Nunca más

Champions_romaEn mitad del mal llamado debate del estilo una de las frases más escuchadas en los últimos días en el entorno culé es “nunca más volveremos a jugar como con Guardiola” para justificar que se haya cambiado la forma de jugar del equipo. Dejando de lado que el problema no es que el equipo juegue diferente sino que juega mal, esa frase es una de las más tristes y conformistas que se pueden pronunciar. Siempre se pensó que el fútbol que desplegó el equipo del de Sampedor volvería a la afición azulgrana aún más exigente de lo que solía ser y nadie sospechó que tendría un efecto narcótico sobre una parte de la hinchada que se conformaría con ir ganando partidos al trote cochinero hasta darse una nata al encontrarse con un equipo serio, como aquellos Real Madrid de Luxemburgo o de Juande Ramos que eran capaces de ganar mil partidos seguidos en Liga pero que sistemáticamente comían polvo en octavos de Champions. Hace no mucho tiempo el culé se mofaba de ese Real Madrid, hoy una parte de la afición se conforma con un Barça similar.

En los últimos días del menguante Barça de Rijkaard había una corriente de pensamiento (entre los que se contaba el descerebrado que aquí escribe) que apostaba por olvidarse de la escuela holandesa y fichar a Mourinho (descerebrados, ya os digo). El argumento era bastante similar: “va a pasar mucho tiempo antes de que tengamos un equipo que juegue como Ronaldinho y compañía”. Todos sabemos qué pasó inmediatamente. Lo más divertido es que tras la destitución de Cruyff también hubo voces que dijeron que había que pasar página porque repetir lo conseguido por el holandés era imposible. Pues bien, no sólo era posible volver a ganar con aquella idea sino que se han logrado dos equipos que han jugado tan bien o mejor que el Dream Team -sin olvidar el Barça de Van Gaal que sin llegar a esos niveles no fue un mal intento-.

Además ¿quién dijo que hace falta jugar tan bien como lo hacía el Barça de Guardiola? Absolutamente nadie. Pero lo que es absurdo es utilizar la excelencia (nuevo palabro de moda de los creadores de ‘valores’) con la que se ha jugado como justificación del juego mediocre que el Barça viene desplegando desde principios de año, no sólo desde la llegada de Martino. Se puede jugar bien de muchas maneras, desde luego, y casi todas son más fáciles de aplicar que el juego de posición de la escuela Rinus Michels, pero ese fútbol ha dado al Barça tres de sus mejores tres épocas, y la mejor de la Selección Española. ¿Realmente hay razones para cambiarlo? ¿Realmente no se puede repetir? Todo cuando se ha hecho es susceptible de ser repetido y mejorado, o cuanto menos es posible acercarte a ello. Todo lo demás es conformismo.

El Barça y sus interrogantes

Ya está aquí el momento que todo culé sabía que llegaría pero en el que nadie quería pensar. El Barça saldrá a competir un título sin la estrella que durante los últimos cuatro años ha guiado no sólo al primer equipo de fútbol, sino al club entero. Cuatro años en los que Guardiola no sólo se ocupó de dirigir a uno de los mejores equipos de la historia, también a apagar los fuegos generados por las bravuconadas de Laporta y los palos de ciego de Rosell. Sólo Dios, si existe, sabe cómo evolucionará sin su superlíder un club que lleva la fractura en su genética como si fuese el fútbol de posición. Puede que el Guardiolismo haya servido para que la afición azulgrana madure, pero como en cualquier club de fútbol la estabilidad a corto plazo depende de los resultados. No cabe duda de que la apuesta de Tito Vilanova es la continuidad absoluta, como es lógico, pero esta misma apuesta por la continuidad absoluta encierra una serie de interrogantes que marcarán los resultados como ya ocurrió el año pasado.

