histórico. Pasaban dos minutos del descuento y el Barça todavía no había chutado ni una sola vez a puerta. Alves corrió la banda y soltó un centro como había soltado muchos a lo largo del encuentro, pero esta vez hubo algo diferente: el centro era bueno. Terry despejó en primera instancia y el balón le cayó a Eto’o, de espaldas a la portería y escorado a la izquierda del área.

El Barça no llegaba en condiciones ideales a la vuelta de aquellas semifinales, todavía colocado por lo vivido frente al Real Madrid y con bajas notables: Márquez había caído lesionado en el partido de ida y Henry en el clásico. Además, el gran capitán Puyol estaba sancionado. Ante las circunstancias, Guardiola se vio obligado a reorganizar al equipo con Yaya Touré de central, Keita de volante junto a Xavi e Iniesta de extremo izquierdo. Los culés iniciaron el partido controlando el balón y moviéndolo con más fluidez que en el Camp Nou, sin embargo el golazo de Essien, que envió el balón a la escuadra con una volea casi zidaniana, rompió al conjunto catalán. Ante un rival descolocado, los bluespudieron haber sentenciado antes del descanso. El árbitro, Tom Henning Ovrebo, no pitó un penalti de Abidal a Drogba y señaló fuera del área una falta de Alves a Malouda que también podía haber pitado dentro. Además Drogba se encontró dos veces más con un enorme Valdés que fue el gran héroe olvidado de esa eliminatoria. Sin sus paradas todo lo que estaba por venir no hubiera valido para nada.

El descanso trajo serenidad a los azulgrana, que movieron el balón con más criterio que en la primera parte pero con idéntico resultado: chocaban continuamente con una muralla azul. Si la remontada parecía difícil, más lo era tras la injusta roja directa a Eric Abidal. Además los ingleses reclamaron dos penaltis más de Touré, uno sobre Drogba y otro sobre Anelka, que no eran, como tampoco unas manos involuntarias de Piqué dentro del área. El Barça lo intentaba pero el Chelsea tapaba cada espacio con maestría una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Eto’o trató de controlar la pelota, pero se le escapó. Essien falló estrepitosamente al intentar achicar y lo que despejó fue el aire. El balón llegó a Messi cerca de la esquina izquierda del área, se giró y parecía que buscaba posición de disparo. Hasta tres jugadores del Chelsea –Essien, Alex y Bosingwa-  salieron a taparle, pero el argentino fue inteligente, no se precipito y en vez de chutar por donde no había hueco cedió la pelota hacia la frontal del área donde, totalmente solo, esperaba esa criatura con estrella nacida en Fuentealbilla. Entonces, explosión.

El sueño que se resquebrajaba volvió a tener forma. Iniesta se transformó en Bakero, vistiendo Londres de Kaiserslautern y devolvió la vida a un muerto. Se pueden marcar goles más importantes pero no más épicos. Todo volvía a tener sentido, incluso la final de Copa del Rey frente al Bilbao parecía un reto fácilmente superable. Roma estaba ahí, esperaba el Manchester United de Cristiano Ronaldo, vigente campeón, pero en aquel momento todo parecía fácil para un Barça que había demostrado que podía atravesar los siete infiernos y salir vivo con una sonrisa.

En aquellos 365 días el Barça de Guardiola superó sus grandes mitos: En el Bernabéu, Gerard Pique ‘mató’ el 0-5 del Barça de Cruyff mientras mostraba la zamarra azulgrana al público tras marcar el sexto gol; Eto’o y Messi mejoraron con sus goles las finales agónicas de Londres y París con una victoria incontestable ante un gigante europeo; la aparición de un tal Pedro Rodríguez hizo posible el nacimiento del Barça de las Seis Copas, sobrepasando al equipo liderado por el mítico László Kubala que en la década de los cincuenta logró cinco. Pero por encima de todas las imágenes que generó el 2009, y especialmente el mágico mes de mayo en que se ganaron Copa, Liga y Champions, una simbolizará su éxito por encima de las demás. Una estampa extraña para un equipo cerebral y armónico acostumbrado a dominar claramente los partidos, una fotografía llena de rabia y fustración liberada tomada en uno de los pocos encuentros del año –tal vez el único- en el mejor equipo del mundo no mereció salir vencedor, aunque sí mereció ganarlo todo: la imagen de Iniesta corriendo hacia el córner de Stamford Bridge mientras se quitaba la camiseta amarilla celebrando con locura su gol. Al final, aquél sí fue el día.

