Una noche de furia

BjcePf1CAAAfnU7.png-largeTodo estaba listo para una gran noche para el madridismo. Los astros parecían alineados para, al fin, clavar el último clavo en el ataúd de ese ciclo. Ese maldito ciclo azulgrana que se niega a expirar el último aliento. Enfermo crónico desde la última temporada de Guardiola y apuñalado mortalmente por el Bayern, el equipo siempre se levanta para una última pelea, casi como el Caballero Negro de Los Caballeros de la Mesa Cuadrada, sin brazos y sin piernas pero siempre dispuesto a dar un mordisco. El triunfo del Barça en el Bernabéu quizá no hable tanto de quién es este equipo -capaz de perder en Valladolid y San Sebastián sin dar la más mínima señal de poder luchar ni por el empate- sino de quién ha sido. Porque serán las ruinas de algo antaño magnífico, pero los rescoldos del quizá mejor equipo de la historia todavía queman si tratas de meterles mano, y el Real Madrid acabó ardiendo en su propia fiesta.

El madridismo subestimo al Barça y el Madrid se sobreestimó a si mismo, y no hace falta citar a Tsun Zu para dejar claro lo fatal que puede ser esa combinación.  No es la primera vez que vemos esta historia en los últimos años, de hecho las dos mayores tundas del Barça al Madrid han llegado cuando más convencido estaba el ambiente merengue de la victoria. El 2-6 llegó después de que los blancos ganasen todos sus partidos, excepto un empate ante el Atlético, durante una vuelta completa. Dos temporadas después, el famoso ‘once de la alegría’ llegó líder al Camp Nou y se volvió a Madrid con cinco golitos en la mochila. Esta vez había una diferencia, y es que no sólo el madridismo estaba convencido de la victoria blanca, sino también buena parte de la afición culé. El Barça demostró ante el Manchester City que aun es capaz de hacer frente a los mejores equipos, es más, se les da mejor una cita al límite que un partido teóricamente asequible. Pero los Citizen, equipazo como son, mostraron ante el Barça una actitud miedosa propia de un club que no está acostumbrado a citas de tanta altura. Tardaron partido y medio en decidirse a tratar de hacer algo y para entonces ya estaba todo decidido. El Madrid no iba a darte tantas concesiones, se suponía.

El partido resultó precioso para el espectador, pero estuvo bastante mal jugado por ambos conjuntos. Más que equipos, eran once tíos con camisetas iguales que, de tanto en tanto, hacían cosas juntos. El flanco derecho culé era una calamidad: Neymar trataba de ayudar en defensa y en ataque pero no hacía absulutamente nada bien, Xavi -últimamente más destacado por su la crítica botánica que por su fútbol- no tapaba a Di María que hacía lo que quería con el de Terrassa y con Alves. Suerte tuvieron los azulgranas que Cristiano parecía haberse quedado en casa abrazado al Balón de Oro o la sangría que se organizó alrededor del minuto 20 pudo ser final. Pero más grande aún era el agujero negro en el centro del campo blanco. Di María brillaba al arrimarse a la izquierda, pero más allá del argentino, Xabi Alonso y Modric corrían como pollos sin cabeza al son de lo que querían Messi e Iniesta. La última vez que Leo recibió tantas pelotas con tanto espacio para moverse aún no tenía ni un Balón de Oro y el Madrid encajó seis goles. Hasta tres goles pudo haber marcado cómodamente el Barça antes del minuto 20 viviendo exclusivamente de balones filtrados del argentino. Messi falló una ocasión clarísima, otra la desbarató Neymar. Sólo la ocasión de Iniesta fue dentro, un gol que define la rareza del partido: un violento zurdazo de un diestro sutil, goleador tan poco habitual como definitivo.

En el naufragio táctico de ambos equipos, acabó imponiéndose el que tenía las vías de agua más pequeñas y los dos jugadores más brillantes sobre el césped, eso sí, con el pequeño empujón de un error arbitral en la fase decisiva. Messi e Iniesta fueron tan eternos que hicieron que Cristiano Ronaldo y Modric pareciesen simples modas.  Ambos jugadores llegan al tramo decisivo de la temporada en un momento extraordinario, lo que permite al Barcelona ser capaz de derrotar a cualquier equipo que se le ponga por delante. Lo malo es que con sólo dos jugadores es casi imposible ganar una liga, el mismo equipo que se impuso en el Bernabéu y en el Etihad Stadium puede perfectamente salir derrotado de un enfrentamiento contra el Granada o el Elche. El Barça debe reorganizarse alrededor de la victoria ante el Madrid, debe dar razón a los jugadores para correr ante los pequeños y confianza ante los grandes: los tres títulos son posibles, pero hay que trabajar duro. Tampoco no se puede olvidar que ahora mismo el azulgrana es un barco sin nadie al timón, sin liderazgo en el vestuario, en el banquillo y con unos kamikazes en la directiva, un barco que vive aferrado al extraordinario talento de sus futbolistas, un proyecto funámbulo que se puede ir a pique al primer error. Ocurra lo que ocurra a final de temporada el club debe renovarse a fondo.

