El camino más difícil, el camino más plácido

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Cuando el Barça ganó su primera Champions en 1992, yo tenía siete años. No puedo decir que lo recuerde con gran claridad, pero basta con una mirada rápida al gol de Koeman para darse cuenta de lo que se sufrió para ganar aquel torneo. 111 minutos de partido tardó el Barça en adelantarse en el marcador, con la sombra de los penaltis (y la de Duckadam) en el cogote, con las paradas de Zubizarreta ante Lombardo y Vialli o el balón al palo de Stoichkov. En octavos, Bakero salvó al equipo con un gol en el último minuto tras quince minutos eliminados.

El sufrimiento de 2006 lo recuerdo bastante mejor. Tras eliminar al Chelsea en octavos, el barcelonismo se las prometía muy felices contra un Benfica en principio muy inferior, pero el 0-0 en la ida y un penalti que Moretto detuvo a Ronaldinho en el minuto 4 de la vuelta tornó el cruce en venenoso. Ronaldinho marcó cerca del minuto 20, pero un solo gol de los portugueses acabaría de un plumazo con el camino a París, y Simao y Karagounis nos pusieron el miedo en el cuerpo. Hasta el gol de Eto’o en el 88, a pase de quien acabaría siendo el héroe de aquella Champions, los espasmos no cesaron en los esfínteres culés.

A pesar del golazo de Giuly en San Siro, la vuelta de las semis contra el Milan no fue precisamente un camino de rosas, y cada vez que Shevchenko rondaba el área de Valdés, y si no sufrimos más fue únicamente porque el señor Alain Sars anuló un gol al ucraniano por una más que dudosa falta sobre Puyol. Y de la final de París no hace falta hablar mucho, Victor Valdés amargó la noche a Henry y el Barça se vio obligado a remontar bajo la lluvia el gol del Arsenal, un partido tan sufrido que Juliano Haus Belletti se echó a llorar cuando su remate se escurrió entre las piernas de Almunia.

iniesta

2009 será siempre recordado como el año del triplete, el año que vio nacer al mejor equipo de la historia del club y tal vez del fútbol: el Barça de Guardiola. Es también el año del Iniestazo de Stamford Bridge. Todo lo que ha logrado el Barça en los últimos años cuelga de ese gol: las tres ligas, el 5-0, el baño al Santos jugando sin delanteros, el regreso a Wembley… todo llega a raíz de ese rabioso gol de un equipo que siempre se caracterizó por su juego sereno, un gol que clasificaba al equipo para la final tras casi una hora viéndose en la calle. Ese gol resume lo que tiene que sufrir un equipo para ganar un torneo como la Champions y eclipsa otros grandes momentos de sufrimiento en el camino a Roma, como aquella primera media hora contra el Olympique de Lyon en la que podías haber encajado tres o cuatro goles. Un gol de Henry arregló el marcador y luego los de Guardiola aplastaron a los franceses por 5-2 y mucha gente parece haber olvidado que Benzema pudo haber sido leyenda negra del barcelonismo antes de llegar al Real Madrid.

El cruce contra el Madrid de Mourinho en 2011 quedó muy bien encarado tras los dos goles de Messi en el Bernabéu, pero eso no acabó con el sufrimiento, y el gol de Marcelo en el minuto 64 de la vuelta inquietó mucho mas de lo que se podía esperar. Pero aquel año, para sufrimiento, el de octavos tras perder 2-1 en el Emirates frente al Arsenal. El Barça remontó en el Camp Nou, pero con 3-1 en el marcador un mal pase atrás de Adriano estuvo a punto de ser enganchado por Bendtner y solo un cruce milagroso de Javier Mascherano evitó el gol que muy posiblemente hubiera eliminado al Barça.

No se gana una Champions sin sufrir, y si no que se lo pregunten al Madrid o al Bayern en los últimos dos años. ¿O si? Este año el Barça de Luis Enrique ha tenido uno de los caminos más complicados en las eliminatorias. En cada sorteo nos tocaba la más fea del baile o en el mejor de los casos un orco de tomo y lomo. Cuando se celebró el sorteo de octavos, el Barça parecía un equipo sin rumbo claro que había perdido prácticamente todos los partidos complicados que había jugado, contra el Real Madrid y contra el PSG en París. A priori el campeón inglés podía parecer favorito, pero la eliminatoria no tuvo gran historia y el Barça ganó ambos partidos con autoridad. Lo mismo ocurrió contra en cuartos de final contra un multimillonario Paris Saint Germain que venía de eliminar al Chelsea, para muchos el favorito de la competición, pero el 1-3 del Parque de los Príncipes lo dejó todo visto para sentencia.

Lo más parecido a minutos de sufrimiento tuvo lugar el pasado martes ante el Bayern de Munich. Los equipos alemanes son como Alien o como Terminator, da igual cuantas balas les hayas metido que se resisten a morir. El contundente 3-0 del Camp Nou hubiera dejado cualquier eliminatoria liquidada, pero el gol de Benatia y el posterior arreón de los de Guardiola inquietaron. Inquietaron todo lo que puede inquietar cuando el rival necesita meterte dos goles más para empatar y con un gol tuyo necesitan cinco. Y además, si tienes a Messi en el campo con Suárez y Neymar pasan cosas, y la cosa que pasó fue que, ante el posible sufrimiento metieron dos balas mas en la bestia germana y se acabó la tontería.

Fueron ocho minutos en los que la búsqueda “pañales para adultos” se disparó en Google -sí, somos culés, nos han hecho así- pero nada que ver con el sufrimiento de Stamford Bridge, Paris o Kaiserlautern. De todos los Barças de los últimos años este es es más discutido de todos, al que más le ha costado encontrar una senda -tocamos fondo en Anoeta en enero, apenas un mes antes de atropellar al City-. De todas las veces que los azulgrana han alcanzado la final de la Champions League en los últimos años esta ha sido la vez que más rocas se ha encontrado en el camino. Siempre tienes que jugar contra rivales complicados, esa es la gracia de esta competición, pero normalmente tienes algún cruce que te permite respirar contra un Sporting de Lisboa, un Glasgow Rangers o un Schalke 04, rivales que pueden obligarte a competir pero que son claramente inferiores. Esta vez no ha tocado ni uno, todos los rivales eran de los que teóricamente te obligan a ir al 100% y aun así pueden eliminarte.

