El divo triste se une al buitre hambriento

Cristiano Ronaldo está triste. No hay que ser demagogo ni populista, el luso tiene tanto derecho a estar triste como cualquiera. Quizá menos razones, sí. El dinero no da la felicidad, pero ayuda mucho más de lo que el refranero quiere admitir, y tener una novia guapa puede dar tantos dolores de cabeza como orgasmos. Sin embargo la tristeza de Cristiano tiene algo de postín. Todo el mundo ha pasado por momentos difíciles, pero pocas veces eso evita que se puedan disfrutar pequeños buenos momentos, como marcar un gol, y más en un futbolista que vive por y para el gol. Anunciar luego ante la prensa tu tristeza a la vez que te niegas a explicar el motivo tiene mucho de centrodelmundismo. Abres la veda de la especulación, una bestia que no necesita mucho para alimentarse hasta el empacho, luego declaras el silencio estampa y dejas que el universo te imagine en bata, sin ser capaz de levantarte de la cama y bebiendo Cola Cao en una taza de Los Soprano.

Sea cual sea el motivo de la tristeza de Cristiano Ronaldo, sus declaraciones denotan una espléndida falta de conexiones neuronales por su parte. Dinamitar la paz social del club que te paga una barbaridad por un berrinche es una irresponsabilidad si no era su intención y una escandalosa falta de lealtad si pretendía montar el pollo cósmico que ha organizado, incluso siendo verdad que se han puesto cosas en su boca que él no dijo. A estas alturas, tras vivir seis años en Inglaterra y tres en España, ya debería saber que hay un sector buitre de la prensa que necesita muy poco para exagerar, deformar o inventar con tal de poder poner el titular más grande posible. Él se “limitó” a decir que estaba triste por un motivo profesional y que el club sabía cual era. Cuando se juntan el hambre y las ganas de comer, Eso se transforma por arte de magia en un “Cristiano está enfadado por el club” y al rato empezaron a trascender reuniones secretas, amistades quebrantadas por una nimiedad y compañeros que “intoxican” la cabeza del crack. Historias que no serían demasiado verosímiles si no fuera por que su protagonista supura ego a chorros por todos los orificios corporales.

Sean ciertas o no todas las especulaciones (¡Qué casualidad que todos los periodistas que sabían estas cosas no dijeran nada antes de las declaraciones!) que se han hecho tras los lloros de Cristiano, tiene que aprender que calladito está más guapo y a domar su infinito afán de protagonismo porque, aunque le cueste creerlo, él no es el centro del multiverso, y es probable que entonces sea incluso mejor futbolista. Si la realmente razón es el dinero, exigir cobrar más de diez millones de euros en el momento más crítico de la economía europea desde la Segunda Guerra Mundial evidencia una grave perdida de contacto con la realidad y eso ya tiene muy difícil solución. Eso sí, saldrá en todas las portadas de los periódicos, que venderán como churros.

El Barça y sus interrogantes

Ya está aquí el momento que todo culé sabía que llegaría pero en el que nadie quería pensar. El Barça saldrá a competir un título sin la estrella que durante los últimos cuatro años ha guiado no sólo al primer equipo de fútbol, sino al club entero. Cuatro años en los que Guardiola no sólo se ocupó de dirigir a uno de los mejores equipos de la historia, también a apagar los fuegos generados por las bravuconadas de Laporta y los palos de ciego de Rosell. Sólo Dios, si existe, sabe cómo evolucionará sin su superlíder un club que lleva la fractura en su genética como si fuese el fútbol de posición. Puede que el Guardiolismo haya servido para que la afición azulgrana madure, pero como en cualquier club de fútbol la estabilidad a corto plazo depende de los resultados. No cabe duda de que la apuesta de Tito Vilanova es la continuidad absoluta, como es lógico, pero esta misma apuesta por la continuidad absoluta encierra una serie de interrogantes que marcarán los resultados como ya ocurrió el año pasado.

El más importante es el nivel que ofrecerá Xavi. Con 32 años y con problemas en el tendón de Aquiles, el equipo nota muchísimo cuando el de Terrassa baja el nivel (también la selección Española, no es casualidad que el mejor partido de la Eurocopa coincidiese con el mejor del centrocampista azulgrana). ¿Cómo gestionar que tu timón ya no pueda disputar 50 partidos por temporada al máximo nivel? Esta pregunta se superpone con otra, que es cómo acabará de encajar Cesc en el equipo. El año pasado comenzó la temporada como un avión y acabó diluyéndose después de Navidad, cuando la posición de interior le obligó a controlar su tendencia al desorden y él mismo reconoce que acabó por bloquearse. Por experiencia y posición el ex-Gunner debería ser el reemplazo natural de Xavi, a pesar de ser un jugador totalmente distinto.

Otro gran interrogante está en la línea delantera. La escalofriante cifra goleadora de Leo Messi ocultó el año pasado ciertas carencias del equipo y es que en momentos clave, si falla La Pulga, al Barça le falta gol. Este defecto es consecuencia directa de la grave lesión de Villa y la irregularidad de Pedro, jugadores que en condiciones normales te garantizan entre 20 y 25 goles por temporada cada uno. Entre los dos marcaron el pasado curso 24 goles, lo que quiere decir que en el tramo crucial de la competición al Barça le faltaron cerca de 20 goles que Messi estuvo a punto de compensar él solito, pero se quedó a un palmo de conseguirlo. Teniendo en cuenta que Alexis Sánchez nunca ha sido un goleador (el año pasado con 15 goles fue su mejor temporada en este aspecto) habrá que ver si Pedro es capaz de volver a su nivel habitual y cómo evoluciona Villa con 30 años y cerca de 9 meses sin jugar. Tito Vilanova y Andoni Zubizarreta parecen tener muy claro este punto, ya que en ningún momento han parecido interesados en buscar un delantero, siempre con la carta Neymar bajo la manga (otro interrogante en si mismo).