El Real Madrid sigue siendo favorito a ganar la Liga si no se deja paralizar por el terror, tiene un punto de ventaja sobre el Barça y tiene un calendario más asequible que el Atlético,  además de un cruce en Champions que debería superar sin problemas si no se deja atacar por fantasmas del pasado. Cierto es que su candidatura a la Champions queda emborronada por su pobre bagaje hasta ahora ante los grandes, pero sigue siendo un rival enorme, especialmente ahora que será más consciente de sus propias limitaciones. Exactamente lo contrario que el Barça, que haría muy bien de no engorilarse. Claro que con Messi e Iniesta en plan Gandalf cualquiera les dice nada.

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Están locos estos culés

gerardo-martino-et-son-fidele-polo-vert-pommeSi Gurb volviese a aterrizar su nave interestelar en Collserola hoy, más de veinte años después de su estrambótica visita a la Barcelona preolímpica, y mirase los números del Barça de Gerardo Martíno llegaría a la rápida conclusión de que esta subespecie del homo sapiens que se denomina a si misma culerada están todos aún más locos que él mismo. Líderes en Liga, equipo más goleador y el menos goleado, clasificado para octavos de Champions -casi seguro como primero de grupo- cuando había encuadrado con tres equipos que suman 12 títulos de la gran competición europea. Y sin embargo todo anda revuelto en el Camp Nou: que si el estilo arriba, que si el bíceps femoral de Messi abajo, que si los niños no pueden entrar en el Camp Nou por aquí, que si perdemos la posesión por allá… están locos estos culés.

Y realmente es difícil replicar si se hace eso tan merengue de analizar las cosas exclusivamente desde el resultado. Tampoco se puede exigir mucho más a Martino, que aterrizó en el club como un paracaidista sobre una tabla de surf -mejor y más gráfica descripción de su llegada, obra de Santi Giménez-. Su diagnóstico fue tan acertado como evidente: había que recuperar elementos del mejor Barça de Guardiola y también introducir nuevos matices. El equipo debía evolucionar, como Van Gaal había hecho progresar el modelo de Cruyff, renovado más tarde por Rijkaard y perfeccionado, en el sentido más literal del término, por Guardiola. Martino tenía y tiene la obligación de participar de esa evolución. La gran pregunta es porqué ha pasado de poner énfasis en la recuperación de cosas que se habían dejado de hacer, como la presión adelantada, a centrarse únicamente en novedades que parecen ir a contranatura del diseño de la plantilla, como ceder la iniciativa al rival o plantear partidos como un correcalles de ida y vuelta. El gran Barça de Guardiola logró una combinación de extraordinaria brillantez y trabajo casi inhumano que se ve una vez cada 20 años en el mundo del fútbol y exigir de nuevo eso sería de bobos, pero da la sensación de que Martino ha visto algo en el vestuario que le ha hecho pensar que estos jugadores no podían ni siquiera acercarse un poco a aquello y ha optado rápidamente por un plan B. Alternativa que de momento está dando resultados pero también en gran parte gracias a la Virgen de la Moreneta que ha aparecido cuando se le necesitaba ¿y si un día el partido le pilla de parranda?

Hoy el Barça recuerda demasiado a aquel Real Madrid tardogaláctico que vivía de las paradas de Casillas y de los goles de Ronaldo, ahora encarnados por un Valdés agigantado tras anunciar su marcha y un Neymar que está volviendo locas a todas las defensas mientras la culerada espera el nuevo advenimiento de Messi nuestro señor. Hemos visto a los azulgrana ceder la pelota y el protagonismo a rivales menores como Betis, Rayo, Espanyol, Ajax o Milan -siete veces campeón de Europa pero hoy más cerca del descenso que de la cabeza de la tabla-, y se ha sacado un resultado positivo. Contra el Real Madrid, el Barça tuvo la inestimable colaboración de Carlo Ancelotti que tuvo a bien regalarle a los culés la primera parte. En la segunda, la Virgen de la Moreneta fue el MVP. Apareció en forma de Víctor Valdés, en forma del larguero que detuvo el cañonazo de Benzema, en forma de ceguera arbitral ante el clarísimo penalti de Mascherano a Cristiano y en forma de Alexis Sánchez, a quien no pediré que me repita la jugada de su golazo por si la falla. El Betis tuvo varias ocasiones para ponerse 1-0 y tanto Espanyol como Milan pudieron haber empatado. El Barça lleva muchos partidos jugando con fuego y así es cuestión de tiempo que se queme.

