Una noche de furia

BjcePf1CAAAfnU7.png-largeTodo estaba listo para una gran noche para el madridismo. Los astros parecían alineados para, al fin, clavar el último clavo en el ataúd de ese ciclo. Ese maldito ciclo azulgrana que se niega a expirar el último aliento. Enfermo crónico desde la última temporada de Guardiola y apuñalado mortalmente por el Bayern, el equipo siempre se levanta para una última pelea, casi como el Caballero Negro de Los Caballeros de la Mesa Cuadrada, sin brazos y sin piernas pero siempre dispuesto a dar un mordisco. El triunfo del Barça en el Bernabéu quizá no hable tanto de quién es este equipo -capaz de perder en Valladolid y San Sebastián sin dar la más mínima señal de poder luchar ni por el empate- sino de quién ha sido. Porque serán las ruinas de algo antaño magnífico, pero los rescoldos del quizá mejor equipo de la historia todavía queman si tratas de meterles mano, y el Real Madrid acabó ardiendo en su propia fiesta.

El madridismo subestimo al Barça y el Madrid se sobreestimó a si mismo, y no hace falta citar a Tsun Zu para dejar claro lo fatal que puede ser esa combinación.  No es la primera vez que vemos esta historia en los últimos años, de hecho las dos mayores tundas del Barça al Madrid han llegado cuando más convencido estaba el ambiente merengue de la victoria. El 2-6 llegó después de que los blancos ganasen todos sus partidos, excepto un empate ante el Atlético, durante una vuelta completa. Dos temporadas después, el famoso ‘once de la alegría’ llegó líder al Camp Nou y se volvió a Madrid con cinco golitos en la mochila. Esta vez había una diferencia, y es que no sólo el madridismo estaba convencido de la victoria blanca, sino también buena parte de la afición culé. El Barça demostró ante el Manchester City que aun es capaz de hacer frente a los mejores equipos, es más, se les da mejor una cita al límite que un partido teóricamente asequible. Pero los Citizen, equipazo como son, mostraron ante el Barça una actitud miedosa propia de un club que no está acostumbrado a citas de tanta altura. Tardaron partido y medio en decidirse a tratar de hacer algo y para entonces ya estaba todo decidido. El Madrid no iba a darte tantas concesiones, se suponía.

El partido resultó precioso para el espectador, pero estuvo bastante mal jugado por ambos conjuntos. Más que equipos, eran once tíos con camisetas iguales que, de tanto en tanto, hacían cosas juntos. El flanco derecho culé era una calamidad: Neymar trataba de ayudar en defensa y en ataque pero no hacía absulutamente nada bien, Xavi -últimamente más destacado por su la crítica botánica que por su fútbol- no tapaba a Di María que hacía lo que quería con el de Terrassa y con Alves. Suerte tuvieron los azulgranas que Cristiano parecía haberse quedado en casa abrazado al Balón de Oro o la sangría que se organizó alrededor del minuto 20 pudo ser final. Pero más grande aún era el agujero negro en el centro del campo blanco. Di María brillaba al arrimarse a la izquierda, pero más allá del argentino, Xabi Alonso y Modric corrían como pollos sin cabeza al son de lo que querían Messi e Iniesta. La última vez que Leo recibió tantas pelotas con tanto espacio para moverse aún no tenía ni un Balón de Oro y el Madrid encajó seis goles. Hasta tres goles pudo haber marcado cómodamente el Barça antes del minuto 20 viviendo exclusivamente de balones filtrados del argentino. Messi falló una ocasión clarísima, otra la desbarató Neymar. Sólo la ocasión de Iniesta fue dentro, un gol que define la rareza del partido: un violento zurdazo de un diestro sutil, goleador tan poco habitual como definitivo.

