Nunca más

Champions_romaEn mitad del mal llamado debate del estilo una de las frases más escuchadas en los últimos días en el entorno culé es “nunca más volveremos a jugar como con Guardiola” para justificar que se haya cambiado la forma de jugar del equipo. Dejando de lado que el problema no es que el equipo juegue diferente sino que juega mal, esa frase es una de las más tristes y conformistas que se pueden pronunciar. Siempre se pensó que el fútbol que desplegó el equipo del de Sampedor volvería a la afición azulgrana aún más exigente de lo que solía ser y nadie sospechó que tendría un efecto narcótico sobre una parte de la hinchada que se conformaría con ir ganando partidos al trote cochinero hasta darse una nata al encontrarse con un equipo serio, como aquellos Real Madrid de Luxemburgo o de Juande Ramos que eran capaces de ganar mil partidos seguidos en Liga pero que sistemáticamente comían polvo en octavos de Champions. Hace no mucho tiempo el culé se mofaba de ese Real Madrid, hoy una parte de la afición se conforma con un Barça similar.

En los últimos días del menguante Barça de Rijkaard había una corriente de pensamiento (entre los que se contaba el descerebrado que aquí escribe) que apostaba por olvidarse de la escuela holandesa y fichar a Mourinho (descerebrados, ya os digo). El argumento era bastante similar: “va a pasar mucho tiempo antes de que tengamos un equipo que juegue como Ronaldinho y compañía”. Todos sabemos qué pasó inmediatamente. Lo más divertido es que tras la destitución de Cruyff también hubo voces que dijeron que había que pasar página porque repetir lo conseguido por el holandés era imposible. Pues bien, no sólo era posible volver a ganar con aquella idea sino que se han logrado dos equipos que han jugado tan bien o mejor que el Dream Team -sin olvidar el Barça de Van Gaal que sin llegar a esos niveles no fue un mal intento-.

Además ¿quién dijo que hace falta jugar tan bien como lo hacía el Barça de Guardiola? Absolutamente nadie. Pero lo que es absurdo es utilizar la excelencia (nuevo palabro de moda de los creadores de ‘valores’) con la que se ha jugado como justificación del juego mediocre que el Barça viene desplegando desde principios de año, no sólo desde la llegada de Martino. Se puede jugar bien de muchas maneras, desde luego, y casi todas son más fáciles de aplicar que el juego de posición de la escuela Rinus Michels, pero ese fútbol ha dado al Barça tres de sus mejores tres épocas, y la mejor de la Selección Española. ¿Realmente hay razones para cambiarlo? ¿Realmente no se puede repetir? Todo cuando se ha hecho es susceptible de ser repetido y mejorado, o cuanto menos es posible acercarte a ello. Todo lo demás es conformismo.

El Barça y sus interrogantes

Ya está aquí el momento que todo culé sabía que llegaría pero en el que nadie quería pensar. El Barça saldrá a competir un título sin la estrella que durante los últimos cuatro años ha guiado no sólo al primer equipo de fútbol, sino al club entero. Cuatro años en los que Guardiola no sólo se ocupó de dirigir a uno de los mejores equipos de la historia, también a apagar los fuegos generados por las bravuconadas de Laporta y los palos de ciego de Rosell. Sólo Dios, si existe, sabe cómo evolucionará sin su superlíder un club que lleva la fractura en su genética como si fuese el fútbol de posición. Puede que el Guardiolismo haya servido para que la afición azulgrana madure, pero como en cualquier club de fútbol la estabilidad a corto plazo depende de los resultados. No cabe duda de que la apuesta de Tito Vilanova es la continuidad absoluta, como es lógico, pero esta misma apuesta por la continuidad absoluta encierra una serie de interrogantes que marcarán los resultados como ya ocurrió el año pasado.