Se equivocan quienes creen que lo que se discute es sólo el estilo, que quienes critican el juego culé son apolillados talibanes del Guardiolismo. El problema no es jugar bonito, el problema es jugar bien. El asunto va más allá de si el Barça tiene que jugar bonito o no, más allá de qué estilo ha logrado más éxitos para el club azulgrana (aunque basta con dar una vuelta por el museo para ver que el ala dedicada a 1899 a 1990 es mucho más pequeña que la de 1990 a 2013). La cuestión ni siquiera es si la plantilla está diseñada para jugar como parece que pretenden en los últimos partidos, aunque este es un punto muy vinculado al quid de la cuestión. El asunto es que el camino más seguro para ganar es jugar bien, y el Barça lleva bastantes partidos sin jugar bien. Y jugar bien no es sinónimo de jugar bonito, puedes jugar muy bien encerrándote atrás y limitándote a tirar contraataques. Jugar bien es tener un plan y saber ejecutarlo, y, disculpen, pero atrincherarte en tu área contra el Betis y que te generen tres ocasiones cada diez minutos no parece el mejor ejecutado de los planes o, en el mejor de los casos, es un auténtico buñuelo de plan.

La temporada pasada debería servir como aviso. A partir de enero el Barça dejó de jugar bien (o mejor dicho, sólo jugó bien entre noviembre y diciembre), pero siguió ganando en Liga gracias a la gigantesca calidad de sus jugadores. Se lograron números de récord, pero las sensaciones al final de campaña no parecían tan brillantes. En Champions, hubo que tomar prestado el espíritu de Juanito para eliminar a un Milan muy inferior y contra el Paris Saint Germain se sufrió más de la cuenta aferrados a un Messi lesionado. Contra el Bayern el desastre fue tan absoluto que ni la inoperancia arbitral sirve de escudo. Incluso un Real Madrid envuelto en luchas intestinas e incendios mourinhistas atropelló a los azulgrana en la Copa y en el partido de Liga. Es cierto que todo esto estuvo muy marcado por la puta mierda de enfermedad de Tito Vilanova, pero siete meses, Neymar y un nuevo entrenador después, el equipo azulgrana no parece estar en un lugar muy diferente al del 7-0 contra el Bayern.

Estos tíos pueden haber sido el mejor equipo de la historia, pero la dinámica que muestra desde diciembre de 2011 -aquel 1-3 en el Bernabéu y el Mundialito contra el Santos- demuestra una decadencia ya difícil de parar. Zubizarreta ha desaprovechado ya dos veranos para comenzar una renovación del equipo que ya se impone necesaria, aunque también es cierto que estaría bien que el director técnico tuviera un verano en el que se pudiera dedicar en pleno a fichar y no tuviera que gestionar la salida del mejor entrenador de la historia del club ni encontrar un recambio de urgencia por el cáncer de Vilanova. Mientras esa renovación no llegue, lo máximo que podrá hacer Martino es armar un Barça de supervivencia. Un Barça de supervivencia que bien puede ganarte la Liga, especialmente si al Madrid le cuesta arrancar, pero parece difícil que pueda tumbar a los grandes de Europa de seguir así cuando lleguen los partidos de verdad. Quizá Martino pueda invertir en unos meses esta dinámica que ya dura dos años, pero parece complicado mientras haya futbolistas que parecen más preocupados por la longitud del césped que por su juego, más preocupados por la vida social que por los entrenamientos y futbolistas que mandan más en el club que el presidente.

Pero mientras la bofetada no llegue, Gurb mirará en La Vanguardia la clasificación, los resultados del Barça y pensará “están locos estos culés”. Sí. Total y absolutamente chalados.

El Barça y sus interrogantes

Ya está aquí el momento que todo culé sabía que llegaría pero en el que nadie quería pensar. El Barça saldrá a competir un título sin la estrella que durante los últimos cuatro años ha guiado no sólo al primer equipo de fútbol, sino al club entero. Cuatro años en los que Guardiola no sólo se ocupó de dirigir a uno de los mejores equipos de la historia, también a apagar los fuegos generados por las bravuconadas de Laporta y los palos de ciego de Rosell. Sólo Dios, si existe, sabe cómo evolucionará sin su superlíder un club que lleva la fractura en su genética como si fuese el fútbol de posición. Puede que el Guardiolismo haya servido para que la afición azulgrana madure, pero como en cualquier club de fútbol la estabilidad a corto plazo depende de los resultados. No cabe duda de que la apuesta de Tito Vilanova es la continuidad absoluta, como es lógico, pero esta misma apuesta por la continuidad absoluta encierra una serie de interrogantes que marcarán los resultados como ya ocurrió el año pasado.

El más importante es el nivel que ofrecerá Xavi. Con 32 años y con problemas en el tendón de Aquiles, el equipo nota muchísimo cuando el de Terrassa baja el nivel (también la selección Española, no es casualidad que el mejor partido de la Eurocopa coincidiese con el mejor del centrocampista azulgrana). ¿Cómo gestionar que tu timón ya no pueda disputar 50 partidos por temporada al máximo nivel? Esta pregunta se superpone con otra, que es cómo acabará de encajar Cesc en el equipo. El año pasado comenzó la temporada como un avión y acabó diluyéndose después de Navidad, cuando la posición de interior le obligó a controlar su tendencia al desorden y él mismo reconoce que acabó por bloquearse. Por experiencia y posición el ex-Gunner debería ser el reemplazo natural de Xavi, a pesar de ser un jugador totalmente distinto.