El más importante es el nivel que ofrecerá Xavi. Con 32 años y con problemas en el tendón de Aquiles, el equipo nota muchísimo cuando el de Terrassa baja el nivel (también la selección Española, no es casualidad que el mejor partido de la Eurocopa coincidiese con el mejor del centrocampista azulgrana). ¿Cómo gestionar que tu timón ya no pueda disputar 50 partidos por temporada al máximo nivel? Esta pregunta se superpone con otra, que es cómo acabará de encajar Cesc en el equipo. El año pasado comenzó la temporada como un avión y acabó diluyéndose después de Navidad, cuando la posición de interior le obligó a controlar su tendencia al desorden y él mismo reconoce que acabó por bloquearse. Por experiencia y posición el ex-Gunner debería ser el reemplazo natural de Xavi, a pesar de ser un jugador totalmente distinto.

Otro gran interrogante está en la línea delantera. La escalofriante cifra goleadora de Leo Messi ocultó el año pasado ciertas carencias del equipo y es que en momentos clave, si falla La Pulga, al Barça le falta gol. Este defecto es consecuencia directa de la grave lesión de Villa y la irregularidad de Pedro, jugadores que en condiciones normales te garantizan entre 20 y 25 goles por temporada cada uno. Entre los dos marcaron el pasado curso 24 goles, lo que quiere decir que en el tramo crucial de la competición al Barça le faltaron cerca de 20 goles que Messi estuvo a punto de compensar él solito, pero se quedó a un palmo de conseguirlo. Teniendo en cuenta que Alexis Sánchez nunca ha sido un goleador (el año pasado con 15 goles fue su mejor temporada en este aspecto) habrá que ver si Pedro es capaz de volver a su nivel habitual y cómo evoluciona Villa con 30 años y cerca de 9 meses sin jugar. Tito Vilanova y Andoni Zubizarreta parecen tener muy claro este punto, ya que en ningún momento han parecido interesados en buscar un delantero, siempre con la carta Neymar bajo la manga (otro interrogante en si mismo).

Y en defensa, dos nombres propios, Piqué y Puyol. El gran capitán es un portento de la naturaleza, sin embargo con 34 años tiene una edad en la que la mayoría de los jugadores empiezan a cambiar el fútbol por la petanca y deberá dosificarse. El problema de Piqué es otro. Cuando quiere, es el mejor central del mundo. Seguro en defensa, exquisito con el balón y con una capacidad para tirar del carro cuando las cosas van mal pocas veces vista en un central. Los últimos meses, pero, ha parecido que el “cuando quiere” es un condicional demasiado pesado para él y cuando jugó entre lesión y lesión lo hizo disperso y despistado. Es cierto que en la Eurocopa rindió a un buen nivel, pero su carácter hace difícil ver si es una reacción pasajera o permanente. Su capacidad para sacar el balón controlado desde atrás fue vital en los éxitos del equipo. Otra gran duda es Abidal. El francés aseguró que cree que podría volver a los terrenos de juego en diciembre, pero con 32 años y un trasplante la duda no es si podrá rendir al extraordinario nivel que rendía antes de su enfermedad, es si realmente podrá jugar en la élite. Su sustituto es, además, un lateral de características opuestas. Si Abidal era la pieza defensiva que permitía compensar las continuas incorporaciones de Dani Alves, Jordi Alba es tan ofensivo como el brasileño, por lo que habrá que redefinir los automatismos defensivos del equipo.

En frente, el Real Madrid de José Mourinho es un rival formidable, con la moral por las nubes tras ganar la Liga y a su vez espoleados por la espina clavada de haber caído eliminados en semifinales de Champions por penaltis. El conjunto blanco son claros favoritos en Liga y en Champions, por lo que recuperar el trono de campeón será un reto gigantesco para los culés. Pero hay ciertos jugadores a los que los retos gigantescos les encantan.

Cómo ser José Mourinho

Montaje de Karim Sabet

¡Qué inteligente que es! ¡Qué provocador! ¡Que bien se mueve en la rueda de prensa! ¡Cómo da una vuelta de tuerca a las cosas para hacérselas venir bien! ¡Qué maestro que es para atraer la presión hacia él y liberar a los jugadores! ¡Qué habilidad tiene para motivar a sus jugadores! ¡Mama, quiero ser como José Mourinho!

