La madre de todas las eliminatorias

Pocas eliminatorias de Champions League, de las que han sido y de las que serán, se presentan tan intensas como la semifinal entre el Barcelona y el Real Madrid. Porque aunque suene imposible es mucho más que un Madrid-Barça. Infinitamente más que las visiones reduccionistas que lo presentan como un Guardiola-Mourinho o como un Messi-Cristiano Ronaldo. En esta eliminatoria se cruzan el mejor Barça de la historia (para algunos el mejor equipo que ha existido) frente a un Real Madrid fabuloso construido para acabar con el ciclo culé. Los dos mejores equipos del mundo, liderados por los dos mejores entrenadores del mundo, con los dos jugadores más desequilibrantes del mundo. Por si fuera poco, la semifinal es el tercer acto de un tríptico de encuentros entre Liga, Copa y Champions.

Ambos equipos tienen argumentos para afrontar el partido con optimismo. El Barça tiene su fútbol, el Madrid el momento psicológico. En la final de Copa el Real Madrid demostró que puede imponer su fútbol al del Barça, sacar a los culés del encuentro y buscar la yugular –y de paso algún tobillo- de su rival. Mourinho sacó de la chistera un planteamiento que sorprendió a los azulgranas, que parece esperaban a un Madrid atrincherado como en el encuentro de Liga. Con la circulación de balón ahogada por un “trivote” adelantadísimo, los de Guardiola fueron un flan arrollado por el Real Madrid. Únicamente Pinto, el palo y la Virgen del Rocío evitaron que la final estuviera sentenciada al descanso.

Pero el fútbol tiene esas cosas extrañas. Empezó la segunda parte y resultó que alguien le había dado al interruptor. Cruyff decía que si te hacen faltas es porque tú no mueves el balón suficientemente rápido, y el partido quiso darle la razón. Xavi, Iniesta, Messi y Busquets aceleraron el esférico y el planteamiento sabueso del Real Madrid se diluyó. Demostrado que el Barça tiene armas para desligarse los nudos que pueda tejer Mourinho, la segunda parte recordó ligeramente al 5-0 y únicamente Casillas, el palo, un palmo de fuera de juego y la Virgen de Lourdes evitaron que el Barça levantara la Copa del Rey.

Con ambos equipos desfondados, la moneda de la prórroga cayó del lado blanco con una fantástica jugada de Di María que remachó Cristiano Ronaldo para que los blancos se llevaran el primer título del año, tan merecido como lo hubiera sido que se la copa la hubiera levantado Puyol.

El Madrid tiene la tranquilidad de tener ya un título en sus vitrinas, y el Barça sabe que si no hace el tonto tiene muy bien encaminado la Liga –que es más importante que la Copa-. El desenlace de la eliminatoria marcará también el “ganador” del año, especialmente si uno de los dos acaba llevándose la Champions. Uno triunfará y el otro fracasará. Más allá del valor sentimental (que sí, importante) y del ruido mediático (que no tan importante), la valoración futbolística de cada temporada no debería depender de estos dos partidos sino de un análisis más frío, como si la eliminatoria de Champions hubiera sido contra el Manchester y la final de Copa contra el Valencia. El Real Madrid ha logrado una puntuación en Liga que en otras temporadas le hubiera hecho campeón, y el Barça ha perdido la Copa en la prórroga de la final. Pase lo que pase en Europa ambos conjuntos habrán hecho una temporada sensacional y habrán demostrado han trabajado en el camino correcto más allá de actitudes fuera de los terrenos de juego. El fútbol es un juego y perder forma parte de ello, pero si compites al nivel que han competido Barça y Madrid poco se puede reprochar.