Otro gran interrogante está en la línea delantera. La escalofriante cifra goleadora de Leo Messi ocultó el año pasado ciertas carencias del equipo y es que en momentos clave, si falla La Pulga, al Barça le falta gol. Este defecto es consecuencia directa de la grave lesión de Villa y la irregularidad de Pedro, jugadores que en condiciones normales te garantizan entre 20 y 25 goles por temporada cada uno. Entre los dos marcaron el pasado curso 24 goles, lo que quiere decir que en el tramo crucial de la competición al Barça le faltaron cerca de 20 goles que Messi estuvo a punto de compensar él solito, pero se quedó a un palmo de conseguirlo. Teniendo en cuenta que Alexis Sánchez nunca ha sido un goleador (el año pasado con 15 goles fue su mejor temporada en este aspecto) habrá que ver si Pedro es capaz de volver a su nivel habitual y cómo evoluciona Villa con 30 años y cerca de 9 meses sin jugar. Tito Vilanova y Andoni Zubizarreta parecen tener muy claro este punto, ya que en ningún momento han parecido interesados en buscar un delantero, siempre con la carta Neymar bajo la manga (otro interrogante en si mismo).

Y en defensa, dos nombres propios, Piqué y Puyol. El gran capitán es un portento de la naturaleza, sin embargo con 34 años tiene una edad en la que la mayoría de los jugadores empiezan a cambiar el fútbol por la petanca y deberá dosificarse. El problema de Piqué es otro. Cuando quiere, es el mejor central del mundo. Seguro en defensa, exquisito con el balón y con una capacidad para tirar del carro cuando las cosas van mal pocas veces vista en un central. Los últimos meses, pero, ha parecido que el “cuando quiere” es un condicional demasiado pesado para él y cuando jugó entre lesión y lesión lo hizo disperso y despistado. Es cierto que en la Eurocopa rindió a un buen nivel, pero su carácter hace difícil ver si es una reacción pasajera o permanente. Su capacidad para sacar el balón controlado desde atrás fue vital en los éxitos del equipo. Otra gran duda es Abidal. El francés aseguró que cree que podría volver a los terrenos de juego en diciembre, pero con 32 años y un trasplante la duda no es si podrá rendir al extraordinario nivel que rendía antes de su enfermedad, es si realmente podrá jugar en la élite. Su sustituto es, además, un lateral de características opuestas. Si Abidal era la pieza defensiva que permitía compensar las continuas incorporaciones de Dani Alves, Jordi Alba es tan ofensivo como el brasileño, por lo que habrá que redefinir los automatismos defensivos del equipo.

En frente, el Real Madrid de José Mourinho es un rival formidable, con la moral por las nubes tras ganar la Liga y a su vez espoleados por la espina clavada de haber caído eliminados en semifinales de Champions por penaltis. El conjunto blanco son claros favoritos en Liga y en Champions, por lo que recuperar el trono de campeón será un reto gigantesco para los culés. Pero hay ciertos jugadores a los que los retos gigantescos les encantan.

La madre de todas las eliminatorias

Pocas eliminatorias de Champions League, de las que han sido y de las que serán, se presentan tan intensas como la semifinal entre el Barcelona y el Real Madrid. Porque aunque suene imposible es mucho más que un Madrid-Barça. Infinitamente más que las visiones reduccionistas que lo presentan como un Guardiola-Mourinho o como un Messi-Cristiano Ronaldo. En esta eliminatoria se cruzan el mejor Barça de la historia (para algunos el mejor equipo que ha existido) frente a un Real Madrid fabuloso construido para acabar con el ciclo culé. Los dos mejores equipos del mundo, liderados por los dos mejores entrenadores del mundo, con los dos jugadores más desequilibrantes del mundo. Por si fuera poco, la semifinal es el tercer acto de un tríptico de encuentros entre Liga, Copa y Champions.

Ambos equipos tienen argumentos para afrontar el partido con optimismo. El Barça tiene su fútbol, el Madrid el momento psicológico. En la final de Copa el Real Madrid demostró que puede imponer su fútbol al del Barça, sacar a los culés del encuentro y buscar la yugular –y de paso algún tobillo- de su rival. Mourinho sacó de la chistera un planteamiento que sorprendió a los azulgranas, que parece esperaban a un Madrid atrincherado como en el encuentro de Liga. Con la circulación de balón ahogada por un “trivote” adelantadísimo, los de Guardiola fueron un flan arrollado por el Real Madrid. Únicamente Pinto, el palo y la Virgen del Rocío evitaron que la final estuviera sentenciada al descanso.