Y en defensa, dos nombres propios, Piqué y Puyol. El gran capitán es un portento de la naturaleza, sin embargo con 34 años tiene una edad en la que la mayoría de los jugadores empiezan a cambiar el fútbol por la petanca y deberá dosificarse. El problema de Piqué es otro. Cuando quiere, es el mejor central del mundo. Seguro en defensa, exquisito con el balón y con una capacidad para tirar del carro cuando las cosas van mal pocas veces vista en un central. Los últimos meses, pero, ha parecido que el “cuando quiere” es un condicional demasiado pesado para él y cuando jugó entre lesión y lesión lo hizo disperso y despistado. Es cierto que en la Eurocopa rindió a un buen nivel, pero su carácter hace difícil ver si es una reacción pasajera o permanente. Su capacidad para sacar el balón controlado desde atrás fue vital en los éxitos del equipo. Otra gran duda es Abidal. El francés aseguró que cree que podría volver a los terrenos de juego en diciembre, pero con 32 años y un trasplante la duda no es si podrá rendir al extraordinario nivel que rendía antes de su enfermedad, es si realmente podrá jugar en la élite. Su sustituto es, además, un lateral de características opuestas. Si Abidal era la pieza defensiva que permitía compensar las continuas incorporaciones de Dani Alves, Jordi Alba es tan ofensivo como el brasileño, por lo que habrá que redefinir los automatismos defensivos del equipo.

En frente, el Real Madrid de José Mourinho es un rival formidable, con la moral por las nubes tras ganar la Liga y a su vez espoleados por la espina clavada de haber caído eliminados en semifinales de Champions por penaltis. El conjunto blanco son claros favoritos en Liga y en Champions, por lo que recuperar el trono de campeón será un reto gigantesco para los culés. Pero hay ciertos jugadores a los que los retos gigantescos les encantan.

Una estrella en el pecho y amnesia en la cabeza

Hace sólo cuatro años, antes de la Eurocopa de Austria y Suiza, los españoles se dividían entre aquellos a los que se les hacía el culo gaseosa porque la selección lograra pasar de los malditos cuartos de final y aquellos que veían los partidos con palomitas para ver con qué nuevo azote se encontraba esta vez el combinado español. Conviene no olvidar que de esto hace sólo cuatro años. Hasta que Cesc metió el penalti que eliminó a Italia, España era un equipo perdedor. Sus imágenes más conocidas en grandes torneos eran Luis Enrique reclamando penalti con la nariz rota ante Sándor Puhl, Zubizarreta empujando un balón a su propia red ante Nigeria, el fallo de Cardeñosa, la cantada de Arconada, el penalti a las nubes de Raúl ante Francia… pocas de ellas de júbilo y alegria.

Y sin embargo, tras el partido ante Croacia, la edición digital de Marca lucía el titular “Sufrimos como nunca y ganamos como siempre”. España puede dar gracias a los dioses por tener en su plantilla jugadores no sólo futbolísticamente extraordinarios sino también personas con la cabeza sobre los hombros como Casillas, Iniesta, Xavi o Xabi Alonso, o el entorno patriotero de pandereta y fachicasposillo podría haber devorado una selección fabulosa. ¿Qué hubiera sido del equipo con este ambiente si en sus filas hubiera tendido ególatras como Balotelli, Eto’o o Cristiano Ronaldo?

España ganó la Eurocopa de 2008 de manera brillante, con una exhibiciones en las que se atropelló dos veces a Rusia, y actuaciones excepcionales ante Italia y Alemania pero con marcadores bastante más ajustadas. En la memoria, del Mundial queda el partidazo ante Alemania y el gol de Iniesta en la final, sin embargo parece que se ha olvidado que la selección de Del Bosque llegó a la semifinales a trancas y barrancas, jugándose el pase a octavos en el último partido y rozando el desastre ante Paraguay.

Y sin embargo en las horas previas al estreno de España en esta Eurocopa parecía que todo lo que no fuese descuartizar a Italia en el debut era un fracaso. Todo porque en el pecho de la camiseta española hay bordada una estrella, y olvidando que la azzurra hay ni más ni menos que cuatro. Pues resulta que se empató a uno y la nunguneada Italia dominó buena parte del encuentro.

Y como el fútbol es así de cachondo, 21 días después España vuelve a toparse con Italia en la final de Kiev. Como en el Mundial de Sudáfrica, la selección española ha llegado a la final sin excesiva lucidez, pero en este caso se suma a la ecuación el sesgado debate del falso nueve en el que se reduce el origen de los problemas de juego a la punta de ataque sin tener en cuenta que el doble pivote del centro del campo atasca alarmantemente la salida de balón. Además, se suma el preocupante estado físico de Xavi Hernández al que le está costando demasiado aparecer en los partidos de manera continuada. Italia ha llegado a la final de la manera que nos tiene acostumbrados. Llegó al torneo con un escándalo por amaño de partidos en su liga, en la fase de grupos bailó en el filo de la navaja tras empatar contra Croacia y luego ha crecido en las eliminatorias hasta llegar a eliminar sin paliativos a una Alemania a la que le empezaba a crecer un aura de imbatibles. Además, Prandelli le ha dado una nueva cara al equipo enviando al olvido el catenaccio y buscando el control del partido a partir de la posesión de balón.