El más importante es el nivel que ofrecerá Xavi. Con 32 años y con problemas en el tendón de Aquiles, el equipo nota muchísimo cuando el de Terrassa baja el nivel (también la selección Española, no es casualidad que el mejor partido de la Eurocopa coincidiese con el mejor del centrocampista azulgrana). ¿Cómo gestionar que tu timón ya no pueda disputar 50 partidos por temporada al máximo nivel? Esta pregunta se superpone con otra, que es cómo acabará de encajar Cesc en el equipo. El año pasado comenzó la temporada como un avión y acabó diluyéndose después de Navidad, cuando la posición de interior le obligó a controlar su tendencia al desorden y él mismo reconoce que acabó por bloquearse. Por experiencia y posición el ex-Gunner debería ser el reemplazo natural de Xavi, a pesar de ser un jugador totalmente distinto.

Otro gran interrogante está en la línea delantera. La escalofriante cifra goleadora de Leo Messi ocultó el año pasado ciertas carencias del equipo y es que en momentos clave, si falla La Pulga, al Barça le falta gol. Este defecto es consecuencia directa de la grave lesión de Villa y la irregularidad de Pedro, jugadores que en condiciones normales te garantizan entre 20 y 25 goles por temporada cada uno. Entre los dos marcaron el pasado curso 24 goles, lo que quiere decir que en el tramo crucial de la competición al Barça le faltaron cerca de 20 goles que Messi estuvo a punto de compensar él solito, pero se quedó a un palmo de conseguirlo. Teniendo en cuenta que Alexis Sánchez nunca ha sido un goleador (el año pasado con 15 goles fue su mejor temporada en este aspecto) habrá que ver si Pedro es capaz de volver a su nivel habitual y cómo evoluciona Villa con 30 años y cerca de 9 meses sin jugar. Tito Vilanova y Andoni Zubizarreta parecen tener muy claro este punto, ya que en ningún momento han parecido interesados en buscar un delantero, siempre con la carta Neymar bajo la manga (otro interrogante en si mismo).

Y en defensa, dos nombres propios, Piqué y Puyol. El gran capitán es un portento de la naturaleza, sin embargo con 34 años tiene una edad en la que la mayoría de los jugadores empiezan a cambiar el fútbol por la petanca y deberá dosificarse. El problema de Piqué es otro. Cuando quiere, es el mejor central del mundo. Seguro en defensa, exquisito con el balón y con una capacidad para tirar del carro cuando las cosas van mal pocas veces vista en un central. Los últimos meses, pero, ha parecido que el “cuando quiere” es un condicional demasiado pesado para él y cuando jugó entre lesión y lesión lo hizo disperso y despistado. Es cierto que en la Eurocopa rindió a un buen nivel, pero su carácter hace difícil ver si es una reacción pasajera o permanente. Su capacidad para sacar el balón controlado desde atrás fue vital en los éxitos del equipo. Otra gran duda es Abidal. El francés aseguró que cree que podría volver a los terrenos de juego en diciembre, pero con 32 años y un trasplante la duda no es si podrá rendir al extraordinario nivel que rendía antes de su enfermedad, es si realmente podrá jugar en la élite. Su sustituto es, además, un lateral de características opuestas. Si Abidal era la pieza defensiva que permitía compensar las continuas incorporaciones de Dani Alves, Jordi Alba es tan ofensivo como el brasileño, por lo que habrá que redefinir los automatismos defensivos del equipo.

En frente, el Real Madrid de José Mourinho es un rival formidable, con la moral por las nubes tras ganar la Liga y a su vez espoleados por la espina clavada de haber caído eliminados en semifinales de Champions por penaltis. El conjunto blanco son claros favoritos en Liga y en Champions, por lo que recuperar el trono de campeón será un reto gigantesco para los culés. Pero hay ciertos jugadores a los que los retos gigantescos les encantan.