Pero el fútbol tiene esas cosas extrañas. Empezó la segunda parte y resultó que alguien le había dado al interruptor. Cruyff decía que si te hacen faltas es porque tú no mueves el balón suficientemente rápido, y el partido quiso darle la razón. Xavi, Iniesta, Messi y Busquets aceleraron el esférico y el planteamiento sabueso del Real Madrid se diluyó. Demostrado que el Barça tiene armas para desligarse los nudos que pueda tejer Mourinho, la segunda parte recordó ligeramente al 5-0 y únicamente Casillas, el palo, un palmo de fuera de juego y la Virgen de Lourdes evitaron que el Barça levantara la Copa del Rey.

Con ambos equipos desfondados, la moneda de la prórroga cayó del lado blanco con una fantástica jugada de Di María que remachó Cristiano Ronaldo para que los blancos se llevaran el primer título del año, tan merecido como lo hubiera sido que se la copa la hubiera levantado Puyol.

El Madrid tiene la tranquilidad de tener ya un título en sus vitrinas, y el Barça sabe que si no hace el tonto tiene muy bien encaminado la Liga –que es más importante que la Copa-. El desenlace de la eliminatoria marcará también el “ganador” del año, especialmente si uno de los dos acaba llevándose la Champions. Uno triunfará y el otro fracasará. Más allá del valor sentimental (que sí, importante) y del ruido mediático (que no tan importante), la valoración futbolística de cada temporada no debería depender de estos dos partidos sino de un análisis más frío, como si la eliminatoria de Champions hubiera sido contra el Manchester y la final de Copa contra el Valencia. El Real Madrid ha logrado una puntuación en Liga que en otras temporadas le hubiera hecho campeón, y el Barça ha perdido la Copa en la prórroga de la final. Pase lo que pase en Europa ambos conjuntos habrán hecho una temporada sensacional y habrán demostrado han trabajado en el camino correcto más allá de actitudes fuera de los terrenos de juego. El fútbol es un juego y perder forma parte de ello, pero si compites al nivel que han competido Barça y Madrid poco se puede reprochar.

Algunos goles llevan a Roma

Artículo originalmente escrito para FCBwiki.com

No era el día. Era la hora desesperada. El reloj lloraba hacia el final de los cuatro minutos de prolongación. El barcelonismo ya se resignaba a una temporada magnífica pero sin el premio más deseado. La goleada endosada al Real Madrid en su estadio cuatro días antes no era ya tan dulce, incluso el Athletic de Bilbao parecía un rival durísimo para la final de Copa del Rey que se tenía que disputar una semana después. En ese momento Iniesta recuperó el esférico cerca del área culé y trató de salir de la cueva, pero Lampard cortó su progresión tirándose al suelo. El balón rechazado le cayó a Keita, jugando de improvisado lateral izquierdo tras la expulsión de Abidal. El malí la cedió a Piqué y Piqué a Xavi, que abrió el juego a la banda derecha a un Dani Alves que no había dado un buen centro en todo el partido.

Las cosas no empezaron bien ya en el partido de ida. El 28 de abril en el Camp Nou los azulgrana fueron incapaces de superar al Chelsea. Con una línea defensiva adelantada, con Obi Mikel tapando a Xavi, Ballack sobre Iniesta y con Bosingwa encargado de frenar a Messi, los de Hiddink consiguieron tornar el grácil juego habitual del club catalán en una danza incómoda y pringosa, aunque aquel día el criticadísimo Petr Cech volvió a recordar al porterazo que era antes de fracturarse el cráneo y Wolfgang Stark optó por no señalar un agarrón de Bosingwa a Henry dentro del área en el minuto 73 de partido. Ante un Barça descafeinado Drogba y Malouda causaban muchos problemas a la defensa local. El marfileño dispuso de la ocasión más clara del partido en el minuto 38 tras aprovechar un gravísimo error de Rafa Márquez, pero Víctor Valdés detuvo el cañonazo inicial y el sutil toque con el que Drogba trató de superarle después, levantándose rápidamente para taponar el segundo remate. No había sido el mejor partido culé y el 0-0 tampoco parecía el mejor resultado para visitar Stamford Bridge.

Era el 6 de mayo de 2009 cuando el sueño del triplete se rompía, apenas unos días después de vapulear al Real Madrid en un partido histórico. Pasaban dos minutos del descuento y el Barça todavía no había chutado ni una sola vez a puerta. Alves corrió la banda y soltó un centro como había soltado muchos a lo largo del encuentro, pero esta vez hubo algo diferente: el centro era bueno. Terry despejó en primera instancia y el balón le cayó a Eto’o, de espaldas a la portería y escorado a la izquierda del área.