España es un equipo que parece ir a menos, y sin embargo está a las puertas de lograr algo que nunca antes ha sido logrado (ganar Eurocopa, Mundial y Eurocopa de manera consecutiva). Italia ha ido a más, de ser un equipo con el que nadie contaba a mostrarse como un rival formidable. La Brunete mediática española tiene una vomitiva tendencia a sobreexagerar éxitos y derrotas basándose en elementos muy superficiales. Si gana España, no faltará quien diga que es la mejor selección de la historia como si el fútbol sólo existiese desde el gol de Torres en Viena. Si pierde, que la posesión de balón no vale para nada y que hay que chutar más, olvidando totalmente los formidables éxitos de este equipo y de esta forma de jugar en los últimos años. Posiblemente pedir memoria en el fútbol sea algo naif, pero si Casillas levanta la copa otra vez, será un gran momento para recordar, por ejemplo, la tanda de penaltis contra Bélgica en Mexico 86. Y si lo hace Buffon, el control de Iniesta ante Stekelemburg.

En fútbol no hay hijos pródigos

En las últimas horas, últimas horas que se han prolongado tres años, se ha vendido el retorno de Cesc Fàbregas al Barça como el retorno de un hijo pródigo y a Wenger como un malvado señor oscuro con la malvadísima intención de encerrar al jugador en la torre más alta del Emirates para evitar que el jugador pudiera cumplir su sueño de triunfar en el Camp Nou.

Nadie puede negar que Cesc es un refuerzo extraordinario para el conjunto de Pep Guardiola. Dejando de lado las dudas que pueda generar las lesiones que le han asolado en las dos últimas temporadas, algo que puede ser circunstancial o no, el de Arenys es un centrocampista extraordinario que conoce perfectamente el Barça, su fútbol, su entorno y su vestuario. Aunque es un jugador distinto a Xavi, es posiblemente la apuesta más segura para sustituir al de Tarrasa cuando deje el fútbol. Más allá de que su fichaje no era una necesidad primordial (como puede ser un defensa rápido para corregir la posición cuando el rival gana la espalda de la defensa adelantada, el Barça sólo tiene a Puyol con este perfil y se ve obligado a recolocar a Abidal o Mascherano cuando el capitán no está), Cesc da profundidad a una plantilla algo corta y, junto a Thiago, multiplica las posibilidades tácticas. Aunque es difícil que Guardiola alinee a Xavi, Iniesta y Cesc juntos, en un 4-3-3 o que pase a jugar con tres defensas con un 3-4-3, su fichaje garantiza que en caso de incidencia siempre habrá un recambio de calidad para el centro del campo. Es un jugador de una calidad extraordinaria que vuelve a Barcelona muchísimo más completo de lo que se fue. Con sólo 24 años ha sido capitán de un equipo histórico como el Arsenal y está fogueado en una liga de gran exigencia como la Premier y en Champions, donde en 2006 fue titular en la final de París frente al Barça precisamente, por lo que los 40 millones que se pueden llegar a pagar por él si se cumplen los variables no parece una cifra excesiva.

Sin embargo, la narrativa que describe su fichaje como el retorno de un hijo pródigo resulta algo falaz. No hay por qué dudar del barcelonismo de Cesc Fàbregas, posiblemente cualquier persona hubiera hecho lo mismo que él en sus circunstancias, sin embargo no hay que olvidar que si el fichaje ha sido tan complicado ha sido en gran parte por sus acciones. En verano de 2009 el Barça ya se puso en contacto con él para comunicarle su interés, pero ante la negativa de los culés de acercarse a los 50 millones que demandaban los gunners el de Arenys optó por prolongar su contrato dos años más hasta 2014, lo que subía su cotización y ha dado fuerza a Wenger para retener a su estrella durante el pasado verano y buena parte de este. El técnico francés ha hecho lo que tenía que hacer, por lo que le pagan: defender los intereses del Arsenal. Obviamente, ningún equipo regala a sus jugadores estrella (a menos que seas el Barça, que en su historial tiene las ridículas salidas de Eto’o o Rivaldo) y menos después de siete años sin ganar ningún título y con duras críticas sobre el trabajo de Wenger en las últimas fechas. Se ha demonizado al francés por fichar a Cesc del Barça cuando era un juvenil, pero conviene recordar que esta es una práctica habitual, en mayor o menor medida, en todos los equipos grandes, azulgranas inclusive. El centrocampista se marchó del Barça por voluntad propia, y seguramente tomó la decisión correcta, ante la promesa de más oportunidades en un equipo de primer nivel (ha jugado 292 con el Arsenal, 59 de Champions, una cantidad de partidos impensable a estas alturas si se hubiera quedado en el Barça) y, también, más dinero. El padre de Cesc alegó un cambio de residencia a Londres para que su hijo pudiera salir del club sin tener que pagar ninguna compensación al club culé, algo que fue sólo una argucia ya que el chaval acabó viviendo con una familia inglesa junto a su compañero Phillippe Senderos. En los últimos días se venía diciendo que el jugador estaba sufriendo mucho por las complicaciones que surgían en su regreso a casa, sin recordar que tales dificultades eran en gran parte por sus acciones y que el malvado Wenger sólo hacía su trabajo.