Algunos goles llevan a Roma

Artículo originalmente escrito para FCBwiki.com

No era el día. Era la hora desesperada. El reloj lloraba hacia el final de los cuatro minutos de prolongación. El barcelonismo ya se resignaba a una temporada magnífica pero sin el premio más deseado. La goleada endosada al Real Madrid en su estadio cuatro días antes no era ya tan dulce, incluso el Athletic de Bilbao parecía un rival durísimo para la final de Copa del Rey que se tenía que disputar una semana después. En ese momento Iniesta recuperó el esférico cerca del área culé y trató de salir de la cueva, pero Lampard cortó su progresión tirándose al suelo. El balón rechazado le cayó a Keita, jugando de improvisado lateral izquierdo tras la expulsión de Abidal. El malí la cedió a Piqué y Piqué a Xavi, que abrió el juego a la banda derecha a un Dani Alves que no había dado un buen centro en todo el partido.

Las cosas no empezaron bien ya en el partido de ida. El 28 de abril en el Camp Nou los azulgrana fueron incapaces de superar al Chelsea. Con una línea defensiva adelantada, con Obi Mikel tapando a Xavi, Ballack sobre Iniesta y con Bosingwa encargado de frenar a Messi, los de Hiddink consiguieron tornar el grácil juego habitual del club catalán en una danza incómoda y pringosa, aunque aquel día el criticadísimo Petr Cech volvió a recordar al porterazo que era antes de fracturarse el cráneo y Wolfgang Stark optó por no señalar un agarrón de Bosingwa a Henry dentro del área en el minuto 73 de partido. Ante un Barça descafeinado Drogba y Malouda causaban muchos problemas a la defensa local. El marfileño dispuso de la ocasión más clara del partido en el minuto 38 tras aprovechar un gravísimo error de Rafa Márquez, pero Víctor Valdés detuvo el cañonazo inicial y el sutil toque con el que Drogba trató de superarle después, levantándose rápidamente para taponar el segundo remate. No había sido el mejor partido culé y el 0-0 tampoco parecía el mejor resultado para visitar Stamford Bridge.

Era el 6 de mayo de 2009 cuando el sueño del triplete se rompía, apenas unos días después de vapulear al Real Madrid en un partido histórico. Pasaban dos minutos del descuento y el Barça todavía no había chutado ni una sola vez a puerta. Alves corrió la banda y soltó un centro como había soltado muchos a lo largo del encuentro, pero esta vez hubo algo diferente: el centro era bueno. Terry despejó en primera instancia y el balón le cayó a Eto’o, de espaldas a la portería y escorado a la izquierda del área.

El Barça no llegaba en condiciones ideales a la vuelta de aquellas semifinales, todavía colocado por lo vivido frente al Real Madrid y con bajas notables: Márquez había caído lesionado en el partido de ida y Henry en el clásico. Además, el gran capitán Puyol estaba sancionado. Ante las circunstancias, Guardiola se vio obligado a reorganizar al equipo con Yaya Touré de central, Keita de volante junto a Xavi e Iniesta de extremo izquierdo. Los culés iniciaron el partido controlando el balón y moviéndolo con más fluidez que en el Camp Nou, sin embargo el golazo de Essien, que envió el balón a la escuadra con una volea casi zidaniana, rompió al conjunto catalán. Ante un rival descolocado, los bluespudieron haber sentenciado antes del descanso. El árbitro, Tom Henning Ovrebo, no pitó un penalti de Abidal a Drogba y señaló fuera del área una falta de Alves a Malouda que también podía haber pitado dentro. Además Drogba se encontró dos veces más con un enorme Valdés que fue el gran héroe olvidado de esa eliminatoria. Sin sus paradas todo lo que estaba por venir no hubiera valido para nada.

El descanso trajo serenidad a los azulgrana, que movieron el balón con más criterio que en la primera parte pero con idéntico resultado: chocaban continuamente con una muralla azul. Si la remontada parecía difícil, más lo era tras la injusta roja directa a Eric Abidal. Además los ingleses reclamaron dos penaltis más de Touré, uno sobre Drogba y otro sobre Anelka, que no eran, como tampoco unas manos involuntarias de Piqué dentro del área. El Barça lo intentaba pero el Chelsea tapaba cada espacio con maestría una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Eto’o trató de controlar la pelota, pero se le escapó. Essien falló estrepitosamente al intentar achicar y lo que despejó fue el aire. El balón llegó a Messi cerca de la esquina izquierda del área, se giró y parecía que buscaba posición de disparo. Hasta tres jugadores del Chelsea –Essien, Alex y Bosingwa-  salieron a taparle, pero el argentino fue inteligente, no se precipito y en vez de chutar por donde no había hueco cedió la pelota hacia la frontal del área donde, totalmente solo, esperaba esa criatura con estrella nacida en Fuentealbilla. Entonces, explosión.