Y este Barça ha sufrido menos contra todos ellos juntos que contra el Benfica en 2006. Es precisamente en la final cuando nos encontraremos al que es sobre el papel el rival más asequible. Cuatro ligas consecutivas y la eliminación del Real Madrid atestiguan que no será un rival que venda su piel fácil, pero sin duda muchos hubieran elegido al equipo italiano antes que el Manchester City, PSG o Bayern de Munich en cualquiera de los anteriores sorteos.

No se puede ganar una Champions sin sufrir, dicen. Lo que no está claro es si el sufrimiento en los sorteos cuenta o si hay un futbolista argentino empeñado en demostrar que sí, que se puede ganar una Champions con la punta de la pirula fuera.

 

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Una noche de furia

BjcePf1CAAAfnU7.png-largeTodo estaba listo para una gran noche para el madridismo. Los astros parecían alineados para, al fin, clavar el último clavo en el ataúd de ese ciclo. Ese maldito ciclo azulgrana que se niega a expirar el último aliento. Enfermo crónico desde la última temporada de Guardiola y apuñalado mortalmente por el Bayern, el equipo siempre se levanta para una última pelea, casi como el Caballero Negro de Los Caballeros de la Mesa Cuadrada, sin brazos y sin piernas pero siempre dispuesto a dar un mordisco. El triunfo del Barça en el Bernabéu quizá no hable tanto de quién es este equipo -capaz de perder en Valladolid y San Sebastián sin dar la más mínima señal de poder luchar ni por el empate- sino de quién ha sido. Porque serán las ruinas de algo antaño magnífico, pero los rescoldos del quizá mejor equipo de la historia todavía queman si tratas de meterles mano, y el Real Madrid acabó ardiendo en su propia fiesta.

El madridismo subestimo al Barça y el Madrid se sobreestimó a si mismo, y no hace falta citar a Tsun Zu para dejar claro lo fatal que puede ser esa combinación.  No es la primera vez que vemos esta historia en los últimos años, de hecho las dos mayores tundas del Barça al Madrid han llegado cuando más convencido estaba el ambiente merengue de la victoria. El 2-6 llegó después de que los blancos ganasen todos sus partidos, excepto un empate ante el Atlético, durante una vuelta completa. Dos temporadas después, el famoso ‘once de la alegría’ llegó líder al Camp Nou y se volvió a Madrid con cinco golitos en la mochila. Esta vez había una diferencia, y es que no sólo el madridismo estaba convencido de la victoria blanca, sino también buena parte de la afición culé. El Barça demostró ante el Manchester City que aun es capaz de hacer frente a los mejores equipos, es más, se les da mejor una cita al límite que un partido teóricamente asequible. Pero los Citizen, equipazo como son, mostraron ante el Barça una actitud miedosa propia de un club que no está acostumbrado a citas de tanta altura. Tardaron partido y medio en decidirse a tratar de hacer algo y para entonces ya estaba todo decidido. El Madrid no iba a darte tantas concesiones, se suponía.

El partido resultó precioso para el espectador, pero estuvo bastante mal jugado por ambos conjuntos. Más que equipos, eran once tíos con camisetas iguales que, de tanto en tanto, hacían cosas juntos. El flanco derecho culé era una calamidad: Neymar trataba de ayudar en defensa y en ataque pero no hacía absulutamente nada bien, Xavi -últimamente más destacado por su la crítica botánica que por su fútbol- no tapaba a Di María que hacía lo que quería con el de Terrassa y con Alves. Suerte tuvieron los azulgranas que Cristiano parecía haberse quedado en casa abrazado al Balón de Oro o la sangría que se organizó alrededor del minuto 20 pudo ser final. Pero más grande aún era el agujero negro en el centro del campo blanco. Di María brillaba al arrimarse a la izquierda, pero más allá del argentino, Xabi Alonso y Modric corrían como pollos sin cabeza al son de lo que querían Messi e Iniesta. La última vez que Leo recibió tantas pelotas con tanto espacio para moverse aún no tenía ni un Balón de Oro y el Madrid encajó seis goles. Hasta tres goles pudo haber marcado cómodamente el Barça antes del minuto 20 viviendo exclusivamente de balones filtrados del argentino. Messi falló una ocasión clarísima, otra la desbarató Neymar. Sólo la ocasión de Iniesta fue dentro, un gol que define la rareza del partido: un violento zurdazo de un diestro sutil, goleador tan poco habitual como definitivo.

En el naufragio táctico de ambos equipos, acabó imponiéndose el que tenía las vías de agua más pequeñas y los dos jugadores más brillantes sobre el césped, eso sí, con el pequeño empujón de un error arbitral en la fase decisiva. Messi e Iniesta fueron tan eternos que hicieron que Cristiano Ronaldo y Modric pareciesen simples modas.  Ambos jugadores llegan al tramo decisivo de la temporada en un momento extraordinario, lo que permite al Barcelona ser capaz de derrotar a cualquier equipo que se le ponga por delante. Lo malo es que con sólo dos jugadores es casi imposible ganar una liga, el mismo equipo que se impuso en el Bernabéu y en el Etihad Stadium puede perfectamente salir derrotado de un enfrentamiento contra el Granada o el Elche. El Barça debe reorganizarse alrededor de la victoria ante el Madrid, debe dar razón a los jugadores para correr ante los pequeños y confianza ante los grandes: los tres títulos son posibles, pero hay que trabajar duro. Tampoco no se puede olvidar que ahora mismo el azulgrana es un barco sin nadie al timón, sin liderazgo en el vestuario, en el banquillo y con unos kamikazes en la directiva, un barco que vive aferrado al extraordinario talento de sus futbolistas, un proyecto funámbulo que se puede ir a pique al primer error. Ocurra lo que ocurra a final de temporada el club debe renovarse a fondo.