O no. Porque a mi se me caería la cara de vergüenza si mi equipo, en este caso el Porto, llegara a la de Champions League por un piscinazo de Deco ante Jorge Andrade que acabó con la expulsión del central del Deportivo -uno de los mejores centrales en aquel momento- por la que no pudo jugar la vuelta, partido que los de Mourinho ganaron 0-1 y de penalti. Antes, en octavos, el Porto de Mourinho eliminó al Manchester United -único grande que se cruzó en las eliminatorias- gracias a que el linier anuló un gol a Paul Scholes por un fuera de juego inexistente. La siguiente temporada, ya con el Chelsea, Mourinho eliminó al Barça porque Pierluigi Collina (el mismo árbitro que pitó el penalti de César Martín a Deco en las semifinales del año anterior) no vio una escandalosa falta de Ricardo Carvalho sobre Víctor Valdés en el área pequeña -¡donde el portero es intocable!- en el córner en el que Terry sentenció la eliminatoria. ¿Por qué? ¿Será que las mujeres prefieren su look Georgecloonesco antes que las trencitas cumbayás de Frank Rijkaard? Espero poder contestar eso algún día.

También se me caería la cara de vergüenza si mi equipo hubiera superado al Chelsea como lo hizo su Inter el año pasado, cuando el señor Fernández Borbalán se zampó dos penaltis, uno de Walter Samuel a Salomon Kalou y otro de Thiago Motta a Ivanovic. Para rematar el escándalo, en la vuelta el señor Wolfgang Stark decidió sufrir de ceguera súbita y transitora ante dos penaltis más: Motta volvió a tener barra libre para agarrar a Ivanovic y Walter Samuel le dio un cariñoso abrazo del oso a Didier Drogba. El pasillo arbitral al conjunto de Mourinho siguió en semifinales, donde se alinearon Olegario Benquerença, el Eyjafjalla y la UEFA. La negativa de la organización a aplazar el partido por la nube de ceniza proyectada por el volcán islandés obligaron al Barça a marcarse un siempre revitalizante viaje de 15 horas en autobús hasta Milán, recordemos que nueve de cada diez médicos recomiendan un largo viaje por carretera antes de jugar un partido de alto nivel. En Italia se encontraron con un árbitro portugués –amigo de Mourinho- que no quiso ver una falta de Thiago Motta a Messi en la jugada del segundo gol y un doble fuera de juego clarísimo en el tercero. Tampoco un penalti de Sneijder a Dani Alves. El asalto a su ‘segunda Champions limpia’ se completó en el Camp Nou donde el belga Frank De Bleeckere anuló un gol de Bojan–el segundo, que daba el pase a la final al Barça- por unas manos de Touré que todo el mundo vio que eran involuntarias.

Anda, tú. Pues lo mismo ser el puto amo no es tan complicado. Basta con borrar del mapa los argumentos en tu contra, minimizar los aspectos futbolísticos cuando interesa y ensalzar los fallos arbitrales adecuados dejando los no convenientes en el limbo. En el fondo tampoco importa si lo que dices es verdad. Como acabáis de ver, basta con un poco de prostituzione intellettuale.

La madre de todas las eliminatorias

Pocas eliminatorias de Champions League, de las que han sido y de las que serán, se presentan tan intensas como la semifinal entre el Barcelona y el Real Madrid. Porque aunque suene imposible es mucho más que un Madrid-Barça. Infinitamente más que las visiones reduccionistas que lo presentan como un Guardiola-Mourinho o como un Messi-Cristiano Ronaldo. En esta eliminatoria se cruzan el mejor Barça de la historia (para algunos el mejor equipo que ha existido) frente a un Real Madrid fabuloso construido para acabar con el ciclo culé. Los dos mejores equipos del mundo, liderados por los dos mejores entrenadores del mundo, con los dos jugadores más desequilibrantes del mundo. Por si fuera poco, la semifinal es el tercer acto de un tríptico de encuentros entre Liga, Copa y Champions.