El sueño que se resquebrajaba volvió a tener forma. Iniesta se transformó en Bakero, vistiendo Londres de Kaiserslautern y devolvió la vida a un muerto. Se pueden marcar goles más importantes pero no más épicos. Todo volvía a tener sentido, incluso la final de Copa del Rey frente al Bilbao parecía un reto fácilmente superable. Roma estaba ahí, esperaba el Manchester United de Cristiano Ronaldo, vigente campeón, pero en aquel momento todo parecía fácil para un Barça que había demostrado que podía atravesar los siete infiernos y salir vivo con una sonrisa.

En aquellos 365 días el Barça de Guardiola superó sus grandes mitos: En el Bernabéu, Gerard Pique ‘mató’ el 0-5 del Barça de Cruyff mientras mostraba la zamarra azulgrana al público tras marcar el sexto gol; Eto’o y Messi mejoraron con sus goles las finales agónicas de Londres y París con una victoria incontestable ante un gigante europeo; la aparición de un tal Pedro Rodríguez hizo posible el nacimiento del Barça de las Seis Copas, sobrepasando al equipo liderado por el mítico László Kubala que en la década de los cincuenta logró cinco. Pero por encima de todas las imágenes que generó el 2009, y especialmente el mágico mes de mayo en que se ganaron Copa, Liga y Champions, una simbolizará su éxito por encima de las demás. Una estampa extraña para un equipo cerebral y armónico acostumbrado a dominar claramente los partidos, una fotografía llena de rabia y fustración liberada tomada en uno de los pocos encuentros del año –tal vez el único- en el mejor equipo del mundo no mereció salir vencedor, aunque sí mereció ganarlo todo: la imagen de Iniesta corriendo hacia el córner de Stamford Bridge mientras se quitaba la camiseta amarilla celebrando con locura su gol. Al final, aquél sí fue el día.

Vergüenza por aspersión

Para el barcelonismo, lo más triste del partido frente al Inter no fue caer eliminado. Llegar a una semifinal de la Champions ya es difícil y caer con las botas puestas ante el campeón italiano no es un fracaso. Lo más triste del partido frente al Inter no es la sensación de impotencia que dio en algunos momentos el equipo, faltaba un jugador vital como Iniesta y varias piezas fundamentales no están en su mejor momento de forma después de 20 meses a un nivel estratosférico. Lo más triste del partido no es ver cómo Busquets se tiraba al suelo como un actorzuelo de compañía de pueblo para forzar la expulsión de Motta, ellos hubieran hecho lo mismo de haber surgido la ocasión. Tampoco es lo más triste ver como Víctor Valdés se encaraba a Mourinho como un chulo de discoteca, al fin y al cabo en caliente se hacen muchas tonterías y el técnico portugués no estaba precisamente en misión diplomática. Lo realmente triste, lo realmente patético, lo realmente indignante fue el espectáculo de los aspersores.

No es de mal perdedor, es rastrero. Los jugadores del Inter de Milán estaban celebrando el pase a la final de Champions como cualquier otro equipo, igual que el Barça celebró su victoria en Stamford Bridge y en el Santiago Bernabéu. No hubo ningún tipo de desconsideración a una grada que estaba centrada en aplaudir a su equipo (equipo que por cierto se largó a vestuarios sin el gesto de saludar a una afición que se había volcado con ellos desde una semana antes). En ese momento algún descerebrado de tres al cuarto sin el más mínimo sentido de la decencia, del honor o de la educación tuvo la brillante idea de encender los aspersores. La imagen era patética: un equipo festejando su pase a la final de la Champions y los señores del “més que un club” invitándoles a irse a manguerazo limpio. Ayer el culé podía estar orgulloso del equipo que se había dejado la piel con más o menos acierto, pero debía estar muy decepcionado con el club que había dado una imagen muy distinta a la que pregona con el logo de Unicef.