El Real Madrid sigue siendo favorito a ganar la Liga si no se deja paralizar por el terror, tiene un punto de ventaja sobre el Barça y tiene un calendario más asequible que el Atlético,  además de un cruce en Champions que debería superar sin problemas si no se deja atacar por fantasmas del pasado. Cierto es que su candidatura a la Champions queda emborronada por su pobre bagaje hasta ahora ante los grandes, pero sigue siendo un rival enorme, especialmente ahora que será más consciente de sus propias limitaciones. Exactamente lo contrario que el Barça, que haría muy bien de no engorilarse. Claro que con Messi e Iniesta en plan Gandalf cualquiera les dice nada.

El Barça y sus interrogantes

Ya está aquí el momento que todo culé sabía que llegaría pero en el que nadie quería pensar. El Barça saldrá a competir un título sin la estrella que durante los últimos cuatro años ha guiado no sólo al primer equipo de fútbol, sino al club entero. Cuatro años en los que Guardiola no sólo se ocupó de dirigir a uno de los mejores equipos de la historia, también a apagar los fuegos generados por las bravuconadas de Laporta y los palos de ciego de Rosell. Sólo Dios, si existe, sabe cómo evolucionará sin su superlíder un club que lleva la fractura en su genética como si fuese el fútbol de posición. Puede que el Guardiolismo haya servido para que la afición azulgrana madure, pero como en cualquier club de fútbol la estabilidad a corto plazo depende de los resultados. No cabe duda de que la apuesta de Tito Vilanova es la continuidad absoluta, como es lógico, pero esta misma apuesta por la continuidad absoluta encierra una serie de interrogantes que marcarán los resultados como ya ocurrió el año pasado.

El más importante es el nivel que ofrecerá Xavi. Con 32 años y con problemas en el tendón de Aquiles, el equipo nota muchísimo cuando el de Terrassa baja el nivel (también la selección Española, no es casualidad que el mejor partido de la Eurocopa coincidiese con el mejor del centrocampista azulgrana). ¿Cómo gestionar que tu timón ya no pueda disputar 50 partidos por temporada al máximo nivel? Esta pregunta se superpone con otra, que es cómo acabará de encajar Cesc en el equipo. El año pasado comenzó la temporada como un avión y acabó diluyéndose después de Navidad, cuando la posición de interior le obligó a controlar su tendencia al desorden y él mismo reconoce que acabó por bloquearse. Por experiencia y posición el ex-Gunner debería ser el reemplazo natural de Xavi, a pesar de ser un jugador totalmente distinto.

Otro gran interrogante está en la línea delantera. La escalofriante cifra goleadora de Leo Messi ocultó el año pasado ciertas carencias del equipo y es que en momentos clave, si falla La Pulga, al Barça le falta gol. Este defecto es consecuencia directa de la grave lesión de Villa y la irregularidad de Pedro, jugadores que en condiciones normales te garantizan entre 20 y 25 goles por temporada cada uno. Entre los dos marcaron el pasado curso 24 goles, lo que quiere decir que en el tramo crucial de la competición al Barça le faltaron cerca de 20 goles que Messi estuvo a punto de compensar él solito, pero se quedó a un palmo de conseguirlo. Teniendo en cuenta que Alexis Sánchez nunca ha sido un goleador (el año pasado con 15 goles fue su mejor temporada en este aspecto) habrá que ver si Pedro es capaz de volver a su nivel habitual y cómo evoluciona Villa con 30 años y cerca de 9 meses sin jugar. Tito Vilanova y Andoni Zubizarreta parecen tener muy claro este punto, ya que en ningún momento han parecido interesados en buscar un delantero, siempre con la carta Neymar bajo la manga (otro interrogante en si mismo).

Y en defensa, dos nombres propios, Piqué y Puyol. El gran capitán es un portento de la naturaleza, sin embargo con 34 años tiene una edad en la que la mayoría de los jugadores empiezan a cambiar el fútbol por la petanca y deberá dosificarse. El problema de Piqué es otro. Cuando quiere, es el mejor central del mundo. Seguro en defensa, exquisito con el balón y con una capacidad para tirar del carro cuando las cosas van mal pocas veces vista en un central. Los últimos meses, pero, ha parecido que el “cuando quiere” es un condicional demasiado pesado para él y cuando jugó entre lesión y lesión lo hizo disperso y despistado. Es cierto que en la Eurocopa rindió a un buen nivel, pero su carácter hace difícil ver si es una reacción pasajera o permanente. Su capacidad para sacar el balón controlado desde atrás fue vital en los éxitos del equipo. Otra gran duda es Abidal. El francés aseguró que cree que podría volver a los terrenos de juego en diciembre, pero con 32 años y un trasplante la duda no es si podrá rendir al extraordinario nivel que rendía antes de su enfermedad, es si realmente podrá jugar en la élite. Su sustituto es, además, un lateral de características opuestas. Si Abidal era la pieza defensiva que permitía compensar las continuas incorporaciones de Dani Alves, Jordi Alba es tan ofensivo como el brasileño, por lo que habrá que redefinir los automatismos defensivos del equipo.

En frente, el Real Madrid de José Mourinho es un rival formidable, con la moral por las nubes tras ganar la Liga y a su vez espoleados por la espina clavada de haber caído eliminados en semifinales de Champions por penaltis. El conjunto blanco son claros favoritos en Liga y en Champions, por lo que recuperar el trono de campeón será un reto gigantesco para los culés. Pero hay ciertos jugadores a los que los retos gigantescos les encantan.

Una estrella en el pecho y amnesia en la cabeza

Hace sólo cuatro años, antes de la Eurocopa de Austria y Suiza, los españoles se dividían entre aquellos a los que se les hacía el culo gaseosa porque la selección lograra pasar de los malditos cuartos de final y aquellos que veían los partidos con palomitas para ver con qué nuevo azote se encontraba esta vez el combinado español. Conviene no olvidar que de esto hace sólo cuatro años. Hasta que Cesc metió el penalti que eliminó a Italia, España era un equipo perdedor. Sus imágenes más conocidas en grandes torneos eran Luis Enrique reclamando penalti con la nariz rota ante Sándor Puhl, Zubizarreta empujando un balón a su propia red ante Nigeria, el fallo de Cardeñosa, la cantada de Arconada, el penalti a las nubes de Raúl ante Francia… pocas de ellas de júbilo y alegria.