El Barça no llegaba en condiciones ideales a la vuelta de aquellas semifinales, todavía colocado por lo vivido frente al Real Madrid y con bajas notables: Márquez había caído lesionado en el partido de ida y Henry en el clásico. Además, el gran capitán Puyol estaba sancionado. Ante las circunstancias, Guardiola se vio obligado a reorganizar al equipo con Yaya Touré de central, Keita de volante junto a Xavi e Iniesta de extremo izquierdo. Los culés iniciaron el partido controlando el balón y moviéndolo con más fluidez que en el Camp Nou, sin embargo el golazo de Essien, que envió el balón a la escuadra con una volea casi zidaniana, rompió al conjunto catalán. Ante un rival descolocado, los bluespudieron haber sentenciado antes del descanso. El árbitro, Tom Henning Ovrebo, no pitó un penalti de Abidal a Drogba y señaló fuera del área una falta de Alves a Malouda que también podía haber pitado dentro. Además Drogba se encontró dos veces más con un enorme Valdés que fue el gran héroe olvidado de esa eliminatoria. Sin sus paradas todo lo que estaba por venir no hubiera valido para nada.

El descanso trajo serenidad a los azulgrana, que movieron el balón con más criterio que en la primera parte pero con idéntico resultado: chocaban continuamente con una muralla azul. Si la remontada parecía difícil, más lo era tras la injusta roja directa a Eric Abidal. Además los ingleses reclamaron dos penaltis más de Touré, uno sobre Drogba y otro sobre Anelka, que no eran, como tampoco unas manos involuntarias de Piqué dentro del área. El Barça lo intentaba pero el Chelsea tapaba cada espacio con maestría una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Eto’o trató de controlar la pelota, pero se le escapó. Essien falló estrepitosamente al intentar achicar y lo que despejó fue el aire. El balón llegó a Messi cerca de la esquina izquierda del área, se giró y parecía que buscaba posición de disparo. Hasta tres jugadores del Chelsea –Essien, Alex y Bosingwa-  salieron a taparle, pero el argentino fue inteligente, no se precipito y en vez de chutar por donde no había hueco cedió la pelota hacia la frontal del área donde, totalmente solo, esperaba esa criatura con estrella nacida en Fuentealbilla. Entonces, explosión.

El sueño que se resquebrajaba volvió a tener forma. Iniesta se transformó en Bakero, vistiendo Londres de Kaiserslautern y devolvió la vida a un muerto. Se pueden marcar goles más importantes pero no más épicos. Todo volvía a tener sentido, incluso la final de Copa del Rey frente al Bilbao parecía un reto fácilmente superable. Roma estaba ahí, esperaba el Manchester United de Cristiano Ronaldo, vigente campeón, pero en aquel momento todo parecía fácil para un Barça que había demostrado que podía atravesar los siete infiernos y salir vivo con una sonrisa.

En aquellos 365 días el Barça de Guardiola superó sus grandes mitos: En el Bernabéu, Gerard Pique ‘mató’ el 0-5 del Barça de Cruyff mientras mostraba la zamarra azulgrana al público tras marcar el sexto gol; Eto’o y Messi mejoraron con sus goles las finales agónicas de Londres y París con una victoria incontestable ante un gigante europeo; la aparición de un tal Pedro Rodríguez hizo posible el nacimiento del Barça de las Seis Copas, sobrepasando al equipo liderado por el mítico László Kubala que en la década de los cincuenta logró cinco. Pero por encima de todas las imágenes que generó el 2009, y especialmente el mágico mes de mayo en que se ganaron Copa, Liga y Champions, una simbolizará su éxito por encima de las demás. Una estampa extraña para un equipo cerebral y armónico acostumbrado a dominar claramente los partidos, una fotografía llena de rabia y fustración liberada tomada en uno de los pocos encuentros del año –tal vez el único- en el mejor equipo del mundo no mereció salir vencedor, aunque sí mereció ganarlo todo: la imagen de Iniesta corriendo hacia el córner de Stamford Bridge mientras se quitaba la camiseta amarilla celebrando con locura su gol. Al final, aquél sí fue el día.

Que se quede el sueco

En una temporada Zlatan Ibrahimovic parece haber agotado todo el crédito y la ilusión generada tras su fichaje. Su final de temporada fue lamentable. Tan indefendible como la campaña de Thierry Henry o la de Rafa Márquez. Negado ante el gol e inconexo con sus compañeros, parecía haber dimitido de sus esfuerzos por acoplarse al equipo. Con el recuerdo de Eto’o y el pastizal indecente pagado por él muy presente, el Camp Nou le pitó. Tras la llegada de David Villa parece que su puesto en el once inicial no está en absoluto garantizado, y más si se tiene en cuenta que la temporada pasada Messi jugó sus mejores partidos jugando de falso nueve, donde los movimientos de Ibra hacían poco más que estorbar a la pulga. Hasta el propio Guardiola perdió la fe en él y lo sentó en el banquillo en el tramo final de Liga en el que se jugaba el título frente al Villarreal o el Sevilla apostando por Bojan.