Por si éramos pocos, habló Laporta. A la mañana siguiente, tras haber tenido toda una noche para tranquilizarse, no se le ocurrió decir nada mejor que “después de un partido estás sudado y viene muy bien un poco de agua”. Pido perdón por adelantado por el adjetivo que usaré a continuación: gilipollas. Señor Laporta, usted es gilipollas y de los profundos. Si es inaceptable que alguien encendiera los aspersores, mucho más lo es que el presidente del club disculpe esta actitud con una sandez de estas proporciones, una fabulosa patada en los cojones a la elegancia y el fair play que tanto le gusta pregonar al presidentísimo. Habiendo dejado ya de manera irreparable una imagen repugnante, Laporta debería morderse la lengua –arrancársela mejor- y emitir un comunicado oficial del club pidiendo disculpas al Inter, a la UEFA y a todos los socios azulgranas que se vieron avergonzados por la ocurrencia de un idiota que, fuera quien fuera, debería ser despedido de manera fulminante.

¿Noventa minuti en el Camp Nou son molto longos?

Aviso: No pienso hablar del árbitro. Sí, puede ser que haya dos penaltis no pitados… pero también ha pitado un fuera de juego que no era cuando Milito se quedaba solo, una falta en ataque a Eto’o que no era y podía haber expulsado a Messi tan tranquilo.

El Barça tiene que remontar después de un partido lamentable que mereció perder y tal vez por más. Messi ha desaparecido en combate, Ibra se ha ofuscado y Alves ha jugado su peor partido desde que viste la camiseta culé. Mourinho es un entrenador extraordinario, pero no ha ganado al Barça en la pizarra. Lo que ha matado al Barça ha sido sus imprecisiones en el centro del campo que propiciaban contraataques interistas. Excesivas prisas y demasiados pases erróneos. Continuos desajustes defensivos que Diego Milito ha aprovechado como un crack mundial que es. El Barça en ataque no ha hecho prácticamente nada hasta el tramo final y se ha encontrado un gol cuando las cosas empezaban a pintar ya muy mal. Y eso que el planteamiento del Inter, en principio, no era malo para el Barça. Mourinho ha decidido regalarle el balón a los azulgranas y echarse atrás, algo que suele ser mortal. Pero no sólo no se ha aprovechado sino que se ha regalado continuamente el balón en zonas tan peligrosa que es un milagro que el resultado no sea más abultado.

Pero el Barça no está muerto. Porque las remontadas épicas no son propiedad exclusivas del Real Madrid. Las dos últimas veces que el Barça ha perdido 3-1 en Champions ha remontado al calor del Camp Nou. En la 93/94 supero al dínamo por 1-4. Y el Chelsea volvió a con un 5-1 como recuerdo de su paso por Barcelona en la 99/00. El equipo cree en si mismo y sólo hay que ver los últimos 20 minutos, que de manera desordenada pero supurando orgullo por las orejas se ha venido arriba comandado por un Pique que ha cogido la bandera, la trompeta y el tambor y ha tirado del carro como un berraco hasta el punto de que casi marca un gol de largo inmerecido. Este equipo ya ha estado muerto otras veces, en Stamford Bridge o en el Mundial de Clubs, y siempre se ha levantado. Un 2-0 no es un resultado imposible, de hecho el partido de la liguilla acabó así. Ya que la final es en el Bernabéu, toca tomar prestado el Espíritu de Juanito.