Y sin embargo, tras el partido ante Croacia, la edición digital de Marca lucía el titular “Sufrimos como nunca y ganamos como siempre”. España puede dar gracias a los dioses por tener en su plantilla jugadores no sólo futbolísticamente extraordinarios sino también personas con la cabeza sobre los hombros como Casillas, Iniesta, Xavi o Xabi Alonso, o el entorno patriotero de pandereta y fachicasposillo podría haber devorado una selección fabulosa. ¿Qué hubiera sido del equipo con este ambiente si en sus filas hubiera tendido ególatras como Balotelli, Eto’o o Cristiano Ronaldo?

España ganó la Eurocopa de 2008 de manera brillante, con una exhibiciones en las que se atropelló dos veces a Rusia, y actuaciones excepcionales ante Italia y Alemania pero con marcadores bastante más ajustadas. En la memoria, del Mundial queda el partidazo ante Alemania y el gol de Iniesta en la final, sin embargo parece que se ha olvidado que la selección de Del Bosque llegó a la semifinales a trancas y barrancas, jugándose el pase a octavos en el último partido y rozando el desastre ante Paraguay.

Y sin embargo en las horas previas al estreno de España en esta Eurocopa parecía que todo lo que no fuese descuartizar a Italia en el debut era un fracaso. Todo porque en el pecho de la camiseta española hay bordada una estrella, y olvidando que la azzurra hay ni más ni menos que cuatro. Pues resulta que se empató a uno y la nunguneada Italia dominó buena parte del encuentro.

Y como el fútbol es así de cachondo, 21 días después España vuelve a toparse con Italia en la final de Kiev. Como en el Mundial de Sudáfrica, la selección española ha llegado a la final sin excesiva lucidez, pero en este caso se suma a la ecuación el sesgado debate del falso nueve en el que se reduce el origen de los problemas de juego a la punta de ataque sin tener en cuenta que el doble pivote del centro del campo atasca alarmantemente la salida de balón. Además, se suma el preocupante estado físico de Xavi Hernández al que le está costando demasiado aparecer en los partidos de manera continuada. Italia ha llegado a la final de la manera que nos tiene acostumbrados. Llegó al torneo con un escándalo por amaño de partidos en su liga, en la fase de grupos bailó en el filo de la navaja tras empatar contra Croacia y luego ha crecido en las eliminatorias hasta llegar a eliminar sin paliativos a una Alemania a la que le empezaba a crecer un aura de imbatibles. Además, Prandelli le ha dado una nueva cara al equipo enviando al olvido el catenaccio y buscando el control del partido a partir de la posesión de balón.

España es un equipo que parece ir a menos, y sin embargo está a las puertas de lograr algo que nunca antes ha sido logrado (ganar Eurocopa, Mundial y Eurocopa de manera consecutiva). Italia ha ido a más, de ser un equipo con el que nadie contaba a mostrarse como un rival formidable. La Brunete mediática española tiene una vomitiva tendencia a sobreexagerar éxitos y derrotas basándose en elementos muy superficiales. Si gana España, no faltará quien diga que es la mejor selección de la historia como si el fútbol sólo existiese desde el gol de Torres en Viena. Si pierde, que la posesión de balón no vale para nada y que hay que chutar más, olvidando totalmente los formidables éxitos de este equipo y de esta forma de jugar en los últimos años. Posiblemente pedir memoria en el fútbol sea algo naif, pero si Casillas levanta la copa otra vez, será un gran momento para recordar, por ejemplo, la tanda de penaltis contra Bélgica en Mexico 86. Y si lo hace Buffon, el control de Iniesta ante Stekelemburg.

En fútbol no hay hijos pródigos

En las últimas horas, últimas horas que se han prolongado tres años, se ha vendido el retorno de Cesc Fàbregas al Barça como el retorno de un hijo pródigo y a Wenger como un malvado señor oscuro con la malvadísima intención de encerrar al jugador en la torre más alta del Emirates para evitar que el jugador pudiera cumplir su sueño de triunfar en el Camp Nou.

Nadie puede negar que Cesc es un refuerzo extraordinario para el conjunto de Pep Guardiola. Dejando de lado las dudas que pueda generar las lesiones que le han asolado en las dos últimas temporadas, algo que puede ser circunstancial o no, el de Arenys es un centrocampista extraordinario que conoce perfectamente el Barça, su fútbol, su entorno y su vestuario. Aunque es un jugador distinto a Xavi, es posiblemente la apuesta más segura para sustituir al de Tarrasa cuando deje el fútbol. Más allá de que su fichaje no era una necesidad primordial (como puede ser un defensa rápido para corregir la posición cuando el rival gana la espalda de la defensa adelantada, el Barça sólo tiene a Puyol con este perfil y se ve obligado a recolocar a Abidal o Mascherano cuando el capitán no está), Cesc da profundidad a una plantilla algo corta y, junto a Thiago, multiplica las posibilidades tácticas. Aunque es difícil que Guardiola alinee a Xavi, Iniesta y Cesc juntos, en un 4-3-3 o que pase a jugar con tres defensas con un 3-4-3, su fichaje garantiza que en caso de incidencia siempre habrá un recambio de calidad para el centro del campo. Es un jugador de una calidad extraordinaria que vuelve a Barcelona muchísimo más completo de lo que se fue. Con sólo 24 años ha sido capitán de un equipo histórico como el Arsenal y está fogueado en una liga de gran exigencia como la Premier y en Champions, donde en 2006 fue titular en la final de París frente al Barça precisamente, por lo que los 40 millones que se pueden llegar a pagar por él si se cumplen los variables no parece una cifra excesiva.