Queda por ver como afecta todo esto a su recibimiento en la afición culé, siempre tan especial. Su marcha no sentó bien y su retorno ha sido largo, tedioso y caro (al contrario que otro jugador que se marchó, Piqué, que volvió por la módica cifra de 5 millones), y Cesc ya fue pitado el pasado marzo cuando visitó el Camp Nou para disputar los octavos de final de la Champions League. Todo esto lo único que hace es meter presión a un jugador, que por otro lado ha demostrado soportarla bien, que llega al Barça para ser el timonel de la próxima década. El tiempo ha demostrado que Cesc seguramente hizo lo correcto marchándose a Londres, donde ha crecido sin la sombra de centrocampistas de la talla de Xavi, Deco o Iniesta. Su fichaje es una gran noticia para el Barça, pero basta con un poco de memoria para pinchar la mística creada alrededor de su regreso.

Rectificación: En su presentación como jugador azulgrana Cesc Fàbregas ha desmentido haber renovado con el Arsenal en 2009 como he dicho en esta entrada.  Un error extendido ya que se había publicado en varios medios en las últimas fechas, tanto aquí como Inglaterra. Incluso un periodista de la BBC ha formulado su pregunta asumiendo que renovó en 2009 (“You signed for a five year contract and left after only two…”), al cual Cesc no ha corregido como sí a Joan Poquí de Mundo Deportivo. En todo caso no he encontrado ninguna referencia a tal renovación en las hemerotecas por lo que debo rectificar y disculparme. En todo caso, la idea de fondo no cambia demasiado ya que en 2006 firmó un contrato extraordinariamente largo hasta 2014. Un error ya que le ponía muy difícil poder salir del Arsenal si quería hacerlo en un momento dado, aunque evidentemente no es lo mismo que renovar cuando el club de tus amores se ha interesado por ti.

Cómo ser José Mourinho

Montaje de Karim Sabet

¡Qué inteligente que es! ¡Qué provocador! ¡Que bien se mueve en la rueda de prensa! ¡Cómo da una vuelta de tuerca a las cosas para hacérselas venir bien! ¡Qué maestro que es para atraer la presión hacia él y liberar a los jugadores! ¡Qué habilidad tiene para motivar a sus jugadores! ¡Mama, quiero ser como José Mourinho!

O no. Porque a mi se me caería la cara de vergüenza si mi equipo, en este caso el Porto, llegara a la de Champions League por un piscinazo de Deco ante Jorge Andrade que acabó con la expulsión del central del Deportivo -uno de los mejores centrales en aquel momento- por la que no pudo jugar la vuelta, partido que los de Mourinho ganaron 0-1 y de penalti. Antes, en octavos, el Porto de Mourinho eliminó al Manchester United -único grande que se cruzó en las eliminatorias- gracias a que el linier anuló un gol a Paul Scholes por un fuera de juego inexistente. La siguiente temporada, ya con el Chelsea, Mourinho eliminó al Barça porque Pierluigi Collina (el mismo árbitro que pitó el penalti de César Martín a Deco en las semifinales del año anterior) no vio una escandalosa falta de Ricardo Carvalho sobre Víctor Valdés en el área pequeña -¡donde el portero es intocable!- en el córner en el que Terry sentenció la eliminatoria. ¿Por qué? ¿Será que las mujeres prefieren su look Georgecloonesco antes que las trencitas cumbayás de Frank Rijkaard? Espero poder contestar eso algún día.

También se me caería la cara de vergüenza si mi equipo hubiera superado al Chelsea como lo hizo su Inter el año pasado, cuando el señor Fernández Borbalán se zampó dos penaltis, uno de Walter Samuel a Salomon Kalou y otro de Thiago Motta a Ivanovic. Para rematar el escándalo, en la vuelta el señor Wolfgang Stark decidió sufrir de ceguera súbita y transitora ante dos penaltis más: Motta volvió a tener barra libre para agarrar a Ivanovic y Walter Samuel le dio un cariñoso abrazo del oso a Didier Drogba. El pasillo arbitral al conjunto de Mourinho siguió en semifinales, donde se alinearon Olegario Benquerença, el Eyjafjalla y la UEFA. La negativa de la organización a aplazar el partido por la nube de ceniza proyectada por el volcán islandés obligaron al Barça a marcarse un siempre revitalizante viaje de 15 horas en autobús hasta Milán, recordemos que nueve de cada diez médicos recomiendan un largo viaje por carretera antes de jugar un partido de alto nivel. En Italia se encontraron con un árbitro portugués –amigo de Mourinho- que no quiso ver una falta de Thiago Motta a Messi en la jugada del segundo gol y un doble fuera de juego clarísimo en el tercero. Tampoco un penalti de Sneijder a Dani Alves. El asalto a su ‘segunda Champions limpia’ se completó en el Camp Nou donde el belga Frank De Bleeckere anuló un gol de Bojan–el segundo, que daba el pase a la final al Barça- por unas manos de Touré que todo el mundo vio que eran involuntarias.

Anda, tú. Pues lo mismo ser el puto amo no es tan complicado. Basta con borrar del mapa los argumentos en tu contra, minimizar los aspectos futbolísticos cuando interesa y ensalzar los fallos arbitrales adecuados dejando los no convenientes en el limbo. En el fondo tampoco importa si lo que dices es verdad. Como acabáis de ver, basta con un poco de prostituzione intellettuale.