En el naufragio táctico de ambos equipos, acabó imponiéndose el que tenía las vías de agua más pequeñas y los dos jugadores más brillantes sobre el césped, eso sí, con el pequeño empujón de un error arbitral en la fase decisiva. Messi e Iniesta fueron tan eternos que hicieron que Cristiano Ronaldo y Modric pareciesen simples modas.  Ambos jugadores llegan al tramo decisivo de la temporada en un momento extraordinario, lo que permite al Barcelona ser capaz de derrotar a cualquier equipo que se le ponga por delante. Lo malo es que con sólo dos jugadores es casi imposible ganar una liga, el mismo equipo que se impuso en el Bernabéu y en el Etihad Stadium puede perfectamente salir derrotado de un enfrentamiento contra el Granada o el Elche. El Barça debe reorganizarse alrededor de la victoria ante el Madrid, debe dar razón a los jugadores para correr ante los pequeños y confianza ante los grandes: los tres títulos son posibles, pero hay que trabajar duro. Tampoco no se puede olvidar que ahora mismo el azulgrana es un barco sin nadie al timón, sin liderazgo en el vestuario, en el banquillo y con unos kamikazes en la directiva, un barco que vive aferrado al extraordinario talento de sus futbolistas, un proyecto funámbulo que se puede ir a pique al primer error. Ocurra lo que ocurra a final de temporada el club debe renovarse a fondo.

El Real Madrid sigue siendo favorito a ganar la Liga si no se deja paralizar por el terror, tiene un punto de ventaja sobre el Barça y tiene un calendario más asequible que el Atlético,  además de un cruce en Champions que debería superar sin problemas si no se deja atacar por fantasmas del pasado. Cierto es que su candidatura a la Champions queda emborronada por su pobre bagaje hasta ahora ante los grandes, pero sigue siendo un rival enorme, especialmente ahora que será más consciente de sus propias limitaciones. Exactamente lo contrario que el Barça, que haría muy bien de no engorilarse. Claro que con Messi e Iniesta en plan Gandalf cualquiera les dice nada.

Nunca más

Champions_romaEn mitad del mal llamado debate del estilo una de las frases más escuchadas en los últimos días en el entorno culé es “nunca más volveremos a jugar como con Guardiola” para justificar que se haya cambiado la forma de jugar del equipo. Dejando de lado que el problema no es que el equipo juegue diferente sino que juega mal, esa frase es una de las más tristes y conformistas que se pueden pronunciar. Siempre se pensó que el fútbol que desplegó el equipo del de Sampedor volvería a la afición azulgrana aún más exigente de lo que solía ser y nadie sospechó que tendría un efecto narcótico sobre una parte de la hinchada que se conformaría con ir ganando partidos al trote cochinero hasta darse una nata al encontrarse con un equipo serio, como aquellos Real Madrid de Luxemburgo o de Juande Ramos que eran capaces de ganar mil partidos seguidos en Liga pero que sistemáticamente comían polvo en octavos de Champions. Hace no mucho tiempo el culé se mofaba de ese Real Madrid, hoy una parte de la afición se conforma con un Barça similar.

En los últimos días del menguante Barça de Rijkaard había una corriente de pensamiento (entre los que se contaba el descerebrado que aquí escribe) que apostaba por olvidarse de la escuela holandesa y fichar a Mourinho (descerebrados, ya os digo). El argumento era bastante similar: “va a pasar mucho tiempo antes de que tengamos un equipo que juegue como Ronaldinho y compañía”. Todos sabemos qué pasó inmediatamente. Lo más divertido es que tras la destitución de Cruyff también hubo voces que dijeron que había que pasar página porque repetir lo conseguido por el holandés era imposible. Pues bien, no sólo era posible volver a ganar con aquella idea sino que se han logrado dos equipos que han jugado tan bien o mejor que el Dream Team -sin olvidar el Barça de Van Gaal que sin llegar a esos niveles no fue un mal intento-.

Además ¿quién dijo que hace falta jugar tan bien como lo hacía el Barça de Guardiola? Absolutamente nadie. Pero lo que es absurdo es utilizar la excelencia (nuevo palabro de moda de los creadores de ‘valores’) con la que se ha jugado como justificación del juego mediocre que el Barça viene desplegando desde principios de año, no sólo desde la llegada de Martino. Se puede jugar bien de muchas maneras, desde luego, y casi todas son más fáciles de aplicar que el juego de posición de la escuela Rinus Michels, pero ese fútbol ha dado al Barça tres de sus mejores tres épocas, y la mejor de la Selección Española. ¿Realmente hay razones para cambiarlo? ¿Realmente no se puede repetir? Todo cuando se ha hecho es susceptible de ser repetido y mejorado, o cuanto menos es posible acercarte a ello. Todo lo demás es conformismo.