Sin embargo, la narrativa que describe su fichaje como el retorno de un hijo pródigo resulta algo falaz. No hay por qué dudar del barcelonismo de Cesc Fàbregas, posiblemente cualquier persona hubiera hecho lo mismo que él en sus circunstancias, sin embargo no hay que olvidar que si el fichaje ha sido tan complicado ha sido en gran parte por sus acciones. En verano de 2009 el Barça ya se puso en contacto con él para comunicarle su interés, pero ante la negativa de los culés de acercarse a los 50 millones que demandaban los gunners el de Arenys optó por prolongar su contrato dos años más hasta 2014, lo que subía su cotización y ha dado fuerza a Wenger para retener a su estrella durante el pasado verano y buena parte de este. El técnico francés ha hecho lo que tenía que hacer, por lo que le pagan: defender los intereses del Arsenal. Obviamente, ningún equipo regala a sus jugadores estrella (a menos que seas el Barça, que en su historial tiene las ridículas salidas de Eto’o o Rivaldo) y menos después de siete años sin ganar ningún título y con duras críticas sobre el trabajo de Wenger en las últimas fechas. Se ha demonizado al francés por fichar a Cesc del Barça cuando era un juvenil, pero conviene recordar que esta es una práctica habitual, en mayor o menor medida, en todos los equipos grandes, azulgranas inclusive. El centrocampista se marchó del Barça por voluntad propia, y seguramente tomó la decisión correcta, ante la promesa de más oportunidades en un equipo de primer nivel (ha jugado 292 con el Arsenal, 59 de Champions, una cantidad de partidos impensable a estas alturas si se hubiera quedado en el Barça) y, también, más dinero. El padre de Cesc alegó un cambio de residencia a Londres para que su hijo pudiera salir del club sin tener que pagar ninguna compensación al club culé, algo que fue sólo una argucia ya que el chaval acabó viviendo con una familia inglesa junto a su compañero Phillippe Senderos. En los últimos días se venía diciendo que el jugador estaba sufriendo mucho por las complicaciones que surgían en su regreso a casa, sin recordar que tales dificultades eran en gran parte por sus acciones y que el malvado Wenger sólo hacía su trabajo.

Queda por ver como afecta todo esto a su recibimiento en la afición culé, siempre tan especial. Su marcha no sentó bien y su retorno ha sido largo, tedioso y caro (al contrario que otro jugador que se marchó, Piqué, que volvió por la módica cifra de 5 millones), y Cesc ya fue pitado el pasado marzo cuando visitó el Camp Nou para disputar los octavos de final de la Champions League. Todo esto lo único que hace es meter presión a un jugador, que por otro lado ha demostrado soportarla bien, que llega al Barça para ser el timonel de la próxima década. El tiempo ha demostrado que Cesc seguramente hizo lo correcto marchándose a Londres, donde ha crecido sin la sombra de centrocampistas de la talla de Xavi, Deco o Iniesta. Su fichaje es una gran noticia para el Barça, pero basta con un poco de memoria para pinchar la mística creada alrededor de su regreso.

Rectificación: En su presentación como jugador azulgrana Cesc Fàbregas ha desmentido haber renovado con el Arsenal en 2009 como he dicho en esta entrada.  Un error extendido ya que se había publicado en varios medios en las últimas fechas, tanto aquí como Inglaterra. Incluso un periodista de la BBC ha formulado su pregunta asumiendo que renovó en 2009 (“You signed for a five year contract and left after only two…”), al cual Cesc no ha corregido como sí a Joan Poquí de Mundo Deportivo. En todo caso no he encontrado ninguna referencia a tal renovación en las hemerotecas por lo que debo rectificar y disculparme. En todo caso, la idea de fondo no cambia demasiado ya que en 2006 firmó un contrato extraordinariamente largo hasta 2014. Un error ya que le ponía muy difícil poder salir del Arsenal si quería hacerlo en un momento dado, aunque evidentemente no es lo mismo que renovar cuando el club de tus amores se ha interesado por ti.

Cómo ser José Mourinho

Montaje de Karim Sabet

¡Qué inteligente que es! ¡Qué provocador! ¡Que bien se mueve en la rueda de prensa! ¡Cómo da una vuelta de tuerca a las cosas para hacérselas venir bien! ¡Qué maestro que es para atraer la presión hacia él y liberar a los jugadores! ¡Qué habilidad tiene para motivar a sus jugadores! ¡Mama, quiero ser como José Mourinho!

O no. Porque a mi se me caería la cara de vergüenza si mi equipo, en este caso el Porto, llegara a la de Champions League por un piscinazo de Deco ante Jorge Andrade que acabó con la expulsión del central del Deportivo -uno de los mejores centrales en aquel momento- por la que no pudo jugar la vuelta, partido que los de Mourinho ganaron 0-1 y de penalti. Antes, en octavos, el Porto de Mourinho eliminó al Manchester United -único grande que se cruzó en las eliminatorias- gracias a que el linier anuló un gol a Paul Scholes por un fuera de juego inexistente. La siguiente temporada, ya con el Chelsea, Mourinho eliminó al Barça porque Pierluigi Collina (el mismo árbitro que pitó el penalti de César Martín a Deco en las semifinales del año anterior) no vio una escandalosa falta de Ricardo Carvalho sobre Víctor Valdés en el área pequeña -¡donde el portero es intocable!- en el córner en el que Terry sentenció la eliminatoria. ¿Por qué? ¿Será que las mujeres prefieren su look Georgecloonesco antes que las trencitas cumbayás de Frank Rijkaard? Espero poder contestar eso algún día.

También se me caería la cara de vergüenza si mi equipo hubiera superado al Chelsea como lo hizo su Inter el año pasado, cuando el señor Fernández Borbalán se zampó dos penaltis, uno de Walter Samuel a Salomon Kalou y otro de Thiago Motta a Ivanovic. Para rematar el escándalo, en la vuelta el señor Wolfgang Stark decidió sufrir de ceguera súbita y transitora ante dos penaltis más: Motta volvió a tener barra libre para agarrar a Ivanovic y Walter Samuel le dio un cariñoso abrazo del oso a Didier Drogba. El pasillo arbitral al conjunto de Mourinho siguió en semifinales, donde se alinearon Olegario Benquerença, el Eyjafjalla y la UEFA. La negativa de la organización a aplazar el partido por la nube de ceniza proyectada por el volcán islandés obligaron al Barça a marcarse un siempre revitalizante viaje de 15 horas en autobús hasta Milán, recordemos que nueve de cada diez médicos recomiendan un largo viaje por carretera antes de jugar un partido de alto nivel. En Italia se encontraron con un árbitro portugués –amigo de Mourinho- que no quiso ver una falta de Thiago Motta a Messi en la jugada del segundo gol y un doble fuera de juego clarísimo en el tercero. Tampoco un penalti de Sneijder a Dani Alves. El asalto a su ‘segunda Champions limpia’ se completó en el Camp Nou donde el belga Frank De Bleeckere anuló un gol de Bojan–el segundo, que daba el pase a la final al Barça- por unas manos de Touré que todo el mundo vio que eran involuntarias.