La madre de todas las eliminatorias

Pocas eliminatorias de Champions League, de las que han sido y de las que serán, se presentan tan intensas como la semifinal entre el Barcelona y el Real Madrid. Porque aunque suene imposible es mucho más que un Madrid-Barça. Infinitamente más que las visiones reduccionistas que lo presentan como un Guardiola-Mourinho o como un Messi-Cristiano Ronaldo. En esta eliminatoria se cruzan el mejor Barça de la historia (para algunos el mejor equipo que ha existido) frente a un Real Madrid fabuloso construido para acabar con el ciclo culé. Los dos mejores equipos del mundo, liderados por los dos mejores entrenadores del mundo, con los dos jugadores más desequilibrantes del mundo. Por si fuera poco, la semifinal es el tercer acto de un tríptico de encuentros entre Liga, Copa y Champions.

Ambos equipos tienen argumentos para afrontar el partido con optimismo. El Barça tiene su fútbol, el Madrid el momento psicológico. En la final de Copa el Real Madrid demostró que puede imponer su fútbol al del Barça, sacar a los culés del encuentro y buscar la yugular –y de paso algún tobillo- de su rival. Mourinho sacó de la chistera un planteamiento que sorprendió a los azulgranas, que parece esperaban a un Madrid atrincherado como en el encuentro de Liga. Con la circulación de balón ahogada por un “trivote” adelantadísimo, los de Guardiola fueron un flan arrollado por el Real Madrid. Únicamente Pinto, el palo y la Virgen del Rocío evitaron que la final estuviera sentenciada al descanso.

Pero el fútbol tiene esas cosas extrañas. Empezó la segunda parte y resultó que alguien le había dado al interruptor. Cruyff decía que si te hacen faltas es porque tú no mueves el balón suficientemente rápido, y el partido quiso darle la razón. Xavi, Iniesta, Messi y Busquets aceleraron el esférico y el planteamiento sabueso del Real Madrid se diluyó. Demostrado que el Barça tiene armas para desligarse los nudos que pueda tejer Mourinho, la segunda parte recordó ligeramente al 5-0 y únicamente Casillas, el palo, un palmo de fuera de juego y la Virgen de Lourdes evitaron que el Barça levantara la Copa del Rey.

Con ambos equipos desfondados, la moneda de la prórroga cayó del lado blanco con una fantástica jugada de Di María que remachó Cristiano Ronaldo para que los blancos se llevaran el primer título del año, tan merecido como lo hubiera sido que se la copa la hubiera levantado Puyol.

El Madrid tiene la tranquilidad de tener ya un título en sus vitrinas, y el Barça sabe que si no hace el tonto tiene muy bien encaminado la Liga –que es más importante que la Copa-. El desenlace de la eliminatoria marcará también el “ganador” del año, especialmente si uno de los dos acaba llevándose la Champions. Uno triunfará y el otro fracasará. Más allá del valor sentimental (que sí, importante) y del ruido mediático (que no tan importante), la valoración futbolística de cada temporada no debería depender de estos dos partidos sino de un análisis más frío, como si la eliminatoria de Champions hubiera sido contra el Manchester y la final de Copa contra el Valencia. El Real Madrid ha logrado una puntuación en Liga que en otras temporadas le hubiera hecho campeón, y el Barça ha perdido la Copa en la prórroga de la final. Pase lo que pase en Europa ambos conjuntos habrán hecho una temporada sensacional y habrán demostrado han trabajado en el camino correcto más allá de actitudes fuera de los terrenos de juego. El fútbol es un juego y perder forma parte de ello, pero si compites al nivel que han competido Barça y Madrid poco se puede reprochar.

Algunos goles llevan a Roma

Artículo originalmente escrito para FCBwiki.com

No era el día. Era la hora desesperada. El reloj lloraba hacia el final de los cuatro minutos de prolongación. El barcelonismo ya se resignaba a una temporada magnífica pero sin el premio más deseado. La goleada endosada al Real Madrid en su estadio cuatro días antes no era ya tan dulce, incluso el Athletic de Bilbao parecía un rival durísimo para la final de Copa del Rey que se tenía que disputar una semana después. En ese momento Iniesta recuperó el esférico cerca del área culé y trató de salir de la cueva, pero Lampard cortó su progresión tirándose al suelo. El balón rechazado le cayó a Keita, jugando de improvisado lateral izquierdo tras la expulsión de Abidal. El malí la cedió a Piqué y Piqué a Xavi, que abrió el juego a la banda derecha a un Dani Alves que no había dado un buen centro en todo el partido.

Las cosas no empezaron bien ya en el partido de ida. El 28 de abril en el Camp Nou los azulgrana fueron incapaces de superar al Chelsea. Con una línea defensiva adelantada, con Obi Mikel tapando a Xavi, Ballack sobre Iniesta y con Bosingwa encargado de frenar a Messi, los de Hiddink consiguieron tornar el grácil juego habitual del club catalán en una danza incómoda y pringosa, aunque aquel día el criticadísimo Petr Cech volvió a recordar al porterazo que era antes de fracturarse el cráneo y Wolfgang Stark optó por no señalar un agarrón de Bosingwa a Henry dentro del área en el minuto 73 de partido. Ante un Barça descafeinado Drogba y Malouda causaban muchos problemas a la defensa local. El marfileño dispuso de la ocasión más clara del partido en el minuto 38 tras aprovechar un gravísimo error de Rafa Márquez, pero Víctor Valdés detuvo el cañonazo inicial y el sutil toque con el que Drogba trató de superarle después, levantándose rápidamente para taponar el segundo remate. No había sido el mejor partido culé y el 0-0 tampoco parecía el mejor resultado para visitar Stamford Bridge.