El fin de la historia, empieza otra cosa

27 de marzo de 2009. Samuel Eto’o lanza un latigazo en la primera ocasión del Barça tras diez minutos arrolladores del United y supera a Van der Sar, que la verdad podía haber hecho más. Fue un golpe mortal para los ‘Red Devils’ que quedaron totalmente desfigurados y no volvieron a mostrar el poder de los primeros minutos. Aún así, los de Ferguson son uno de los equipos más peligrosos del planeta y cada vez que Cristiano Ronaldo, Rooney, Tévez o Berbatov tocaban un balón el estómago de todo el barcelonismo bailaba el hulla-hop. Cuando Xavi estrelló el balón en el palo (¿cuántos ha habido ya esta temporada? ¿otro record?) a toda la culerada pensó “como lleguemos al minuto 75 con el 1-0 nos acordaremos de esto”. Pero no ocurrió. En el minuto 70 una criatura de 1,69 se eleva ante Rio Ferdinand, central de 1,91, y Edwin van der Sar portero de 1,98, remata un centro de Xavi, supera al meta holandés por arriba y pone el 2-0. Dos minutos después Víctor Valdés salva un gol a bocajarro de Cristiano Ronaldo. Lo más complicado estaba hecho. Salvo milagro inglés, el Barça lograría el triplete.

Y
así fue. Carles Puyol levantó el tercer título de la temporada, la tercera Champions del Barça. Y de las tres orejudas, seguramente ha sido la más complicada de todas. El Lyon puede que nunca haya sido un grande de Europa, pero desde luego siempre ha sido un rival complicado y tuvieron una media hora inicial en la ida en la que bien podían haber borrado del mapa a los de Guardiola. El Bayern de Munich ha sido el gran fiasco de la temporada, pero no por ello era un rival fácil. Venía de destripar por 12-1 a un Sporting de Lisboa que a punto estuvo de dar un susto al Barça en la fase de grupos con dos goles en dos minutos. El Barça nunca había superado a los bávaros en una doble eliminatoria, por si fuera poco con la vuelta en Alemania, y aunque no llegaban en su mejor momento tiene grandísimos jugadores como Luca Toni, Bastian Schweinsteiger o el gran Franck Ribéry. La semifinal contra el Chelsea, con la vuelta en Stamford Bridge, ha sido posiblemente la prueba más complicada de toda la temporada. Hiddink supo encontrar los puntos débiles del Barça y los explotó. Únicamente Iniesta evitó una derrota que por otro lado tampoco hubiera sido injusta. Sin embargo, por mucho que diga es señor Cristiano Ronaldo, eso no quiere decir que el Barça no mereciera estar en la final, ni siquiera por los supuestos penaltis no pitados (que, excepto las manos de Piqué, son todos como mínimo discutibles). Contra un equipo que le había tomado la medida a la perfección, el Barça no perdió la cara al partido, no se rindió, no desesperó ni perdió los nervios, y al final llegó la recompensa en forma de Iniestazo.

A parte de poner Fuentealbilla en el mapa, aquel gol certificó que algo había cambiado en los genes azulgranas. En Kaiserslautern Jose Mari Bakero marcó un gol que giró la historia de un club que estaba acostumbrado a que los goles en el último minuto fueran en su contra. Iniesta certificó ese cambio con el más difícil todavía: Marcando ante un rival mucho más complicado, con el tiempo reglamentario ya cumplido, en el primer tiro a puerta del Barça y en las semifinales. Mientras que en épocas pasadas los errores arbitrales convertían faltas fuera del área en penaltis, ahora el colegiado no ve unas manos en el área culé que bien podrían haber sentenciado la eliminatoria. Mientras que en el pasado el Barça había dominado finales para encajar goles en las pocas llegadas del rival, ahora la primera ocasión azulgrana acaba en el fondo de la red. ¿Será que ahora el Barça tiene la tan llamada suerte del campeón?