Anda, tú. Pues lo mismo ser el puto amo no es tan complicado. Basta con borrar del mapa los argumentos en tu contra, minimizar los aspectos futbolísticos cuando interesa y ensalzar los fallos arbitrales adecuados dejando los no convenientes en el limbo. En el fondo tampoco importa si lo que dices es verdad. Como acabáis de ver, basta con un poco de prostituzione intellettuale.

El Barça mató el vodevil

Este artículo fue escrito originalmente para el blog de FCBWiki

El Barça no guarda buen recuerdo de las últimas excursiones improvisadas en autobús. La última acabó por ahogar a los jugadores azulgranas pasada apenas media hora de partido frente al Inter de Milán precipitando una catástrofe que acabó con sus huesos fuera de la Champions, por lo tanto es lógico que Guardiola tratara de evitar un viaje de cuatro o cinco horas por tren o carretera el mismo día de partido. También es admirable la confianza que deposita en el míster la estructura del club, sin embargo esta vez lo ha llevado al borde del abismo ya que a punto ha estado de costar seis puntos al equipo, los tres del encuentro y otros tres a modo de sanción.

El de Sampedor tiene la costumbre de desplazar al equipo el mismo día de partido y morirá con esta idea, sin embargo le ha faltado cintura tras el terremoto causado por la lamentable y salvaje acción de los controladores aéreos que han pretendido paralizar un país para dar bombo a sus reclamaciones. España es España y por muchos Mundiales o Eurocopas que gane, por muchos Nadals o Alonsos que salgan, sigue siendo España, es decir un país de sol y panderetas. Aun tomando como cierta la versión del club, que afirma que AENA le aseguró que a lo largo de la mañana del sábado se abriría el espacio aéreo… ¿quién en su sano juicio cree algo que le dice alguien desde la empresa gestora de los aeropuertos? Cualquier guía de ‘supervivencia en España’ dice que no tienes que creer jamás nada de lo que te dicen desde AENA, Iberia o Telefónica, y mucho menos darles de comer después de las 12. ¿Alguien más ha creído que el pollo aeronáutico de dimensiones cósmicas que se organizó en España el viernes podía solucionarse en menos de 24 horas? No. Atlético de Madrid y Valencia , por poner un ejemplo, ya viajaron por carretera el viernes y el Sporting lo hizo el sábado hasta Barcelona. Si bien es cierto que todos estos equipos tenían previsto viajar un día antes de sus encuentros, mientras el Barça se entretenía preguntando ellos tomaban decisiones y han llegado a tiempo para jugar sus partidos sin autobuses con óxido nitroso ni shows esperpénticos como el protagonizado por el, para muchos, mejor equipo del mundo. Aunque a veces no lo parezca, en el organigrama culé hay gente que está por encima de Josep Guardiola. Personas, como por ejemplo el director general del club Antoni Rossich, cuyo trabajo es analizar las circunstancias y tomar las decisiones más adecuadas. En este caso, lo acertado era haber salido de Barcelona en tren o en autocar por la mañana. Todos los clubs de primera se han dado cuenta a tiempo que no habría aviones, menos el Barça. Para lo bueno y para lo malo més que un club.

Por si el Barça no había sido ya atropellado por los amables controladores, la Real Federación Española de Fútbol decidió colaborar en la opereta con un papel estelar, que estos no se pierden una. Jorge Pérez, el Secretario General, confirmó a Rac1 que la idea de aplazar el partido al domingo surgió de ellos, incluso aseguró que el Barça no estaba de acuerdo con esa fecha por el partido (intrascendente, por cierto) de Champions League que tiene que disputar el martes contra el Rubin Kazán. El Barça ha pecado de inocente, no se ha puesto en contacto con Osasuna para confirmar la suspensión del encuentro y ha dado por buena una simple conversación telefónica con alguien que en realidad no tenía potestad para tomar esa decisión. Los jugadores vuelven a sus casas y empiezan a sonar los tambores de guerra mediáticos, se monta un nuevo sarao que ni los controladores aéreos y Mourinho juntos. El club rojillo se  niega a cambiar el día del partido y la RFEF da marcha atrás. El partido se juega. Todos a correr. A Pamplona con una estrategia de una sola parada y por poco no nos dejamos a Pedrito en la estación. Reventamos todos los radares desde Zaragoza a la capital navarra y llegamos justo a tiempo para dar munición a todos los que afirman que el partido se debía dar por perdido al Barça. Y es que, reglamento en mano, así es.

Este sainete que habrían firmado Berlanga y Azcona era el escenario ideal para un nuevo exitazo del gabinete de incomunicación del club. Ante la lluvia de palos el club no dio señales de vida hasta casi las siete de la tarde, a través de un pírrico comunicado de prensa en el que se ponía en marcha el ventilador y se repartían las culpas a AENA y a la RFEF, que conspiraron cual judíos y masones para engañar al Barça. Nadie salió a dar una explicación. Sandro Rosell, en su búnker; Bartomeu, desaparecido; Zubizarreta, echó balones fuera. Sólo Guardiola, para variar, dio la cara. El tótem se puso una vez más a cargo de la política de comunicación del club. A la defensiva primero y a la ofensiva después, con un tono y unos argumentos discutibles pero con una retórica perfecta, desmintió las informaciones de Indas y Relaños que apuntaban a que el malvado Pep había presionado a la Federación. Eso sí, todo culpa de los demás.