El fin de la historia, empieza otra cosa

27 de marzo de 2009. Samuel Eto’o lanza un latigazo en la primera ocasión del Barça tras diez minutos arrolladores del United y supera a Van der Sar, que la verdad podía haber hecho más. Fue un golpe mortal para los ‘Red Devils’ que quedaron totalmente desfigurados y no volvieron a mostrar el poder de los primeros minutos. Aún así, los de Ferguson son uno de los equipos más peligrosos del planeta y cada vez que Cristiano Ronaldo, Rooney, Tévez o Berbatov tocaban un balón el estómago de todo el barcelonismo bailaba el hulla-hop. Cuando Xavi estrelló el balón en el palo (¿cuántos ha habido ya esta temporada? ¿otro record?) a toda la culerada pensó “como lleguemos al minuto 75 con el 1-0 nos acordaremos de esto”. Pero no ocurrió. En el minuto 70 una criatura de 1,69 se eleva ante Rio Ferdinand, central de 1,91, y Edwin van der Sar portero de 1,98, remata un centro de Xavi, supera al meta holandés por arriba y pone el 2-0. Dos minutos después Víctor Valdés salva un gol a bocajarro de Cristiano Ronaldo. Lo más complicado estaba hecho. Salvo milagro inglés, el Barça lograría el triplete.

Y
así fue. Carles Puyol levantó el tercer título de la temporada, la tercera Champions del Barça. Y de las tres orejudas, seguramente ha sido la más complicada de todas. El Lyon puede que nunca haya sido un grande de Europa, pero desde luego siempre ha sido un rival complicado y tuvieron una media hora inicial en la ida en la que bien podían haber borrado del mapa a los de Guardiola. El Bayern de Munich ha sido el gran fiasco de la temporada, pero no por ello era un rival fácil. Venía de destripar por 12-1 a un Sporting de Lisboa que a punto estuvo de dar un susto al Barça en la fase de grupos con dos goles en dos minutos. El Barça nunca había superado a los bávaros en una doble eliminatoria, por si fuera poco con la vuelta en Alemania, y aunque no llegaban en su mejor momento tiene grandísimos jugadores como Luca Toni, Bastian Schweinsteiger o el gran Franck Ribéry. La semifinal contra el Chelsea, con la vuelta en Stamford Bridge, ha sido posiblemente la prueba más complicada de toda la temporada. Hiddink supo encontrar los puntos débiles del Barça y los explotó. Únicamente Iniesta evitó una derrota que por otro lado tampoco hubiera sido injusta. Sin embargo, por mucho que diga es señor Cristiano Ronaldo, eso no quiere decir que el Barça no mereciera estar en la final, ni siquiera por los supuestos penaltis no pitados (que, excepto las manos de Piqué, son todos como mínimo discutibles). Contra un equipo que le había tomado la medida a la perfección, el Barça no perdió la cara al partido, no se rindió, no desesperó ni perdió los nervios, y al final llegó la recompensa en forma de Iniestazo.

A parte de poner Fuentealbilla en el mapa, aquel gol certificó que algo había cambiado en los genes azulgranas. En Kaiserslautern Jose Mari Bakero marcó un gol que giró la historia de un club que estaba acostumbrado a que los goles en el último minuto fueran en su contra. Iniesta certificó ese cambio con el más difícil todavía: Marcando ante un rival mucho más complicado, con el tiempo reglamentario ya cumplido, en el primer tiro a puerta del Barça y en las semifinales. Mientras que en épocas pasadas los errores arbitrales convertían faltas fuera del área en penaltis, ahora el colegiado no ve unas manos en el área culé que bien podrían haber sentenciado la eliminatoria. Mientras que en el pasado el Barça había dominado finales para encajar goles en las pocas llegadas del rival, ahora la primera ocasión azulgrana acaba en el fondo de la red. ¿Será que ahora el Barça tiene la tan llamada suerte del campeón?