Era el 6 de mayo de 2009 cuando el sueño del triplete se rompía, apenas unos días después de vapulear al Real Madrid en un partido histórico. Pasaban dos minutos del descuento y el Barça todavía no había chutado ni una sola vez a puerta. Alves corrió la banda y soltó un centro como había soltado muchos a lo largo del encuentro, pero esta vez hubo algo diferente: el centro era bueno. Terry despejó en primera instancia y el balón le cayó a Eto’o, de espaldas a la portería y escorado a la izquierda del área.

El Barça no llegaba en condiciones ideales a la vuelta de aquellas semifinales, todavía colocado por lo vivido frente al Real Madrid y con bajas notables: Márquez había caído lesionado en el partido de ida y Henry en el clásico. Además, el gran capitán Puyol estaba sancionado. Ante las circunstancias, Guardiola se vio obligado a reorganizar al equipo con Yaya Touré de central, Keita de volante junto a Xavi e Iniesta de extremo izquierdo. Los culés iniciaron el partido controlando el balón y moviéndolo con más fluidez que en el Camp Nou, sin embargo el golazo de Essien, que envió el balón a la escuadra con una volea casi zidaniana, rompió al conjunto catalán. Ante un rival descolocado, los bluespudieron haber sentenciado antes del descanso. El árbitro, Tom Henning Ovrebo, no pitó un penalti de Abidal a Drogba y señaló fuera del área una falta de Alves a Malouda que también podía haber pitado dentro. Además Drogba se encontró dos veces más con un enorme Valdés que fue el gran héroe olvidado de esa eliminatoria. Sin sus paradas todo lo que estaba por venir no hubiera valido para nada.

El descanso trajo serenidad a los azulgrana, que movieron el balón con más criterio que en la primera parte pero con idéntico resultado: chocaban continuamente con una muralla azul. Si la remontada parecía difícil, más lo era tras la injusta roja directa a Eric Abidal. Además los ingleses reclamaron dos penaltis más de Touré, uno sobre Drogba y otro sobre Anelka, que no eran, como tampoco unas manos involuntarias de Piqué dentro del área. El Barça lo intentaba pero el Chelsea tapaba cada espacio con maestría una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Eto’o trató de controlar la pelota, pero se le escapó. Essien falló estrepitosamente al intentar achicar y lo que despejó fue el aire. El balón llegó a Messi cerca de la esquina izquierda del área, se giró y parecía que buscaba posición de disparo. Hasta tres jugadores del Chelsea –Essien, Alex y Bosingwa-  salieron a taparle, pero el argentino fue inteligente, no se precipito y en vez de chutar por donde no había hueco cedió la pelota hacia la frontal del área donde, totalmente solo, esperaba esa criatura con estrella nacida en Fuentealbilla. Entonces, explosión.

El sueño que se resquebrajaba volvió a tener forma. Iniesta se transformó en Bakero, vistiendo Londres de Kaiserslautern y devolvió la vida a un muerto. Se pueden marcar goles más importantes pero no más épicos. Todo volvía a tener sentido, incluso la final de Copa del Rey frente al Bilbao parecía un reto fácilmente superable. Roma estaba ahí, esperaba el Manchester United de Cristiano Ronaldo, vigente campeón, pero en aquel momento todo parecía fácil para un Barça que había demostrado que podía atravesar los siete infiernos y salir vivo con una sonrisa.

En aquellos 365 días el Barça de Guardiola superó sus grandes mitos: En el Bernabéu, Gerard Pique ‘mató’ el 0-5 del Barça de Cruyff mientras mostraba la zamarra azulgrana al público tras marcar el sexto gol; Eto’o y Messi mejoraron con sus goles las finales agónicas de Londres y París con una victoria incontestable ante un gigante europeo; la aparición de un tal Pedro Rodríguez hizo posible el nacimiento del Barça de las Seis Copas, sobrepasando al equipo liderado por el mítico László Kubala que en la década de los cincuenta logró cinco. Pero por encima de todas las imágenes que generó el 2009, y especialmente el mágico mes de mayo en que se ganaron Copa, Liga y Champions, una simbolizará su éxito por encima de las demás. Una estampa extraña para un equipo cerebral y armónico acostumbrado a dominar claramente los partidos, una fotografía llena de rabia y fustración liberada tomada en uno de los pocos encuentros del año –tal vez el único- en el mejor equipo del mundo no mereció salir vencedor, aunque sí mereció ganarlo todo: la imagen de Iniesta corriendo hacia el córner de Stamford Bridge mientras se quitaba la camiseta amarilla celebrando con locura su gol. Al final, aquél sí fue el día.

El Barça mató el vodevil

Este artículo fue escrito originalmente para el blog de FCBWiki

El Barça no guarda buen recuerdo de las últimas excursiones improvisadas en autobús. La última acabó por ahogar a los jugadores azulgranas pasada apenas media hora de partido frente al Inter de Milán precipitando una catástrofe que acabó con sus huesos fuera de la Champions, por lo tanto es lógico que Guardiola tratara de evitar un viaje de cuatro o cinco horas por tren o carretera el mismo día de partido. También es admirable la confianza que deposita en el míster la estructura del club, sin embargo esta vez lo ha llevado al borde del abismo ya que a punto ha estado de costar seis puntos al equipo, los tres del encuentro y otros tres a modo de sanción.