Pero ya es tarde y la imagen del equipo de señoritos pijos que no quieren coger un tren o un autobús ya está dada. Deberían pedirse responsabilidades por el rocambolesco ridículo y por el riesgo corrido ¿y si el Barça no hubiera llegado a tiempo y en mayo pierde la Liga por dos puntos? Pero no se pueden esperar más explicaciones por parte de una junta directiva que se pasa de tibia, tal vez por compensar el exceso de locuacidad de la anterior. Superados los calzoncillos de Laporta y su loro, Rosell ha protagonizado la primera charlotada de su mandato. Visto lo visto, para salvar la imagen del club habrá que aferrarse al fútbol, a ese equipo que siempre da la cara hasta el último minuto gane o pierda, con controladores aéreos o volcanes islandeses de nombre irreproducible. Guardiola no durará mucho más pero su Barça será eterno, y eso quedará por encima del vodevil de quienes dirigen el club.

Mourinho cogió su fusil

Lo consiguió. Que a nadie le quepa la menor duda de que José Mourinho llevaba esperando esto desde el minuto cero en que aterrizó en Madrid. Provocando poco a poco, como una gota malaya, esperaba con ansia que alguien cayera en su trampa, explotara y provocara un efecto dominó. Manolo Preciado abrió el fuego respondiendo a las declaraciones del portugués, y Pochettino, Garrido y otros entrenadores de primera se han posicionado a favor del entrenador sportingista. Otros como Camacho y Michel no se han mojado y Guardiola no ha querido hablar al respecto, pero todavía se espera a que alguien se alinee con el luso, que tiene exactamente el escenario que quería.

No hay otro entrenador en el mundo que domine la sala de prensa como el entrenador merengue, ni siquiera Guardiola. A lo largo de su trayectoria ha sabido usarla para enrarecer el clima de las competiciones para imprimirles un ambiente adrenalínico en el que sabe motivar como nadie a sus jugadores. Ya lo hizo en Inglaterra y en Italia, donde sostuvo intensos tiroteos con Ferguson, Wenger, BenitezRanieri o Spalletti, incluso fue multado en Italia varias veces. Mourinho crea una atmósfera en la que el universo y todos sus elementos están contra él y su plantilla y la usa para azuzar a sus jugadores.

El fin justifica los medios. Hay que ganar aunque para ello se tenga que recurrir a las estrategias más sucias y antideportivas -canallas, que dirían algunos- como calentar un partido a extremos peligrosos. La necesidad de títulos del Real Madrid llega a tales límites que aceptan que un entrenador recién llegado al club dinamite el archifamoso ‘señorío’ cada vez que le ponen delante un micrófono. Mourinho siempre ha entrenado en con urgencias por ganar y ha sacado provecho de la carta blanca recibida. El Porto llevaba cinco años sin ganar una Liga, el Chelsea llevaba 50, el Inter  no ganaba una Champions desde 1965 y llega al Madrid tras seis temporadas sin pasar de octavos en Europa y tras haber gastado cerca de 300 millones en fichajes con la resaca del triplete culé. Queda por ver cómo se las arreglaría el portugués en un club en el que no le permitieran este juego, pero de momento parece que está empezando a salirse con la suya en la Liga española. Para su desgracia, por ahora el que no parece caer en su trampa es precisamente su máximo rival, Pep Guardiola. El de Sampedor ha evitado sabiamente responder a las provocaciones de un Mourinho que espera con ansia que le de los buenos días para montar un incendio. El entrenador culé es una persona de sangre caliente  –por algo es el jugador que más veces ha sido expulsado de la historia del Barça-, pero también es tremendamente inteligente y parece que es el único que no tiene intención de entrar al trapo. Y no debe, porque en el duelo dialéctico Mourinho es imbatible, sin embargo en el terreno de juego el Barça tiene los recursos suficientes para silenciar, a golpe de violín, los cañonazos del portugués.

La sonrisa que iluminó el Camp Nou

Pocos jugadores han dado tantas alegrías y tantas frustraciones, tanta ilusión y tanta desazón, como Ronaldinho al Camp Nou. El Gaucho llegó al Barça el 20 de julio de 2003 en el peor momento de su historia, reducido a cenizas tras el paso del huracán Gaspart, procedente del Paris Saint-Germain a cambio de 32 millones de euros. Cuatro temporadas sin lograr ningún título habían deprimido totalmente a la afición blaugrana. Pero resultó que la sonrisa de Dinho era contagiosa y con su llegada el soci volvió a soñar con victorias y sólo dos temporadas después, liderado por el genial brasileño, el Barça vivía uno de los mejores momentos de su historia al levantar su segunda Champions en París el 17 de mayo de 2006.

Pero el despertar del sueño fue duro. El 25 de agosto de 2006 el Barça perdía la final de la Supercopa de Europa en Mónaco ante el Sevilla. Fue el primer paso en un descenso a los infiernos en el que el líder también fue Ronaldinho. Saco al club del pozo para luego devolverlo. Perdida la ambición, faltó la profesionalidad. Se dedicó más a la fiesta que al campo. Demasiada noche movida. Demasiada resaca camuflada de gastroenteritis y sobrevivida en el refugio del gimnasio, lejos de los ojos de los periodistas que cubrían el entrenamiento. Su rendimiento en el campo bajó gradualmente durante la temporada 2006/2007 y en la 2007/2008 se arrastró patéticamente por los campos hasta que, en abril, una lesión puso punto y final a la agonizante etapa azulgrana de Ronaldinho. El 9 de marzo disputó su último partido como culé, un Barça-Villarreal que acabó con una derrota por 1-2, resultado que no hacía justicia a lo que Ronaldinho merecía. El 16 de julio fue traspasado al AC Milan a cambio de 25 millones y medio de euros.

Pero antes, Ronnie se había echado las ruinas del club a la espalda y llevó al Barça a protagonizar una grandísima remontada, recortándole 18 puntos al Real Madrid en la segunda vuelta y escalando de la duodécima posición a la segunda a sólo cinco puntos del campeón, el Valencia. Un presagio de los dos sensacionales años que vendrían, en los que se ganarían dos Ligas y una Champions. Ronaldo de Assis Moreira era un jugador distinto –antes de convertirse en la sombra de si mismo que es ahora-. Un jugador mágico, capaz de jugadas que sólo él era capaz de imaginar. Tras el gol del gazpacho, vinieron la espaldinha, los sombreros ante los defensas del Bilbao, el gol con la puntera en Stamford Bridge, el gol ante Osasuna, la exhibición de potencia física en el gol ante el Chelsea en el Camp Nou, la chilena contra el Villarreal, el estratosférico pase a Giuly frente al Milan, la elástica, infinitos recursos para enloquecer las defensas rivales y, por supuesto, los aplausos del Santiago Bernabéu. Incluso su último gol como culé, cuando ya estaba en una decadencia sin retorno, fue una espectacular chilena en el Vicente Calderón.