La madre de todas las eliminatorias

Pocas eliminatorias de Champions League, de las que han sido y de las que serán, se presentan tan intensas como la semifinal entre el Barcelona y el Real Madrid. Porque aunque suene imposible es mucho más que un Madrid-Barça. Infinitamente más que las visiones reduccionistas que lo presentan como un Guardiola-Mourinho o como un Messi-Cristiano Ronaldo. En esta eliminatoria se cruzan el mejor Barça de la historia (para algunos el mejor equipo que ha existido) frente a un Real Madrid fabuloso construido para acabar con el ciclo culé. Los dos mejores equipos del mundo, liderados por los dos mejores entrenadores del mundo, con los dos jugadores más desequilibrantes del mundo. Por si fuera poco, la semifinal es el tercer acto de un tríptico de encuentros entre Liga, Copa y Champions.

Ambos equipos tienen argumentos para afrontar el partido con optimismo. El Barça tiene su fútbol, el Madrid el momento psicológico. En la final de Copa el Real Madrid demostró que puede imponer su fútbol al del Barça, sacar a los culés del encuentro y buscar la yugular –y de paso algún tobillo- de su rival. Mourinho sacó de la chistera un planteamiento que sorprendió a los azulgranas, que parece esperaban a un Madrid atrincherado como en el encuentro de Liga. Con la circulación de balón ahogada por un “trivote” adelantadísimo, los de Guardiola fueron un flan arrollado por el Real Madrid. Únicamente Pinto, el palo y la Virgen del Rocío evitaron que la final estuviera sentenciada al descanso.

Pero el fútbol tiene esas cosas extrañas. Empezó la segunda parte y resultó que alguien le había dado al interruptor. Cruyff decía que si te hacen faltas es porque tú no mueves el balón suficientemente rápido, y el partido quiso darle la razón. Xavi, Iniesta, Messi y Busquets aceleraron el esférico y el planteamiento sabueso del Real Madrid se diluyó. Demostrado que el Barça tiene armas para desligarse los nudos que pueda tejer Mourinho, la segunda parte recordó ligeramente al 5-0 y únicamente Casillas, el palo, un palmo de fuera de juego y la Virgen de Lourdes evitaron que el Barça levantara la Copa del Rey.

Con ambos equipos desfondados, la moneda de la prórroga cayó del lado blanco con una fantástica jugada de Di María que remachó Cristiano Ronaldo para que los blancos se llevaran el primer título del año, tan merecido como lo hubiera sido que se la copa la hubiera levantado Puyol.

El Madrid tiene la tranquilidad de tener ya un título en sus vitrinas, y el Barça sabe que si no hace el tonto tiene muy bien encaminado la Liga –que es más importante que la Copa-. El desenlace de la eliminatoria marcará también el “ganador” del año, especialmente si uno de los dos acaba llevándose la Champions. Uno triunfará y el otro fracasará. Más allá del valor sentimental (que sí, importante) y del ruido mediático (que no tan importante), la valoración futbolística de cada temporada no debería depender de estos dos partidos sino de un análisis más frío, como si la eliminatoria de Champions hubiera sido contra el Manchester y la final de Copa contra el Valencia. El Real Madrid ha logrado una puntuación en Liga que en otras temporadas le hubiera hecho campeón, y el Barça ha perdido la Copa en la prórroga de la final. Pase lo que pase en Europa ambos conjuntos habrán hecho una temporada sensacional y habrán demostrado han trabajado en el camino correcto más allá de actitudes fuera de los terrenos de juego. El fútbol es un juego y perder forma parte de ello, pero si compites al nivel que han competido Barça y Madrid poco se puede reprochar.

Algunos goles llevan a Roma

Artículo originalmente escrito para FCBwiki.com

No era el día. Era la hora desesperada. El reloj lloraba hacia el final de los cuatro minutos de prolongación. El barcelonismo ya se resignaba a una temporada magnífica pero sin el premio más deseado. La goleada endosada al Real Madrid en su estadio cuatro días antes no era ya tan dulce, incluso el Athletic de Bilbao parecía un rival durísimo para la final de Copa del Rey que se tenía que disputar una semana después. En ese momento Iniesta recuperó el esférico cerca del área culé y trató de salir de la cueva, pero Lampard cortó su progresión tirándose al suelo. El balón rechazado le cayó a Keita, jugando de improvisado lateral izquierdo tras la expulsión de Abidal. El malí la cedió a Piqué y Piqué a Xavi, que abrió el juego a la banda derecha a un Dani Alves que no había dado un buen centro en todo el partido.