Este cambio en la trayectoria del club también se nota en la afición. Cualquiera que conociera mínimamente la mentalidad culé hubiera predicho que el ánimo general ante una final de Champions contra el Manchester United, posiblemente el rival más feroz al que se ha enfrentado el Barça en una final europea, sería pesimista. Pero no. A pesar del rival y a pesar de las bajas, siempre ha flotado un halo de optimismo antes prácticamente impensable. Y el equipo respondió también de una manera impensable. Siempre se había dicho que el Barça para ganar tenía que jugar bien, mientras que otros equipos, como el Madrid, podía ganar jugando mal. Cuando peor estaban los de Guardiola, cuando todo indicaba que los ‘Red Devils’ acabarían con el tan cacareado triplete, Eto’o marcó el gol que acabó por desequilibrar la final.

Y todo cuando hace un año parecía que el Barça tendría que embarcarse en una temporada o dos de transición mientras que un Madrid que ganó la Liga pasada con la guitarra se perfilaba como un candidato para dominar el fútbol español. Pero Guardiola ha sabido, de alguna manera, a golpe de Coldplay o de Gladiator, resucitar un vestuario aparentemente muerto y enterrado después del 4-1 del año pasado. El propio técnico no se cansa de repetir que ahora todo el mundo le llama guapo porque la pelotita entra, pero que cuando deje de entrar se convertirá en el sparring de la afición. No le falta razón, y también es verdad que no se puede juzgar la calidad de un entrenador en una sola temporada, ni siquiera en dos, porque su éxito está muy estrechamente ligado a los jugadores que tiene. Grandes entrenadores han fracasado por culpa de sus plantillas y de la misma manera entrenadores mediocres, caso de Frank Rijkaard o Vicente del Bosque, han tenido grandes éxitos gracias a encontrarse un equipazo en sus manos. Pero nadie le puede quitar lo bailado a Pep. Él ha sido la única gran novedad con respecto al Barça del año pasado –salida de Ronaldinho y Deco aparte, que tampoco es poca novedad-, por lo tanto no es difícil deducir que también ha sido el gran revulsivo. Con esto, no pretendo subirme al carro a toro pasado. Yo tenía muchas dudas cuando anunciaron que el de Santpedor dirigiría el nuevo proyecto azulgrana, era partidario de la opción Mourinho, aunque me forzaba a creer en Guardiola por ser él quien era. Todavía hoy no tengo muy claro algunas de sus acciones, especialmente ciertos cambios e ideas como poner a Keita de lateral en la final de Roma, una guardiolada como otra cualquiera que me da más miedo que dos pedradas (o que las bolas de goma saca-ojos de los Mossos).

Puede que Guardiola no sea el mejor entrenador del mundo, pero muy posiblemente sea el mejor entrenador del mundo para el Barça. Su discurso, fundamentado en el conocimiento del club, de la afición y del tan temido entorno, no sólo ha sabido regenerar a la plantilla, sino que también ha sabido ilusionar a la ‘gent blaugrana’ que se ha movilizado como nunca para apoyar al equipo, se ha desplazado más que nunca y la cultura de llevar la camiseta al campo, o en su defecto cualquier artículo azulgrana, se ha impuesto en una afición tradicionalmente sosa y pesimista, cuya seña de identidad era la mítica frase “ay, que encara patirem” (Ay, que aún sufriremos). La directiva, que en los últimos años había sido protagonista con guerras intestinas, episodios rocambolescos, Sandros Rosells, Alejandritos Echevarría y otros animadores de la corte se ha pacificado, y el showman Laporta ha dejado de lado sus discursos lorísticos y sus gallumbos aeroportuarios para ceder el protagonismo a los once tipos que dan patadas a un balón y al individuo que los dirige.

Mientras que los merengues se empiezan a aferrar a las Copas de Europa ganadas hace 60 años, alarmante síntoma de una alarmante decadencia, y al retorno de un Mesías que abandonó el barco como una rata cuando se hundía (y, dicho sea de paso, ganó las mismas Ligas y Champions que el Barça durante su mandato), Guardiola ha matado en una sola temporada los grandes referentes del Barcelonismo para marcar otros nuevos y mejores. La gente ya no recordará el 0-5 de Cruyff en el Bernabéu, se acordarán del 2-6; no se recordará Kaiserlautern, se recordará Stamford Bridge; el penalti parado por Urruti en Valladolid será sustituido por el de Pinto en Mallorca. El Barça de las Cinco Copas deja paso al Barça del triplete, la culminación de un cambio de mentalidad en el club que se inició hace 20 años con el Dream Team que dirigió Cruyff . El Barça, a sus 110 años de historia, se ha hecho mayor.