Sin embargo, es injusto valorar al sueco únicamente por este último y lamentable tramo final. Marcó 21 goles (16 en Liga, tres en Copa y cuatro en Champions), su tercera mejor marca (29 en la 08/09 con el Inter, 22 en la 07/08 y también 21 en la 02/03 con el Ajax) y de largo la mejor cifra goleadora en su primer año en un club (un gol con el Malmö en la temporada 99/00, ocho goles con el Ajax en la 01/02, dieciséis goles con la Juventus en la 04/05 y quince con el Inter en la 06/07). Sin haber destacado nunca por su capacidad goleadora, Marcó algunos tantos muy importantes, como los dos ante el Arsenal en el Emirates Stadium y sobre todo el gol frente al Real Madrid en el Camp Nou. Ese gol acabó por valer al Barça tres cuartos una Liga que los azulgranas ganaron por una diferencia mínima y sin él el título seguramente hubiera sido blanco. Y tampoco se puede olvidar su papel vital en el Mundial de Clubes, en el que no marcó pero ayudó como pocos pueden hacer a descargar balones en el centro del campo.

Además, las primeras temporadas en un club nunca han sido buenas para el sueco. Ya pasó en el Ajax, en la Juve y en el Inter. Y el Barça también tiene ejemplos de jugadores que tras una primera temporada discreta han acabado por ser grandes cracks, como Laudrup, Koeman, Figo o Márquez. Pese a lo que el Camp Nou ha visto esta temporada, Zlatan Ibrahimovic no es un tronco. Tiene una técnica exquisita, regate y muy buen pase. Recursos suficientes para desenvolverse en ataque con movilidad, cayendo a las bandas para no estorbar a Messi si es necesario. No es un gigantón tipo Koller que sólo sabía estar cerca de la portería para rematar de cabeza. Tener un jugador como Ibra en el banquillo puede ser una bomba de relojería, pero merece una segunda oportunidad porque si se centra tiene muchísimo que dar al Barça.

Encaje de bolillos

Es cierto que es muy injusto sacar conclusiones del partido de Supercopa. El Barça se enfrentaba al Sevilla en unas circunstancias que difícilmente se volverán a repetir a lo largo de la temporada, con ocho jugadores titulares recién llegados de vacaciones con un absurdo amistoso en México de por medio y con Messi todavía lejos de su mejor forma. Tampoco es justo valorar a los canteranos por lo visto sobre el Sánchez Pizjuán. Miño, Sergi Gómez y Oriol Romeu debutaron en una alineación en la que sólo Alves y Abidal son titulares indiscutibles (Ibrahimovic está por ver si lo es, incluso si se queda) y no es lo mismo que entrar en un equipo con nueve o diez titulares. Es más, los errores que facilitaron los goles sevillistas se les puede atribuir más a los veteranos Milito y Abidal que a los debutantes Gómez y Romeu. Pero tampoco hacía falta el partido de Supercopa para comprobar que la plantilla del Barça es corta y lo visto en este encuentro no ayuda precisamente a rebatir esa teoría.

No cabe duda de que con Puyol y Piqué el Barça tiene una de las mejores, o la mejor, pareja de centrales del mundo y Busquets, a pesar de sus pajareos ocasionales, es un gran pivote defensivo. Sin embargo, tal y como está la plantilla del Barça en este momento, una lesión o una sanción –o una combinación de ambas- deja el eje defensivo del Barça en pelota picada. La marcha de Márquez y Chygrynskiy, aunque el año pasado hicieron poco más que pastar por los campos de entrenamiento, dejan a Milito como único recambio para los centrales. Además, su historial de lesiones no aconseja que juegue muchos partidos completos. La alternativa era recolocar a Abidal de central, pero el francés ha demostrado en el Mundial, en la gira asiática y en la Supercopa su nula capacidad para jugar en ese puesto. Casi recordaba a Oleguer. El caso del pivote es todavía más dramático: una baja de Busquets obliga a tirar de Oriol Romeu, que apenas ha jugado un año en segunda división B. No hay que olvidar que Yaya Touré –el gran Yaya Touré- jugó el año pasado 37 partidos (23 de Liga, tres de Copa y once de Champions). Con su marcha el Barça pierde uno de los mejores del mundo en su posición y reemplazarlo por un chaval de 18 años significa perder potencial.

Cesc Fábregas y Mezut Özil son grandes jugadores pero el Barça no los necesita. En el caso del alemán, además, todavía tiene que demostrar que lo visto en Sudáfrica no es flor de un día. Muchos jugadores han saltado a la fama en una Eurocopa o Mundial para luego estrellarse contra la realidad. Y sólo hay que recordar que el Barça estuvo a punto de fichar a Milan Baros tras la Eurocopa de 2004. Para la posición de interior, Thiago y Jonathan están suficientemente rodados para dar el salto al primer equipo si hay que rotar a Xavi e Iniesta. Muniesa, Bartra, Fontás, Sergi Gómez y Oriol Romeu tienen un potencial extraordinario pero están verdes, algunos como Gómez están verde fosforito. pero los canteranos deben ir incorporándose al primer equipo poco a poco. Casos como el de Sergio Busquets, que pasan de jugar en tercera división a la final de la Champions en apenas un año, pasan una vez en la década. Incluso Messi paso un año yendo y viniendo del filial antes de asentarse en el primer equipo e Iniesta estuvo varias temporadas siendo suplente. El escenario de verte obligado a jugártela en una semifinal de Champions, donde un solo error te puede facturar para casa, es muy arriesgado. El Barça necesita reforzar su eje defensivo si no quiere tener que hacer encaje de bolillos cada vez que tenga una o dos bajas en la zaga.