Las cosas no empezaron bien ya en el partido de ida. El 28 de abril en el Camp Nou los azulgrana fueron incapaces de superar al Chelsea. Con una línea defensiva adelantada, con Obi Mikel tapando a Xavi, Ballack sobre Iniesta y con Bosingwa encargado de frenar a Messi, los de Hiddink consiguieron tornar el grácil juego habitual del club catalán en una danza incómoda y pringosa, aunque aquel día el criticadísimo Petr Cech volvió a recordar al porterazo que era antes de fracturarse el cráneo y Wolfgang Stark optó por no señalar un agarrón de Bosingwa a Henry dentro del área en el minuto 73 de partido. Ante un Barça descafeinado Drogba y Malouda causaban muchos problemas a la defensa local. El marfileño dispuso de la ocasión más clara del partido en el minuto 38 tras aprovechar un gravísimo error de Rafa Márquez, pero Víctor Valdés detuvo el cañonazo inicial y el sutil toque con el que Drogba trató de superarle después, levantándose rápidamente para taponar el segundo remate. No había sido el mejor partido culé y el 0-0 tampoco parecía el mejor resultado para visitar Stamford Bridge.

Era el 6 de mayo de 2009 cuando el sueño del triplete se rompía, apenas unos días después de vapulear al Real Madrid en un partido histórico. Pasaban dos minutos del descuento y el Barça todavía no había chutado ni una sola vez a puerta. Alves corrió la banda y soltó un centro como había soltado muchos a lo largo del encuentro, pero esta vez hubo algo diferente: el centro era bueno. Terry despejó en primera instancia y el balón le cayó a Eto’o, de espaldas a la portería y escorado a la izquierda del área.

El Barça no llegaba en condiciones ideales a la vuelta de aquellas semifinales, todavía colocado por lo vivido frente al Real Madrid y con bajas notables: Márquez había caído lesionado en el partido de ida y Henry en el clásico. Además, el gran capitán Puyol estaba sancionado. Ante las circunstancias, Guardiola se vio obligado a reorganizar al equipo con Yaya Touré de central, Keita de volante junto a Xavi e Iniesta de extremo izquierdo. Los culés iniciaron el partido controlando el balón y moviéndolo con más fluidez que en el Camp Nou, sin embargo el golazo de Essien, que envió el balón a la escuadra con una volea casi zidaniana, rompió al conjunto catalán. Ante un rival descolocado, los bluespudieron haber sentenciado antes del descanso. El árbitro, Tom Henning Ovrebo, no pitó un penalti de Abidal a Drogba y señaló fuera del área una falta de Alves a Malouda que también podía haber pitado dentro. Además Drogba se encontró dos veces más con un enorme Valdés que fue el gran héroe olvidado de esa eliminatoria. Sin sus paradas todo lo que estaba por venir no hubiera valido para nada.

El descanso trajo serenidad a los azulgrana, que movieron el balón con más criterio que en la primera parte pero con idéntico resultado: chocaban continuamente con una muralla azul. Si la remontada parecía difícil, más lo era tras la injusta roja directa a Eric Abidal. Además los ingleses reclamaron dos penaltis más de Touré, uno sobre Drogba y otro sobre Anelka, que no eran, como tampoco unas manos involuntarias de Piqué dentro del área. El Barça lo intentaba pero el Chelsea tapaba cada espacio con maestría una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Eto’o trató de controlar la pelota, pero se le escapó. Essien falló estrepitosamente al intentar achicar y lo que despejó fue el aire. El balón llegó a Messi cerca de la esquina izquierda del área, se giró y parecía que buscaba posición de disparo. Hasta tres jugadores del Chelsea –Essien, Alex y Bosingwa-  salieron a taparle, pero el argentino fue inteligente, no se precipito y en vez de chutar por donde no había hueco cedió la pelota hacia la frontal del área donde, totalmente solo, esperaba esa criatura con estrella nacida en Fuentealbilla. Entonces, explosión.