Están locos estos culés

gerardo-martino-et-son-fidele-polo-vert-pommeSi Gurb volviese a aterrizar su nave interestelar en Collserola hoy, más de veinte años después de su estrambótica visita a la Barcelona preolímpica, y mirase los números del Barça de Gerardo Martíno llegaría a la rápida conclusión de que esta subespecie del homo sapiens que se denomina a si misma culerada están todos aún más locos que él mismo. Líderes en Liga, equipo más goleador y el menos goleado, clasificado para octavos de Champions -casi seguro como primero de grupo- cuando había encuadrado con tres equipos que suman 12 títulos de la gran competición europea. Y sin embargo todo anda revuelto en el Camp Nou: que si el estilo arriba, que si el bíceps femoral de Messi abajo, que si los niños no pueden entrar en el Camp Nou por aquí, que si perdemos la posesión por allá… están locos estos culés.

Y realmente es difícil replicar si se hace eso tan merengue de analizar las cosas exclusivamente desde el resultado. Tampoco se puede exigir mucho más a Martino, que aterrizó en el club como un paracaidista sobre una tabla de surf -mejor y más gráfica descripción de su llegada, obra de Santi Giménez-. Su diagnóstico fue tan acertado como evidente: había que recuperar elementos del mejor Barça de Guardiola y también introducir nuevos matices. El equipo debía evolucionar, como Van Gaal había hecho progresar el modelo de Cruyff, renovado más tarde por Rijkaard y perfeccionado, en el sentido más literal del término, por Guardiola. Martino tenía y tiene la obligación de participar de esa evolución. La gran pregunta es porqué ha pasado de poner énfasis en la recuperación de cosas que se habían dejado de hacer, como la presión adelantada, a centrarse únicamente en novedades que parecen ir a contranatura del diseño de la plantilla, como ceder la iniciativa al rival o plantear partidos como un correcalles de ida y vuelta. El gran Barça de Guardiola logró una combinación de extraordinaria brillantez y trabajo casi inhumano que se ve una vez cada 20 años en el mundo del fútbol y exigir de nuevo eso sería de bobos, pero da la sensación de que Martino ha visto algo en el vestuario que le ha hecho pensar que estos jugadores no podían ni siquiera acercarse un poco a aquello y ha optado rápidamente por un plan B. Alternativa que de momento está dando resultados pero también en gran parte gracias a la Virgen de la Moreneta que ha aparecido cuando se le necesitaba ¿y si un día el partido le pilla de parranda?

Hoy el Barça recuerda demasiado a aquel Real Madrid tardogaláctico que vivía de las paradas de Casillas y de los goles de Ronaldo, ahora encarnados por un Valdés agigantado tras anunciar su marcha y un Neymar que está volviendo locas a todas las defensas mientras la culerada espera el nuevo advenimiento de Messi nuestro señor. Hemos visto a los azulgrana ceder la pelota y el protagonismo a rivales menores como Betis, Rayo, Espanyol, Ajax o Milan -siete veces campeón de Europa pero hoy más cerca del descenso que de la cabeza de la tabla-, y se ha sacado un resultado positivo. Contra el Real Madrid, el Barça tuvo la inestimable colaboración de Carlo Ancelotti que tuvo a bien regalarle a los culés la primera parte. En la segunda, la Virgen de la Moreneta fue el MVP. Apareció en forma de Víctor Valdés, en forma del larguero que detuvo el cañonazo de Benzema, en forma de ceguera arbitral ante el clarísimo penalti de Mascherano a Cristiano y en forma de Alexis Sánchez, a quien no pediré que me repita la jugada de su golazo por si la falla. El Betis tuvo varias ocasiones para ponerse 1-0 y tanto Espanyol como Milan pudieron haber empatado. El Barça lleva muchos partidos jugando con fuego y así es cuestión de tiempo que se queme.

