La sonrisa que iluminó el Camp Nou

Pocos jugadores han dado tantas alegrías y tantas frustraciones, tanta ilusión y tanta desazón, como Ronaldinho al Camp Nou. El Gaucho llegó al Barça el 20 de julio de 2003 en el peor momento de su historia, reducido a cenizas tras el paso del huracán Gaspart, procedente del Paris Saint-Germain a cambio de 32 millones de euros. Cuatro temporadas sin lograr ningún título habían deprimido totalmente a la afición blaugrana. Pero resultó que la sonrisa de Dinho era contagiosa y con su llegada el soci volvió a soñar con victorias y sólo dos temporadas después, liderado por el genial brasileño, el Barça vivía uno de los mejores momentos de su historia al levantar su segunda Champions en París el 17 de mayo de 2006.

Pero el despertar del sueño fue duro. El 25 de agosto de 2006 el Barça perdía la final de la Supercopa de Europa en Mónaco ante el Sevilla. Fue el primer paso en un descenso a los infiernos en el que el líder también fue Ronaldinho. Saco al club del pozo para luego devolverlo. Perdida la ambición, faltó la profesionalidad. Se dedicó más a la fiesta que al campo. Demasiada noche movida. Demasiada resaca camuflada de gastroenteritis y sobrevivida en el refugio del gimnasio, lejos de los ojos de los periodistas que cubrían el entrenamiento. Su rendimiento en el campo bajó gradualmente durante la temporada 2006/2007 y en la 2007/2008 se arrastró patéticamente por los campos hasta que, en abril, una lesión puso punto y final a la agonizante etapa azulgrana de Ronaldinho. El 9 de marzo disputó su último partido como culé, un Barça-Villarreal que acabó con una derrota por 1-2, resultado que no hacía justicia a lo que Ronaldinho merecía. El 16 de julio fue traspasado al AC Milan a cambio de 25 millones y medio de euros.

Pero antes, Ronnie se había echado las ruinas del club a la espalda y llevó al Barça a protagonizar una grandísima remontada, recortándole 18 puntos al Real Madrid en la segunda vuelta y escalando de la duodécima posición a la segunda a sólo cinco puntos del campeón, el Valencia. Un presagio de los dos sensacionales años que vendrían, en los que se ganarían dos Ligas y una Champions. Ronaldo de Assis Moreira era un jugador distinto –antes de convertirse en la sombra de si mismo que es ahora-. Un jugador mágico, capaz de jugadas que sólo él era capaz de imaginar. Tras el gol del gazpacho, vinieron la espaldinha, los sombreros ante los defensas del Bilbao, el gol con la puntera en Stamford Bridge, el gol ante Osasuna, la exhibición de potencia física en el gol ante el Chelsea en el Camp Nou, la chilena contra el Villarreal, el estratosférico pase a Giuly frente al Milan, la elástica, infinitos recursos para enloquecer las defensas rivales y, por supuesto, los aplausos del Santiago Bernabéu. Incluso su último gol como culé, cuando ya estaba en una decadencia sin retorno, fue una espectacular chilena en el Vicente Calderón.

Ronaldinho fue el milagro que cambió el rumbo del Barça. Devolvió el optimismo al club, lideró al equipo y facilitó los fichajes de otros cracks como Eto’o o Deco que querían jugar al lado de un superclase como el brasileño. Sin él se hace difícil concebir los éxitos del Barça de Frank Rijkaard y, por extensión, también los del equipo de Pep Guardiola. Su historia es la de un ascenso fulgurante y una desintegración lamentable, la demostración de que nadie es indispensable por mucho que lo parezca. Hubo un momento en que parecía que el Barça se hundiría si el brasileño no firmaba un contrato hasta el 2014 y apenas tres años después se marchaba por la puerta de detrás, y sin él los azulgrana firmaron la mejor temporada de su historia. Los que hoy parecen indispensables en sus equipos –como Messi y Guardiola en el Barça o Cristiano Ronaldo en el Real Madrid- harían bien de tener en mente el final de Ronaldinho. Carismático y espectacular como pocos, quedará para siempre la duda de hasta dónde hubiera podido llegar si no se hubiera dejado echar a perder como lo hizo.

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