El sueño que se resquebrajaba volvió a tener forma. Iniesta se transformó en Bakero, vistiendo Londres de Kaiserslautern y devolvió la vida a un muerto. Se pueden marcar goles más importantes pero no más épicos. Todo volvía a tener sentido, incluso la final de Copa del Rey frente al Bilbao parecía un reto fácilmente superable. Roma estaba ahí, esperaba el Manchester United de Cristiano Ronaldo, vigente campeón, pero en aquel momento todo parecía fácil para un Barça que había demostrado que podía atravesar los siete infiernos y salir vivo con una sonrisa.

En aquellos 365 días el Barça de Guardiola superó sus grandes mitos: En el Bernabéu, Gerard Pique ‘mató’ el 0-5 del Barça de Cruyff mientras mostraba la zamarra azulgrana al público tras marcar el sexto gol; Eto’o y Messi mejoraron con sus goles las finales agónicas de Londres y París con una victoria incontestable ante un gigante europeo; la aparición de un tal Pedro Rodríguez hizo posible el nacimiento del Barça de las Seis Copas, sobrepasando al equipo liderado por el mítico László Kubala que en la década de los cincuenta logró cinco. Pero por encima de todas las imágenes que generó el 2009, y especialmente el mágico mes de mayo en que se ganaron Copa, Liga y Champions, una simbolizará su éxito por encima de las demás. Una estampa extraña para un equipo cerebral y armónico acostumbrado a dominar claramente los partidos, una fotografía llena de rabia y fustración liberada tomada en uno de los pocos encuentros del año –tal vez el único- en el mejor equipo del mundo no mereció salir vencedor, aunque sí mereció ganarlo todo: la imagen de Iniesta corriendo hacia el córner de Stamford Bridge mientras se quitaba la camiseta amarilla celebrando con locura su gol. Al final, aquél sí fue el día.

Mourinho cogió su fusil

Lo consiguió. Que a nadie le quepa la menor duda de que José Mourinho llevaba esperando esto desde el minuto cero en que aterrizó en Madrid. Provocando poco a poco, como una gota malaya, esperaba con ansia que alguien cayera en su trampa, explotara y provocara un efecto dominó. Manolo Preciado abrió el fuego respondiendo a las declaraciones del portugués, y Pochettino, Garrido y otros entrenadores de primera se han posicionado a favor del entrenador sportingista. Otros como Camacho y Michel no se han mojado y Guardiola no ha querido hablar al respecto, pero todavía se espera a que alguien se alinee con el luso, que tiene exactamente el escenario que quería.

No hay otro entrenador en el mundo que domine la sala de prensa como el entrenador merengue, ni siquiera Guardiola. A lo largo de su trayectoria ha sabido usarla para enrarecer el clima de las competiciones para imprimirles un ambiente adrenalínico en el que sabe motivar como nadie a sus jugadores. Ya lo hizo en Inglaterra y en Italia, donde sostuvo intensos tiroteos con Ferguson, Wenger, BenitezRanieri o Spalletti, incluso fue multado en Italia varias veces. Mourinho crea una atmósfera en la que el universo y todos sus elementos están contra él y su plantilla y la usa para azuzar a sus jugadores.