Este cambio en la trayectoria del club también se nota en la afición. Cualquiera que conociera mínimamente la mentalidad culé hubiera predicho que el ánimo general ante una final de Champions contra el Manchester United, posiblemente el rival más feroz al que se ha enfrentado el Barça en una final europea, sería pesimista. Pero no. A pesar del rival y a pesar de las bajas, siempre ha flotado un halo de optimismo antes prácticamente impensable. Y el equipo respondió también de una manera impensable. Siempre se había dicho que el Barça para ganar tenía que jugar bien, mientras que otros equipos, como el Madrid, podía ganar jugando mal. Cuando peor estaban los de Guardiola, cuando todo indicaba que los ‘Red Devils’ acabarían con el tan cacareado triplete, Eto’o marcó el gol que acabó por desequilibrar la final.

Y todo cuando hace un año parecía que el Barça tendría que embarcarse en una temporada o dos de transición mientras que un Madrid que ganó la Liga pasada con la guitarra se perfilaba como un candidato para dominar el fútbol español. Pero Guardiola ha sabido, de alguna manera, a golpe de Coldplay o de Gladiator, resucitar un vestuario aparentemente muerto y enterrado después del 4-1 del año pasado. El propio técnico no se cansa de repetir que ahora todo el mundo le llama guapo porque la pelotita entra, pero que cuando deje de entrar se convertirá en el sparring de la afición. No le falta razón, y también es verdad que no se puede juzgar la calidad de un entrenador en una sola temporada, ni siquiera en dos, porque su éxito está muy estrechamente ligado a los jugadores que tiene. Grandes entrenadores han fracasado por culpa de sus plantillas y de la misma manera entrenadores mediocres, caso de Frank Rijkaard o Vicente del Bosque, han tenido grandes éxitos gracias a encontrarse un equipazo en sus manos. Pero nadie le puede quitar lo bailado a Pep. Él ha sido la única gran novedad con respecto al Barça del año pasado –salida de Ronaldinho y Deco aparte, que tampoco es poca novedad-, por lo tanto no es difícil deducir que también ha sido el gran revulsivo. Con esto, no pretendo subirme al carro a toro pasado. Yo tenía muchas dudas cuando anunciaron que el de Santpedor dirigiría el nuevo proyecto azulgrana, era partidario de la opción Mourinho, aunque me forzaba a creer en Guardiola por ser él quien era. Todavía hoy no tengo muy claro algunas de sus acciones, especialmente ciertos cambios e ideas como poner a Keita de lateral en la final de Roma, una guardiolada como otra cualquiera que me da más miedo que dos pedradas (o que las bolas de goma saca-ojos de los Mossos).

Puede que Guardiola no sea el mejor entrenador del mundo, pero muy posiblemente sea el mejor entrenador del mundo para el Barça. Su discurso, fundamentado en el conocimiento del club, de la afición y del tan temido entorno, no sólo ha sabido regenerar a la plantilla, sino que también ha sabido ilusionar a la ‘gent blaugrana’ que se ha movilizado como nunca para apoyar al equipo, se ha desplazado más que nunca y la cultura de llevar la camiseta al campo, o en su defecto cualquier artículo azulgrana, se ha impuesto en una afición tradicionalmente sosa y pesimista, cuya seña de identidad era la mítica frase “ay, que encara patirem” (Ay, que aún sufriremos). La directiva, que en los últimos años había sido protagonista con guerras intestinas, episodios rocambolescos, Sandros Rosells, Alejandritos Echevarría y otros animadores de la corte se ha pacificado, y el showman Laporta ha dejado de lado sus discursos lorísticos y sus gallumbos aeroportuarios para ceder el protagonismo a los once tipos que dan patadas a un balón y al individuo que los dirige.

Mientras que los merengues se empiezan a aferrar a las Copas de Europa ganadas hace 60 años, alarmante síntoma de una alarmante decadencia, y al retorno de un Mesías que abandonó el barco como una rata cuando se hundía (y, dicho sea de paso, ganó las mismas Ligas y Champions que el Barça durante su mandato), Guardiola ha matado en una sola temporada los grandes referentes del Barcelonismo para marcar otros nuevos y mejores. La gente ya no recordará el 0-5 de Cruyff en el Bernabéu, se acordarán del 2-6; no se recordará Kaiserlautern, se recordará Stamford Bridge; el penalti parado por Urruti en Valladolid será sustituido por el de Pinto en Mallorca. El Barça de las Cinco Copas deja paso al Barça del triplete, la culminación de un cambio de mentalidad en el club que se inició hace 20 años con el Dream Team que dirigió Cruyff . El Barça, a sus 110 años de historia, se ha hecho mayor.