Ambos equipos tienen argumentos para afrontar el partido con optimismo. El Barça tiene su fútbol, el Madrid el momento psicológico. En la final de Copa el Real Madrid demostró que puede imponer su fútbol al del Barça, sacar a los culés del encuentro y buscar la yugular –y de paso algún tobillo- de su rival. Mourinho sacó de la chistera un planteamiento que sorprendió a los azulgranas, que parece esperaban a un Madrid atrincherado como en el encuentro de Liga. Con la circulación de balón ahogada por un “trivote” adelantadísimo, los de Guardiola fueron un flan arrollado por el Real Madrid. Únicamente Pinto, el palo y la Virgen del Rocío evitaron que la final estuviera sentenciada al descanso.

Pero el fútbol tiene esas cosas extrañas. Empezó la segunda parte y resultó que alguien le había dado al interruptor. Cruyff decía que si te hacen faltas es porque tú no mueves el balón suficientemente rápido, y el partido quiso darle la razón. Xavi, Iniesta, Messi y Busquets aceleraron el esférico y el planteamiento sabueso del Real Madrid se diluyó. Demostrado que el Barça tiene armas para desligarse los nudos que pueda tejer Mourinho, la segunda parte recordó ligeramente al 5-0 y únicamente Casillas, el palo, un palmo de fuera de juego y la Virgen de Lourdes evitaron que el Barça levantara la Copa del Rey.

Con ambos equipos desfondados, la moneda de la prórroga cayó del lado blanco con una fantástica jugada de Di María que remachó Cristiano Ronaldo para que los blancos se llevaran el primer título del año, tan merecido como lo hubiera sido que se la copa la hubiera levantado Puyol.

El Madrid tiene la tranquilidad de tener ya un título en sus vitrinas, y el Barça sabe que si no hace el tonto tiene muy bien encaminado la Liga –que es más importante que la Copa-. El desenlace de la eliminatoria marcará también el “ganador” del año, especialmente si uno de los dos acaba llevándose la Champions. Uno triunfará y el otro fracasará. Más allá del valor sentimental (que sí, importante) y del ruido mediático (que no tan importante), la valoración futbolística de cada temporada no debería depender de estos dos partidos sino de un análisis más frío, como si la eliminatoria de Champions hubiera sido contra el Manchester y la final de Copa contra el Valencia. El Real Madrid ha logrado una puntuación en Liga que en otras temporadas le hubiera hecho campeón, y el Barça ha perdido la Copa en la prórroga de la final. Pase lo que pase en Europa ambos conjuntos habrán hecho una temporada sensacional y habrán demostrado han trabajado en el camino correcto más allá de actitudes fuera de los terrenos de juego. El fútbol es un juego y perder forma parte de ello, pero si compites al nivel que han competido Barça y Madrid poco se puede reprochar.

Mourinho cogió su fusil

Lo consiguió. Que a nadie le quepa la menor duda de que José Mourinho llevaba esperando esto desde el minuto cero en que aterrizó en Madrid. Provocando poco a poco, como una gota malaya, esperaba con ansia que alguien cayera en su trampa, explotara y provocara un efecto dominó. Manolo Preciado abrió el fuego respondiendo a las declaraciones del portugués, y Pochettino, Garrido y otros entrenadores de primera se han posicionado a favor del entrenador sportingista. Otros como Camacho y Michel no se han mojado y Guardiola no ha querido hablar al respecto, pero todavía se espera a que alguien se alinee con el luso, que tiene exactamente el escenario que quería.

No hay otro entrenador en el mundo que domine la sala de prensa como el entrenador merengue, ni siquiera Guardiola. A lo largo de su trayectoria ha sabido usarla para enrarecer el clima de las competiciones para imprimirles un ambiente adrenalínico en el que sabe motivar como nadie a sus jugadores. Ya lo hizo en Inglaterra y en Italia, donde sostuvo intensos tiroteos con Ferguson, Wenger, BenitezRanieri o Spalletti, incluso fue multado en Italia varias veces. Mourinho crea una atmósfera en la que el universo y todos sus elementos están contra él y su plantilla y la usa para azuzar a sus jugadores.