El de Sampedor tiene la costumbre de desplazar al equipo el mismo día de partido y morirá con esta idea, sin embargo le ha faltado cintura tras el terremoto causado por la lamentable y salvaje acción de los controladores aéreos que han pretendido paralizar un país para dar bombo a sus reclamaciones. España es España y por muchos Mundiales o Eurocopas que gane, por muchos Nadals o Alonsos que salgan, sigue siendo España, es decir un país de sol y panderetas. Aun tomando como cierta la versión del club, que afirma que AENA le aseguró que a lo largo de la mañana del sábado se abriría el espacio aéreo… ¿quién en su sano juicio cree algo que le dice alguien desde la empresa gestora de los aeropuertos? Cualquier guía de ‘supervivencia en España’ dice que no tienes que creer jamás nada de lo que te dicen desde AENA, Iberia o Telefónica, y mucho menos darles de comer después de las 12. ¿Alguien más ha creído que el pollo aeronáutico de dimensiones cósmicas que se organizó en España el viernes podía solucionarse en menos de 24 horas? No. Atlético de Madrid y Valencia , por poner un ejemplo, ya viajaron por carretera el viernes y el Sporting lo hizo el sábado hasta Barcelona. Si bien es cierto que todos estos equipos tenían previsto viajar un día antes de sus encuentros, mientras el Barça se entretenía preguntando ellos tomaban decisiones y han llegado a tiempo para jugar sus partidos sin autobuses con óxido nitroso ni shows esperpénticos como el protagonizado por el, para muchos, mejor equipo del mundo. Aunque a veces no lo parezca, en el organigrama culé hay gente que está por encima de Josep Guardiola. Personas, como por ejemplo el director general del club Antoni Rossich, cuyo trabajo es analizar las circunstancias y tomar las decisiones más adecuadas. En este caso, lo acertado era haber salido de Barcelona en tren o en autocar por la mañana. Todos los clubs de primera se han dado cuenta a tiempo que no habría aviones, menos el Barça. Para lo bueno y para lo malo més que un club.

Por si el Barça no había sido ya atropellado por los amables controladores, la Real Federación Española de Fútbol decidió colaborar en la opereta con un papel estelar, que estos no se pierden una. Jorge Pérez, el Secretario General, confirmó a Rac1 que la idea de aplazar el partido al domingo surgió de ellos, incluso aseguró que el Barça no estaba de acuerdo con esa fecha por el partido (intrascendente, por cierto) de Champions League que tiene que disputar el martes contra el Rubin Kazán. El Barça ha pecado de inocente, no se ha puesto en contacto con Osasuna para confirmar la suspensión del encuentro y ha dado por buena una simple conversación telefónica con alguien que en realidad no tenía potestad para tomar esa decisión. Los jugadores vuelven a sus casas y empiezan a sonar los tambores de guerra mediáticos, se monta un nuevo sarao que ni los controladores aéreos y Mourinho juntos. El club rojillo se  niega a cambiar el día del partido y la RFEF da marcha atrás. El partido se juega. Todos a correr. A Pamplona con una estrategia de una sola parada y por poco no nos dejamos a Pedrito en la estación. Reventamos todos los radares desde Zaragoza a la capital navarra y llegamos justo a tiempo para dar munición a todos los que afirman que el partido se debía dar por perdido al Barça. Y es que, reglamento en mano, así es.

Este sainete que habrían firmado Berlanga y Azcona era el escenario ideal para un nuevo exitazo del gabinete de incomunicación del club. Ante la lluvia de palos el club no dio señales de vida hasta casi las siete de la tarde, a través de un pírrico comunicado de prensa en el que se ponía en marcha el ventilador y se repartían las culpas a AENA y a la RFEF, que conspiraron cual judíos y masones para engañar al Barça. Nadie salió a dar una explicación. Sandro Rosell, en su búnker; Bartomeu, desaparecido; Zubizarreta, echó balones fuera. Sólo Guardiola, para variar, dio la cara. El tótem se puso una vez más a cargo de la política de comunicación del club. A la defensiva primero y a la ofensiva después, con un tono y unos argumentos discutibles pero con una retórica perfecta, desmintió las informaciones de Indas y Relaños que apuntaban a que el malvado Pep había presionado a la Federación. Eso sí, todo culpa de los demás.

Pero ya es tarde y la imagen del equipo de señoritos pijos que no quieren coger un tren o un autobús ya está dada. Deberían pedirse responsabilidades por el rocambolesco ridículo y por el riesgo corrido ¿y si el Barça no hubiera llegado a tiempo y en mayo pierde la Liga por dos puntos? Pero no se pueden esperar más explicaciones por parte de una junta directiva que se pasa de tibia, tal vez por compensar el exceso de locuacidad de la anterior. Superados los calzoncillos de Laporta y su loro, Rosell ha protagonizado la primera charlotada de su mandato. Visto lo visto, para salvar la imagen del club habrá que aferrarse al fútbol, a ese equipo que siempre da la cara hasta el último minuto gane o pierda, con controladores aéreos o volcanes islandeses de nombre irreproducible. Guardiola no durará mucho más pero su Barça será eterno, y eso quedará por encima del vodevil de quienes dirigen el club.

Mourinho cogió su fusil

Lo consiguió. Que a nadie le quepa la menor duda de que José Mourinho llevaba esperando esto desde el minuto cero en que aterrizó en Madrid. Provocando poco a poco, como una gota malaya, esperaba con ansia que alguien cayera en su trampa, explotara y provocara un efecto dominó. Manolo Preciado abrió el fuego respondiendo a las declaraciones del portugués, y Pochettino, Garrido y otros entrenadores de primera se han posicionado a favor del entrenador sportingista. Otros como Camacho y Michel no se han mojado y Guardiola no ha querido hablar al respecto, pero todavía se espera a que alguien se alinee con el luso, que tiene exactamente el escenario que quería.