No todos los caminos llevan a Roma

En septiembre había varios equipos que aspiraban a ganar la final de Roma. El Inter de Milán había fichado a José Mourinho con la clara intención de dar un salto de calidad en Europa después de tres temporadas de dominar una devaluada Liga Italiana. El Bayern de Munich volvía a la máxima competición un año después armado con grandes cracks como Luca Toni, Miroslav Klose o el gran Franck ‘Scarface’ Ribery. El Real Madrid, tras ganar con gran autoridad la Liga el año pasado, salió chorreado por el Liverpool, un Liverpool que esperaba que los goles de Torres les llevara a su tercera final en seis años. El Arsenal confiaba en el liderazgo de otro español, Cesc Fàbregas, para alzarse con el trofeo que se le escapó en 2006 ante el Barça. El talonario de Abramovich volvió a azotar el mercado en busca de su anhelada Champions que el año pasado se esfumó por un inoportuno resbalón de su capitán. El Zenit de Arshavin, tras asombrar a Europa ganando la UEFA y tumbar al todopoderoso United en la Supercopa de Europa aspiraba a ser la gran sorpresa del 2009.

Pero ocho meses después todos estos equipos verán el partido desde su casa. El Futbol Club Barcelona y el Manchester United sol los dos equipos que se han ganado el privilegio de jugar la final de la competición de clubs más importante de esta parte del Universo. El Olímpico de Roma verá un duelo entre los que son, por fútbol y por números, los dos mejores equipos del mundo con diferencia. Sobre el césped, también los dos mejores jugadores del planeta: Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.

El Manchester de Sir Alex Ferguson es un equipazo. Ferdinand y Vidic son una de las mejores parejas de centrales de Europa, aunque el serbio en los últimos meses no esté en su mejor momento. El francés Patrice Evra será un obstáculo difícil de superar para Leo Messi. Carrik, Park y Anderson forman un centro del campo muy trabajador que cuando tienen el balón tal vez no son capaces de moverlo como Xavi e Iniesta, sin embargo son capaces de lanzar contraataques como cuchillos. Y arriba… arriba tienen pólvora suficiente para convertir Chernóbil en un camping. Cristiano Ronaldo, Rooney, Tévez, Berbatov…

A Cristiano Ronaldo no hace falta presentarlo. Su calidad es únicamente comparable a su chulería y únicamente Messi está a su altura en todo el planeta fútbol. Tal vez no sea tan rápido y tan desequilibrante en el regate como el argentino, pero va mucho mejor de cabeza y sus cañonazos desde fuera del área dejan a los de Oliver Atom como el estornudo de un gorrión. Además, tras un inicio de temporada un tanto irregular, el portugués llega a Roma en un estado de forma óptimo. Rooney tal vez sea uno de los delanteros más infravalorados del mundo porque no marca tantos goles como otros (sólo cuatro en doce partidos de la presente Champions), pero su presión y su capacidad para robar balones al rival han dado muchos de los goles que han marcado Cristiano y Tévez. Si tuviera un poco más de cabeza y supiera controlar su carácter sería de los mejores delanteros del mundo junto a Messi y a Cristiano Ronaldo. Por si todo esto fuera poco en la recámara estarán jugadores como Nani, Berbatov, leyendas como Giggs o Scholes y jóvenes talentos como Federico Macheda. A todo esto hay que sumar la motivación de poder ser el primer equipo que logre dos títulos seguidos desde que la competición tiene el formato actual de Champions League.