Contra el wirbelsturm, doble pivote

Mesut Özil

Mesut Özil

Sudáfrica parece haberse empeñado en dar la razón a la célebre frase de Lineker “el fútbol es un deporte que juegan once contra once y al final siempre gana Alemania”. En dos rondas eliminatorias ha liquidado a dos selecciones que llegaban al Mundial como favoritas. 4-1 frente a Inglaterra de Capello y 4-0 ante la Argentina de Maradona. Impresionante. Se plantó en Sudáfrica sin más ruido que la lesión de Ballack y ha sorprendido por su presión feroz en defensa y su velocidad en ataque, liderados por un titánico Özil y por un Klose que si rindiera en sus clubs como en su selección habría sido uno de los mejores nueves de todos los tiempos.

España aterrizaba en el campeonato como gran favorita al título, pero esa condición se esfumó a la primera tras la derrota ante Suiza. Superó con más sudor de lo esperado la fase de grupos y superó por la mínima a Portugal y a Paraguay. Casillas, pese al partido de cuartos, no acaba de transmitir la seguridad que se presupone a uno de los mejores porteros del mundo, Iniesta es una sombra de si mismo tras una temporada acosado por las lesiones y algo parecido se puede decir de Torres. Xavi parece algo cansado tras dos temporadas a un nivel estratosférico, por lo que la selección se aferra al instinto goleador de un Villa en permanente estado de gracia. Con todo, ha conseguido llegar a semifinales de un Mundial por primera vez en su historia (en Suecia 50, en la que España quedó cuarta, se jugó con un sistema de doble liguilla, sin fases de eliminación directa) haciendo algo que normalmente se atribuye a los equipos con “espíritu campeón”: ganar sin jugar bien.

Visto lo visto, parece que Die Mannschaft debería ser la gran favorita en la semifinal. La camiseta Alemana – y las camisetas juegan- ha ganado tres Campeonatos del Mundo y ha llegado a otras cuatro finales, siendo la selección que más ha jugado con un total de siete. Habrá quien recuerde que hace dos años España ya los derrotó en la final de la Eurocopa, pero reencontrarse con antiguos vencidos no suele ser un buen negocio en estas competiciones. Además, aquella Alemania estaba liderada por Ballack, un jugador tremendamente mediático pero con muy poca inteligencia futbolística y que muchos consideran gafe por llevar el dorsal 13 y por haber perdido todas las finales internacionales que ha jugado (con el Bayer Leverkusen, la final de la Champions 2002 frente al Madrid; Con el Chelsea la de 2008 frente al Manchester United, y con la selección perdió la final del Mundial de Corea-Japón de 2002 ante Brasil y la de la Eurocopa de Austria y Suiza de 2008 frente a España). Su ausencia ha liberado a Özil y a Schweinsteiger que ahora lideran brillantemente el centro del campo germano.

Xabi Alonso y Sergio Busquets

Xabi Alonso y Sergio Busquets

Sin embargo, los de Joachim Löw no se encontrarán el aeropuerto en el centro del campo que se encontraron ante Inglaterra y Argentina. Frank Lampard y Steven Gerrard son dos extraordinarios jugadores, dos de los mejores centrocampistas del mundo, pero por alguna esotérica razón nunca han cuajado bien juntos. A su lado estaban Gareth Barry (Manchester City) y James Milner (Aston Villa), buenos jugadores pero no lo suficiente para una empresa del nivel de un Mundial. El caso de Argentina es todavía más exagerado: Maradona alineó a un solo centrocampista: Javier Mascherano. Junto a él, reconvirtió a Messi en mediocentro. La Pulga hizo lo que pudo en esa posición, pero lo suyo no es hacer circular el balón, lo suyo es enloquecer a las defensas rivales y a 40 metros de la portería rival eso es casi imposible. España es otra historia. Tiene el que seguramente sea el mejor centro del campo del mundo y un muy discutido doble pivote que, esta vez sí, puede ser la gran medicina contra la velocidad que imprime Alemania a la circulación del balón. Además, los bajitos españoles –Xavi, Iniesta, Cesc y Silva- son de los pocos que pueden robarles el balón en el minuto uno y devolvérselo tras el pitido final como sucedió en la final de la Eurocopa. Otro problema que deberá enfrentarse Löw es la baja por acumulación de tarjetas de Müller, que comparte con el Torpedo algo más que el apellido: también su capacidad para golear. Además, la solvencia con la que Alemania ha despachado sus encuentros de octavos y cuartos es un arma de doble filo. Da confianza, pero puede hacer que te olvides de lo que es sufrir, y en el fútbol no saber sufrir cuando las cosas van mal puede ser mortal. Y si no, preguntádselo a Brasil.