El fin justifica los medios. Hay que ganar aunque para ello se tenga que recurrir a las estrategias más sucias y antideportivas -canallas, que dirían algunos- como calentar un partido a extremos peligrosos. La necesidad de títulos del Real Madrid llega a tales límites que aceptan que un entrenador recién llegado al club dinamite el archifamoso ‘señorío’ cada vez que le ponen delante un micrófono. Mourinho siempre ha entrenado en con urgencias por ganar y ha sacado provecho de la carta blanca recibida. El Porto llevaba cinco años sin ganar una Liga, el Chelsea llevaba 50, el Inter  no ganaba una Champions desde 1965 y llega al Madrid tras seis temporadas sin pasar de octavos en Europa y tras haber gastado cerca de 300 millones en fichajes con la resaca del triplete culé. Queda por ver cómo se las arreglaría el portugués en un club en el que no le permitieran este juego, pero de momento parece que está empezando a salirse con la suya en la Liga española. Para su desgracia, por ahora el que no parece caer en su trampa es precisamente su máximo rival, Pep Guardiola. El de Sampedor ha evitado sabiamente responder a las provocaciones de un Mourinho que espera con ansia que le de los buenos días para montar un incendio. El entrenador culé es una persona de sangre caliente  –por algo es el jugador que más veces ha sido expulsado de la historia del Barça-, pero también es tremendamente inteligente y parece que es el único que no tiene intención de entrar al trapo. Y no debe, porque en el duelo dialéctico Mourinho es imbatible, sin embargo en el terreno de juego el Barça tiene los recursos suficientes para silenciar, a golpe de violín, los cañonazos del portugués.

¿Noventa minuti en el Camp Nou son molto longos?

Aviso: No pienso hablar del árbitro. Sí, puede ser que haya dos penaltis no pitados… pero también ha pitado un fuera de juego que no era cuando Milito se quedaba solo, una falta en ataque a Eto’o que no era y podía haber expulsado a Messi tan tranquilo.

El Barça tiene que remontar después de un partido lamentable que mereció perder y tal vez por más. Messi ha desaparecido en combate, Ibra se ha ofuscado y Alves ha jugado su peor partido desde que viste la camiseta culé. Mourinho es un entrenador extraordinario, pero no ha ganado al Barça en la pizarra. Lo que ha matado al Barça ha sido sus imprecisiones en el centro del campo que propiciaban contraataques interistas. Excesivas prisas y demasiados pases erróneos. Continuos desajustes defensivos que Diego Milito ha aprovechado como un crack mundial que es. El Barça en ataque no ha hecho prácticamente nada hasta el tramo final y se ha encontrado un gol cuando las cosas empezaban a pintar ya muy mal. Y eso que el planteamiento del Inter, en principio, no era malo para el Barça. Mourinho ha decidido regalarle el balón a los azulgranas y echarse atrás, algo que suele ser mortal. Pero no sólo no se ha aprovechado sino que se ha regalado continuamente el balón en zonas tan peligrosa que es un milagro que el resultado no sea más abultado.

Pero el Barça no está muerto. Porque las remontadas épicas no son propiedad exclusivas del Real Madrid. Las dos últimas veces que el Barça ha perdido 3-1 en Champions ha remontado al calor del Camp Nou. En la 93/94 supero al dínamo por 1-4. Y el Chelsea volvió a con un 5-1 como recuerdo de su paso por Barcelona en la 99/00. El equipo cree en si mismo y sólo hay que ver los últimos 20 minutos, que de manera desordenada pero supurando orgullo por las orejas se ha venido arriba comandado por un Pique que ha cogido la bandera, la trompeta y el tambor y ha tirado del carro como un berraco hasta el punto de que casi marca un gol de largo inmerecido. Este equipo ya ha estado muerto otras veces, en Stamford Bridge o en el Mundial de Clubs, y siempre se ha levantado. Un 2-0 no es un resultado imposible, de hecho el partido de la liguilla acabó así. Ya que la final es en el Bernabéu, toca tomar prestado el Espíritu de Juanito.