Nunca en su historia el Barça se ha enfrentado en la final de Champions a un equipo tan sumamente potente como este Manchester United. Ni el Benfica que nos venció de manera incomprensible en Berna, la final de los palos, en 1962. Tampoco el Steaua de Bucarest del “imbatible” Duckadam, al que en la final de Sevilla en 1986 el Barça fue incapaz de marcar un solo gol, ni en la tanda de penaltis. Tampoco la Sampdoria de la mítica final de Wembley del 20 de mayo de 1992, tampoco el Arsenal de Henry y Hleb que cayó ante el gol de Belletti el 17 de mayo de 2006. Ni siquiera aquel Milan de Fabio Capello que puso punto y final al Dream Team en la final de Atenas tenía la calidad del conjunto de Ferguson.

Pero no hay que tener miedo. Si hay un equipo que puede hacer frente a los ‘Red Devils’ ese es el Barça. Ante Cristiano, Messi; ante Rooney, Etoo; ante Tévez, Henry; ante Anderson, Iniesta. Los azulgrana también tiene su propio arsenal. Además, de estos jugadores hay cuatro que forman el “Club de la Espina Clavada”. Henry perdió la final de 2006 frente al Barça después de que Valdés salvara hasta tres goles cantados del francés, que está ante la que posiblemente sea su última ocasión de alzarse con la Champions. Iniesta, que saltó al campo como suplente para revolucionar el partido, vio como Rijkaard Rizoparte se decantaba por Van Bommel y le relegaba al banquillo. Xavi y Messi no jugaron aquella final tras dos graves lesiones*. Esto debe servir de motivación extra para estos jugadores claves en el Barça de Guardiola. Además, la plantilla es consciente de que puede hacer historia logrando un triplete inaudito en España, para lo que sólo sirve la victoria.

Es cierto que las bajas en defensa son importantes, especialmente Alves y Márquez, y lo cierto es que los planes de Guardiola de poner a Touré de central y a Keita de lateral izquierdo no acaban de convencer, es mucho mejor apostar en la izquierda por un especialista como Sylvinho y en la derecha Cáceres puede ser un gran recurso: es rápido, buen marcador y va muy bien al corte. Si sus compañeros están atentos y le ofrecen las ayudas necesarias cuando tenga el balón, su gran talón de Aquiles, puede resultar una buena manera de frenar las entradas de Ronaldo por esa banda.

Por otro lado, el United da la sensación de que llega a Roma con una sensación de cierta autosifuciencia que puede ser perjudicial para los ingleses. En los últimos años se han dado varios ejemplos de vigentes campeones que han caído en la final de la Champions. En 1995 un gol de Patrick Kluivert acababa con las posibilidades del Milan, que venía de haberle endosado un 4-0 al Barça en la terrible noche ateniese, de lograr su segundo título consecutivo. Un año después, el propio Ajax de Van Gaal, considerado una máquina de hacer fútbol llegaba como gran favorito a la final de la Champions, pero la Juve acabó llevándose la final en la tanda de penaltis después de que Edgar Davids y Sonny Silooy fallaran el primer y el cuarto lanzamiento. Un año después la Juve llegaba como gran favorita a la final, pero un gran Borussia Dormund liderada por Mattias Sammer en el final de su carrera venció por 3-1.

Sea como sea, los afortunados que vayan a la final tienen todas las papeletas de ver uno de los mejores partidos de la historia del fútbol. Con dos de los equipos que mejor fútbol han desarrollado en los últimos años, con dos de los jugadores más espectaculares de los últimos tiempos, y en uno de los estadios más impresionantes que ha regalado la arquitectura moderna. Con todo, tal vez el Manchester parta como favorito para alzarse con la Champions, pero si hay un equipo que esta temporada ha demostrado que puede cruzar el infierno y, con una sonrisa, salir vivo, ese es el Barça. Gane quien gane, nadie podrá decir que el campeón no lo sea de una manera merecida.

*También Alexander Hleb perdió aquella final en la que fue titular con el Arsenal, pero si tiene que ser él quien saque esta final adelante yo me la corto y me meto a monja.