Ronaldinho fue el milagro que cambió el rumbo del Barça. Devolvió el optimismo al club, lideró al equipo y facilitó los fichajes de otros cracks como Eto’o o Deco que querían jugar al lado de un superclase como el brasileño. Sin él se hace difícil concebir los éxitos del Barça de Frank Rijkaard y, por extensión, también los del equipo de Pep Guardiola. Su historia es la de un ascenso fulgurante y una desintegración lamentable, la demostración de que nadie es indispensable por mucho que lo parezca. Hubo un momento en que parecía que el Barça se hundiría si el brasileño no firmaba un contrato hasta el 2014 y apenas tres años después se marchaba por la puerta de detrás, y sin él los azulgrana firmaron la mejor temporada de su historia. Los que hoy parecen indispensables en sus equipos –como Messi y Guardiola en el Barça o Cristiano Ronaldo en el Real Madrid- harían bien de tener en mente el final de Ronaldinho. Carismático y espectacular como pocos, quedará para siempre la duda de hasta dónde hubiera podido llegar si no se hubiera dejado echar a perder como lo hizo.

Contra el wirbelsturm, doble pivote

Mesut Özil

Mesut Özil

Sudáfrica parece haberse empeñado en dar la razón a la célebre frase de Lineker “el fútbol es un deporte que juegan once contra once y al final siempre gana Alemania”. En dos rondas eliminatorias ha liquidado a dos selecciones que llegaban al Mundial como favoritas. 4-1 frente a Inglaterra de Capello y 4-0 ante la Argentina de Maradona. Impresionante. Se plantó en Sudáfrica sin más ruido que la lesión de Ballack y ha sorprendido por su presión feroz en defensa y su velocidad en ataque, liderados por un titánico Özil y por un Klose que si rindiera en sus clubs como en su selección habría sido uno de los mejores nueves de todos los tiempos.

España aterrizaba en el campeonato como gran favorita al título, pero esa condición se esfumó a la primera tras la derrota ante Suiza. Superó con más sudor de lo esperado la fase de grupos y superó por la mínima a Portugal y a Paraguay. Casillas, pese al partido de cuartos, no acaba de transmitir la seguridad que se presupone a uno de los mejores porteros del mundo, Iniesta es una sombra de si mismo tras una temporada acosado por las lesiones y algo parecido se puede decir de Torres. Xavi parece algo cansado tras dos temporadas a un nivel estratosférico, por lo que la selección se aferra al instinto goleador de un Villa en permanente estado de gracia. Con todo, ha conseguido llegar a semifinales de un Mundial por primera vez en su historia (en Suecia 50, en la que España quedó cuarta, se jugó con un sistema de doble liguilla, sin fases de eliminación directa) haciendo algo que normalmente se atribuye a los equipos con “espíritu campeón”: ganar sin jugar bien.

Visto lo visto, parece que Die Mannschaft debería ser la gran favorita en la semifinal. La camiseta Alemana – y las camisetas juegan- ha ganado tres Campeonatos del Mundo y ha llegado a otras cuatro finales, siendo la selección que más ha jugado con un total de siete. Habrá quien recuerde que hace dos años España ya los derrotó en la final de la Eurocopa, pero reencontrarse con antiguos vencidos no suele ser un buen negocio en estas competiciones. Además, aquella Alemania estaba liderada por Ballack, un jugador tremendamente mediático pero con muy poca inteligencia futbolística y que muchos consideran gafe por llevar el dorsal 13 y por haber perdido todas las finales internacionales que ha jugado (con el Bayer Leverkusen, la final de la Champions 2002 frente al Madrid; Con el Chelsea la de 2008 frente al Manchester United, y con la selección perdió la final del Mundial de Corea-Japón de 2002 ante Brasil y la de la Eurocopa de Austria y Suiza de 2008 frente a España). Su ausencia ha liberado a Özil y a Schweinsteiger que ahora lideran brillantemente el centro del campo germano.

Xabi Alonso y Sergio Busquets

Xabi Alonso y Sergio Busquets

Sin embargo, los de Joachim Löw no se encontrarán el aeropuerto en el centro del campo que se encontraron ante Inglaterra y Argentina. Frank Lampard y Steven Gerrard son dos extraordinarios jugadores, dos de los mejores centrocampistas del mundo, pero por alguna esotérica razón nunca han cuajado bien juntos. A su lado estaban Gareth Barry (Manchester City) y James Milner (Aston Villa), buenos jugadores pero no lo suficiente para una empresa del nivel de un Mundial. El caso de Argentina es todavía más exagerado: Maradona alineó a un solo centrocampista: Javier Mascherano. Junto a él, reconvirtió a Messi en mediocentro. La Pulga hizo lo que pudo en esa posición, pero lo suyo no es hacer circular el balón, lo suyo es enloquecer a las defensas rivales y a 40 metros de la portería rival eso es casi imposible. España es otra historia. Tiene el que seguramente sea el mejor centro del campo del mundo y un muy discutido doble pivote que, esta vez sí, puede ser la gran medicina contra la velocidad que imprime Alemania a la circulación del balón. Además, los bajitos españoles –Xavi, Iniesta, Cesc y Silva- son de los pocos que pueden robarles el balón en el minuto uno y devolvérselo tras el pitido final como sucedió en la final de la Eurocopa. Otro problema que deberá enfrentarse Löw es la baja por acumulación de tarjetas de Müller, que comparte con el Torpedo algo más que el apellido: también su capacidad para golear. Además, la solvencia con la que Alemania ha despachado sus encuentros de octavos y cuartos es un arma de doble filo. Da confianza, pero puede hacer que te olvides de lo que es sufrir, y en el fútbol no saber sufrir cuando las cosas van mal puede ser mortal. Y si no, preguntádselo a Brasil.