Se equivocan quienes creen que lo que se discute es sólo el estilo, que quienes critican el juego culé son apolillados talibanes del Guardiolismo. El problema no es jugar bonito, el problema es jugar bien. El asunto va más allá de si el Barça tiene que jugar bonito o no, más allá de qué estilo ha logrado más éxitos para el club azulgrana (aunque basta con dar una vuelta por el museo para ver que el ala dedicada a 1899 a 1990 es mucho más pequeña que la de 1990 a 2013). La cuestión ni siquiera es si la plantilla está diseñada para jugar como parece que pretenden en los últimos partidos, aunque este es un punto muy vinculado al quid de la cuestión. El asunto es que el camino más seguro para ganar es jugar bien, y el Barça lleva bastantes partidos sin jugar bien. Y jugar bien no es sinónimo de jugar bonito, puedes jugar muy bien encerrándote atrás y limitándote a tirar contraataques. Jugar bien es tener un plan y saber ejecutarlo, y, disculpen, pero atrincherarte en tu área contra el Betis y que te generen tres ocasiones cada diez minutos no parece el mejor ejecutado de los planes o, en el mejor de los casos, es un auténtico buñuelo de plan.

La temporada pasada debería servir como aviso. A partir de enero el Barça dejó de jugar bien (o mejor dicho, sólo jugó bien entre noviembre y diciembre), pero siguió ganando en Liga gracias a la gigantesca calidad de sus jugadores. Se lograron números de récord, pero las sensaciones al final de campaña no parecían tan brillantes. En Champions, hubo que tomar prestado el espíritu de Juanito para eliminar a un Milan muy inferior y contra el Paris Saint Germain se sufrió más de la cuenta aferrados a un Messi lesionado. Contra el Bayern el desastre fue tan absoluto que ni la inoperancia arbitral sirve de escudo. Incluso un Real Madrid envuelto en luchas intestinas e incendios mourinhistas atropelló a los azulgrana en la Copa y en el partido de Liga. Es cierto que todo esto estuvo muy marcado por la puta mierda de enfermedad de Tito Vilanova, pero siete meses, Neymar y un nuevo entrenador después, el equipo azulgrana no parece estar en un lugar muy diferente al del 7-0 contra el Bayern.

Estos tíos pueden haber sido el mejor equipo de la historia, pero la dinámica que muestra desde diciembre de 2011 -aquel 1-3 en el Bernabéu y el Mundialito contra el Santos- demuestra una decadencia ya difícil de parar. Zubizarreta ha desaprovechado ya dos veranos para comenzar una renovación del equipo que ya se impone necesaria, aunque también es cierto que estaría bien que el director técnico tuviera un verano en el que se pudiera dedicar en pleno a fichar y no tuviera que gestionar la salida del mejor entrenador de la historia del club ni encontrar un recambio de urgencia por el cáncer de Vilanova. Mientras esa renovación no llegue, lo máximo que podrá hacer Martino es armar un Barça de supervivencia. Un Barça de supervivencia que bien puede ganarte la Liga, especialmente si al Madrid le cuesta arrancar, pero parece difícil que pueda tumbar a los grandes de Europa de seguir así cuando lleguen los partidos de verdad. Quizá Martino pueda invertir en unos meses esta dinámica que ya dura dos años, pero parece complicado mientras haya futbolistas que parecen más preocupados por la longitud del césped que por su juego, más preocupados por la vida social que por los entrenamientos y futbolistas que mandan más en el club que el presidente.

Pero mientras la bofetada no llegue, Gurb mirará en La Vanguardia la clasificación, los resultados del Barça y pensará “están locos estos culés”. Sí. Total y absolutamente chalados.