No hay otro entrenador en el mundo que domine la sala de prensa como el entrenador merengue, ni siquiera Guardiola. A lo largo de su trayectoria ha sabido usarla para enrarecer el clima de las competiciones para imprimirles un ambiente adrenalínico en el que sabe motivar como nadie a sus jugadores. Ya lo hizo en Inglaterra y en Italia, donde sostuvo intensos tiroteos con Ferguson, Wenger, BenitezRanieri o Spalletti, incluso fue multado en Italia varias veces. Mourinho crea una atmósfera en la que el universo y todos sus elementos están contra él y su plantilla y la usa para azuzar a sus jugadores.

El fin justifica los medios. Hay que ganar aunque para ello se tenga que recurrir a las estrategias más sucias y antideportivas -canallas, que dirían algunos- como calentar un partido a extremos peligrosos. La necesidad de títulos del Real Madrid llega a tales límites que aceptan que un entrenador recién llegado al club dinamite el archifamoso ‘señorío’ cada vez que le ponen delante un micrófono. Mourinho siempre ha entrenado en con urgencias por ganar y ha sacado provecho de la carta blanca recibida. El Porto llevaba cinco años sin ganar una Liga, el Chelsea llevaba 50, el Inter  no ganaba una Champions desde 1965 y llega al Madrid tras seis temporadas sin pasar de octavos en Europa y tras haber gastado cerca de 300 millones en fichajes con la resaca del triplete culé. Queda por ver cómo se las arreglaría el portugués en un club en el que no le permitieran este juego, pero de momento parece que está empezando a salirse con la suya en la Liga española. Para su desgracia, por ahora el que no parece caer en su trampa es precisamente su máximo rival, Pep Guardiola. El de Sampedor ha evitado sabiamente responder a las provocaciones de un Mourinho que espera con ansia que le de los buenos días para montar un incendio. El entrenador culé es una persona de sangre caliente  –por algo es el jugador que más veces ha sido expulsado de la historia del Barça-, pero también es tremendamente inteligente y parece que es el único que no tiene intención de entrar al trapo. Y no debe, porque en el duelo dialéctico Mourinho es imbatible, sin embargo en el terreno de juego el Barça tiene los recursos suficientes para silenciar, a golpe de violín, los cañonazos del portugués.

Por la ventana y en toda la boca

Tras la sesión clasificatoria del GP de Abu Dhabi parecía claro que Fernando Alonso se proclamaría tricampeón del mundo. Por delante de Webber, su gran rival, y en una posición que le permitiría controlar a Vettel sin demasiados problemas. Sin embargo al asturiano todo le ha salido al revés. Ferrari ha optado por copiar la estrategia de Webber y se ha olvidado de que Vettel también optaba al Mundial, ha salido de boxes retrasadísimo y luego ha sido incapaz de poder adelantar a Vitali Petrov en las 39 vueltas que se ha pasado tras la estela del Renault, ni de lejos el coche más competitivo de la parrilla. En el momento más decisivo, la ‘magia’ que se le presupone Alonso no ha llegado ni a treta de un prestidigitador de feria barata. Frustrado, incapaz de remediar en pista el error garrafal de Stefano Domenicali y Andrea Stella (que a nadie le extrañe ver rodar algunas cabezas los próximos días), Alonso ha visto como volaba por la ventana un campeonato que ayer parecía tener en el bolsillo.

Con todo, pese a la triste imagen final, Alonso y Ferrari han mostrado un gran nivel este año. Conviene recordar que Schumacher en su primer año en Ferrari fue tercero a 38 puntos de Damon Hill (puntuaban los seis primeros y el ganador de cada GP sumaba 10 puntos) y no luchó por el Campeonato hasta la última carrera como el español. Además, con un coche inferior al Red Bull, ha ido de menos a más y tras un inicio irregular ha firmado una segunda parte de campaña tremendamente espectacular.

Mención aparte merecen Sebastian Vettel, Christian Horner y el equipo Red Bull en general. Ya el año pasado parecían los únicos capaces de hacer algo de sombra a los sorprendentes Brawn, y este año tenían sin duda el mejor coche y sus pilotos en gran forma. Tras un inicio dubitativo de Webber y en la que fallos mecánicos privaron a Vettel de ganar las dos primeras victorias del campeonato, su fortaleza ha hecho que fueran la única escudería con sus dos pilotos con opciones de ganar el Mundial en la última carrera. La tormenta de criticas por no decantarse por Webber, mejor posicionado hasta el último momento, ha sido algo nunca visto. Sin embargo los hechos han dado en toda la boca a los que creían (creíamos) saber mejor que Horner cual era la estrategia más conveniente para su equipo. Con la colaboración de Ferrari –Alonso incluído- se han salido con la suya y Sebastian Vettel, niño mimado del equipo, es hoy el Campeón del Mundo más joven de la historia. Como Kimi Räikkönen en en 2007, llegó a Abu Dhabi a la expectativa y se lleva a casa un sueño que el viernes rozaba lo imposible. A pesar de algunos errores graves, como cuando arrolló a su compañero de equipo en Estambul, y una cierta irregularidad a mitad de campeonato, ha sabido resurgir en el tramo final, ganando tres de las últimas cuatro carreras. Y si no fuera por aquellos malditos frenos de las dos primeras carreras, Vettel hubiera sido campeón en Brasil.