El fin justifica los medios. Hay que ganar aunque para ello se tenga que recurrir a las estrategias más sucias y antideportivas -canallas, que dirían algunos- como calentar un partido a extremos peligrosos. La necesidad de títulos del Real Madrid llega a tales límites que aceptan que un entrenador recién llegado al club dinamite el archifamoso ‘señorío’ cada vez que le ponen delante un micrófono. Mourinho siempre ha entrenado en con urgencias por ganar y ha sacado provecho de la carta blanca recibida. El Porto llevaba cinco años sin ganar una Liga, el Chelsea llevaba 50, el Inter  no ganaba una Champions desde 1965 y llega al Madrid tras seis temporadas sin pasar de octavos en Europa y tras haber gastado cerca de 300 millones en fichajes con la resaca del triplete culé. Queda por ver cómo se las arreglaría el portugués en un club en el que no le permitieran este juego, pero de momento parece que está empezando a salirse con la suya en la Liga española. Para su desgracia, por ahora el que no parece caer en su trampa es precisamente su máximo rival, Pep Guardiola. El de Sampedor ha evitado sabiamente responder a las provocaciones de un Mourinho que espera con ansia que le de los buenos días para montar un incendio. El entrenador culé es una persona de sangre caliente  –por algo es el jugador que más veces ha sido expulsado de la historia del Barça-, pero también es tremendamente inteligente y parece que es el único que no tiene intención de entrar al trapo. Y no debe, porque en el duelo dialéctico Mourinho es imbatible, sin embargo en el terreno de juego el Barça tiene los recursos suficientes para silenciar, a golpe de violín, los cañonazos del portugués.

El gran fracaso de Pep Guardiola

Las palabras de Zlatan Ibrahimovic  tras el Trofeo Joan Gamper acusando a Guardiola de no haber hablado con él más de dos veces en los últimos nueve meses es el punto de no retorno. La una salida que queda es la marcha del sueco del Camp Nou, y más si cabe después del comunicado del club amenazando con romper el contrato con la empresa de Mino Raiola por sus, digamos, poco cariñosas palabras hacia Guardiola.

‘Ibracadabra’ llegó al Camp Nou hace un año, después de que el entrenador culé decidiera prescindir de Samuel Eto’o. Durante unas semanas Villa parecía ser la primera opción para ocupar la punta de ataque del Barça, pero las dificultades a la hora de buscarle una salida al camerunés precipitaron la llegada de Ibrahimovic en un pseudo-cambio de cromos.  La junta presidida por Laporta pagó al Inter 49,5 millones de euros y Samuel Eto’o (valorado en 20 millones) por el delantero sueco. En realidad la operación no es otra cosa que una carta de libertad encubierta a un Eto’o que, dolido, no quería facilitar su salida. La rapidez con la que se ejecutó la contratación de David Villa a principios de este verano demuestran dos cosas: primero, lo cerca que estaban las posiciones de Barça y Valencia el año pasado y, segundo, que el asturiano era la pieza que quería Guardiola. Visto esto, y a toro pasado, quizá hubiera sido mejor dar la carta de libertad a Eto’o y haber traído a Villa en ese momento.

Pero llegó Zlatan. No cabe la menor duda de que es un fenómeno, muchos vimos con buenos ojos la operación (desde el punto de vista deportivo, no económico) incluso pensábamos hasta hace poco que el sueco debía quedarse este año. Y aterrizó con el visto bueno de Guardiola, al que le gustan los delanteros altos –basta con recordar que ya en su primer año quiso fichar a Adebayor o a Drogba-. Ya desde el primer partido, la Supercopa de Europa frente al Shakhtar, se vio que no acababa de encajar con Messi, aunque sus primeros partidos de Liga en los que marcaba goles como churros apuntaban a que su adaptación sería rápida… hasta que la pelotita dejó de entrar. Entonces todo se hizo demasiado evidente. No es que Ibrahimovic hiciera una mala temporada, sus números son buenos, su papel en el Mundial de Clubs descargando balones fue vital y marcó el gol frente al Madrid en el Camp Nou que acabó por valer tres cuartos de Liga. Pero Messi y el equipo jugaban mucho mejor sin él, y cuando Guardiola lo apartó de la titularidad para dársela a Bojan en las últimas jornadas de Liga el equipo hizo un sprint final espectacular cuando parecía que el Barça estaba más justo de fuerzas.