Una sombra del pasado

FUTBOL, COPA DEL MUNDO 2010.Gerardo Martino era casi un completo desconocido para la afición azulgrana hasta que el pasado viernes el señor Santi Giménez dio por primera vez su nombre como candidato al banquillo culé, ahora ya es oficialmente el sucesor de Tito Vilanova. El argentino coge las riendas del Barça en uno de los momentos más complicados que se puedan imaginar. A nivel deportivo, se hace cargo del que posiblemente haya sido el mejor equipo de la historia ya en franca decadencia y con algún trazo -Neymar- del que debe ser el futuro del proyecto deportivo. Piezas fundamentales del equipo como Puyol y Xavi están ya de salida y no se atisba quien les pueda suceder. El gran reto de Martino es que este equipo vuelva a ser grande en los partidos importantes, que no gana ni uno desde el 1-3 en el Santiago Bernabéu en diciembre de 2011. Desde entonces ha palmado todo partido decisivo que ha jugado, contra el Madrid en Liga, Copa del Rey y Supercopa, contra el Chelsea en Champions y por no hablar del hundimiento frente al Bayern. La excepción es la espléndida remontada frente al Milan, pero también es cierto que los rossoneri están muy lejos del grande de Europa que solían ser. La llegada de un entrenador completamente nuevo debería, en teoría, poner firmes a algunos elementos acomodados de la plantilla y reorganizar la jerarquía en el vestuario, vuelta al aire desde que Tito Vilanova tuvo que ausentarse durante dos meses para tratarse en Nueva York -cuando los gatos no están, los ratones bailan-. Quienes lo conocen (yo no lo conocía, lo reconozco) explican que es de la escuela Bielsa, por lo que su estilo es lo suficientemente parecido al que se ha visto hasta ahora en el Camp Nou como para encajar, y a la vez es lo suficientemente distinto como para introducir nuevos matices ante rivales que ya empezaban a conocer demasiado al Barça. Sin experiencia en Europa, está claro que Martino es la apuesta más arriesgada de las que se podían tomar, pero los casos de Rijkaard y especialmente el de Guardiola demuestran que en ocasiones este tipo de decision puede ser la correcta. Eso, claro, asumiendo que Martino sea realmente la apuesta de futuro.

El gran debe que tiene Gerardo Martino es su absoluto desconocimiento del club y de su nitroglicerínico entorno, en guerra civil abierta desde la rueda de prensa de Pep Guardiola en Munich. Si el argentino cree que llega únicamente a entrenar a un puñado de extraordinarios futbolistas se equivoca. Si cree que su mayor enemigo será el Real Madrid y la exigencia de títulos, está completamente errado. Basta con echar una mirada rápida a la etapa de Bobby Robson al frente del conjunto culé, un momento que guarda muchos paralelismos con el presente. Como ahora, el club vivía el tramo final de la hasta entonces mejor etapa deportiva de su historia, que sólo cuatro años antes había conquistado su primera Champions además de cuatro Ligas consecutivas. También como entonces, el exentrenador e icono del barcelonismo estaba en un estado de confrontación directa con la directiva. Los resultados avalaron al entrenador inglés, que ganó la Supercopa de España, la Recopa de Europa y la Copa del Rey, y sólo cedió la Liga en la última jornada. Tres títulos de cuatro posibles, y aún así vilmente fue masacrado por la prensa, tanto por cruyffistas como por nuñistas. No sólo se le acusaba de jugar defensivo -con un doble pivote formado por Guardiola y De La Peña, defensivísimos ellos- incluso se llegó a crear el vomitivo rumor de que era homosexual y que se amarraba con su traductor, un tal José Mourinho. El resultado fue aquella delirante pañolada en el Camp Nou el día que el equipo ganó 7-0 al Sporting de Gijón. Acabada la temporada se destapó el pastel, y es que cuando Robson firmó por el Barça, Núñez ya tenía un acuerdo firmado con quien en aquél momento era el entrenador de moda en Europa, Louis Van Gaal, que no había podido llegar antes por su contrato con el Ajax. A sir Bobby Robson se le recolocó en un puesto florero y cumplió el resto de contrato que le quedaba con inglesa caballerosidad. Hoy todo el mundo es más tatista que el tato (lo siento, me lo hacía encima), pero cuando empiece a rodar la pelotita se verá si hay alguien que tiene las cartas marcadas desde el principio de la partida, porque todo el mundo sabe de la amistad del presidente del FC Barcelona con cierto entrenador que acaba contrato con la Federación Brasileña tras el próximo Mundial y a quien ya trató de traer a Barcelona en su etapa de vicepresidente.

Sólo queda desear la mejor de las suertes a Gerardo Martino. Realmente la va a necesitar.