La actual situación de Ibra es un fracaso del propio jugador, del Barça y de Pep ‘falible-aunque-no-lo-parezca’ Guardiola. Es un fracaso del propio Zlatan porque llegó como un supercrack mundial, que lo es, pero no supo encajar en el campo y en el vestuario como se supone de alguien de su categoría, y lo peor es que en sus peores momentos que parecía que le daba todo igual. Además, declaraciones como las del Gamper son una extraordinaria muestra de falta de profesionalidad, los trapos sucios del vestuario se limpian en el vestuario. Es un fracaso del club por las astronómicas cifras de su fichaje, muy lejos de la cantidad por la que se puede vender. 49,5 millones de euros más otros 20 millones en los que se tasó Eto’o, un total de 69,5 millones que lo convierten en el fichaje más caro de la historia del Barça. Los 40 millones que podría pagar el Milan pueden maquillar un poco el desastre histórico. Las cinco temporadas por las que firmó significan que cada temporada se amortizan de su fichaje 13,9 millones de euros, por lo que que ahora quedarían por amortizar 55,6. Si el Milan acaba pagando esos 40 millones, contablemente el Barça “sólo” perdería 15,6 y se libraría de pagar los 12 milloncetes anuales que cobra Zlatan. Visto el panorama, si Rosell habrá sacado petróleo de una patata ardiente que le ha caído en las manos. Sin embargo a toda esta ensalada de números hay que sumarle los 40 millones pagados por David Villa. ¿Si hubiera funcionado Ibra hubiera llegado el asturiano? Puede que sí o puede que no, pero seguro que hubiera salido más económico haber pagado un poco más al Valencia y dejar ir libre a Eto’o que toda la operación Ibra, desastrosa económicamente.

Y también es un fracaso de Guardiola, que es un extraordinario entrenador pero de momento no ha sido capaz de lidiar con los jugadores conflictivos de su plantilla, y eso ha hecho salir del equipo a Eto’o y posiblemente a Ibrahimovic. Es su fracaso, en primer lugar, porque fue él quien quiso deshacerse de Samuel Eto’o. Es cierto que el camerunés había mostrado en alguna ocasión alguna actitud inaceptable, como cuando se negó a salir en los últimos minutos frente al Racing y en la posterior rajada de Vilafranca en 2007, sin embargo su rendimiento en el campo es absolutamente intachable y –que se sepa- su comportamiento el año bajo las órdenes de Guardiola fue perfecto. Pero el de Sampedor quiso deshacerse de él y eso precipitó la operación económicamente inaceptable antes descrita. La forma de ser de Zlatan la sabíamos todos, ya había dado muestras de ello en el Inter encarándose a su propia afición, y aún así se le fichó. Desde un punto de vista deportivo, Guardiola no ha sabido encajar al sueco en el sistema de juego, no ha encontrado la manera para sacar el máximo rendimiento a Zlatan, ni a Messi cuando jugaba con él. Hasta el punto que en los momentos decisivos prescindió del sueco. Y no sólo en el tramo final de Liga, sino también en los últimos minutos del partido contra el Inter cuando el Barça necesitaba con urgencia un gol y lo sustituyó por Bojan en el minuto 62. No ha sido capaz de evitar que el sueco se desconectase, no ha sido capaz de motivarlo para que recuperara su mejor nivel y de que luchara por recuperar la titularidad y no ha sido capaz de evitar que el sueco acabara explotando ante la prensa a pesar de saber bien cómo es y habiendo aceptado su fichaje a pesar de ello para librarse de Eto’o. No estuvo muy acertado cuando se negó a hablar de Ibrahimovic pudiendo haber tirado de tópico y decir que era uno más de la plantilla y que se contaba con él, y al final Zlatan acabó rompiendo las reglas criticando duramente a Guardiola de forma pública. Tras este último episodio el jugador tiene que salir del Barça sí o sí, pero el entrenador también tiene que dar explicaciones de porqué no hablaba con Ibra. Guardiola no negó esta situación y su “siempre hay una razón” no es suficiente. Su decisión de prescindir de Eto’o ha costado al Barça 109,5 millones de euros entre los fichajes de Zlatan y de Villa (menos lo que pueda pagar finalmente el Milan por el sueco). Con la resaca del triplete, ya se aceptó el ‘feeling’ como razón para prescindir de Eto’o sin preguntar todo lo que se debía haber preguntado. Pero esta vez se debería explicar al soci porqué el fichaje más caro de la historia del Barça sale en globo tras sólo un año en el club, y además lo hace disparando con bala contra Guardiola.

Encaje de bolillos

Es cierto que es muy injusto sacar conclusiones del partido de Supercopa. El Barça se enfrentaba al Sevilla en unas circunstancias que difícilmente se volverán a repetir a lo largo de la temporada, con ocho jugadores titulares recién llegados de vacaciones con un absurdo amistoso en México de por medio y con Messi todavía lejos de su mejor forma. Tampoco es justo valorar a los canteranos por lo visto sobre el Sánchez Pizjuán. Miño, Sergi Gómez y Oriol Romeu debutaron en una alineación en la que sólo Alves y Abidal son titulares indiscutibles (Ibrahimovic está por ver si lo es, incluso si se queda) y no es lo mismo que entrar en un equipo con nueve o diez titulares. Es más, los errores que facilitaron los goles sevillistas se les puede atribuir más a los veteranos Milito y Abidal que a los debutantes Gómez y Romeu. Pero tampoco hacía falta el partido de Supercopa para comprobar que la plantilla del Barça es corta y lo visto en este encuentro no ayuda precisamente a rebatir esa teoría.

No cabe duda de que con Puyol y Piqué el Barça tiene una de las mejores, o la mejor, pareja de centrales del mundo y Busquets, a pesar de sus pajareos ocasionales, es un gran pivote defensivo. Sin embargo, tal y como está la plantilla del Barça en este momento, una lesión o una sanción –o una combinación de ambas- deja el eje defensivo del Barça en pelota picada. La marcha de Márquez y Chygrynskiy, aunque el año pasado hicieron poco más que pastar por los campos de entrenamiento, dejan a Milito como único recambio para los centrales. Además, su historial de lesiones no aconseja que juegue muchos partidos completos. La alternativa era recolocar a Abidal de central, pero el francés ha demostrado en el Mundial, en la gira asiática y en la Supercopa su nula capacidad para jugar en ese puesto. Casi recordaba a Oleguer. El caso del pivote es todavía más dramático: una baja de Busquets obliga a tirar de Oriol Romeu, que apenas ha jugado un año en segunda división B. No hay que olvidar que Yaya Touré –el gran Yaya Touré- jugó el año pasado 37 partidos (23 de Liga, tres de Copa y once de Champions). Con su marcha el Barça pierde uno de los mejores del mundo en su posición y reemplazarlo por un chaval de 18 años significa perder potencial.

Cesc Fábregas y Mezut Özil son grandes jugadores pero el Barça no los necesita. En el caso del alemán, además, todavía tiene que demostrar que lo visto en Sudáfrica no es flor de un día. Muchos jugadores han saltado a la fama en una Eurocopa o Mundial para luego estrellarse contra la realidad. Y sólo hay que recordar que el Barça estuvo a punto de fichar a Milan Baros tras la Eurocopa de 2004. Para la posición de interior, Thiago y Jonathan están suficientemente rodados para dar el salto al primer equipo si hay que rotar a Xavi e Iniesta. Muniesa, Bartra, Fontás, Sergi Gómez y Oriol Romeu tienen un potencial extraordinario pero están verdes, algunos como Gómez están verde fosforito. pero los canteranos deben ir incorporándose al primer equipo poco a poco. Casos como el de Sergio Busquets, que pasan de jugar en tercera división a la final de la Champions en apenas un año, pasan una vez en la década. Incluso Messi paso un año yendo y viniendo del filial antes de asentarse en el primer equipo e Iniesta estuvo varias temporadas siendo suplente. El escenario de verte obligado a jugártela en una semifinal de Champions, donde un solo error te puede facturar para casa, es muy arriesgado. El Barça necesita reforzar su eje defensivo si no quiere tener que hacer encaje de bolillos cada vez que tenga una o dos bajas en la zaga.