La sonrisa que iluminó el Camp Nou

Pocos jugadores han dado tantas alegrías y tantas frustraciones, tanta ilusión y tanta desazón, como Ronaldinho al Camp Nou. El Gaucho llegó al Barça el 20 de julio de 2003 en el peor momento de su historia, reducido a cenizas tras el paso del huracán Gaspart, procedente del Paris Saint-Germain a cambio de 32 millones de euros. Cuatro temporadas sin lograr ningún título habían deprimido totalmente a la afición blaugrana. Pero resultó que la sonrisa de Dinho era contagiosa y con su llegada el soci volvió a soñar con victorias y sólo dos temporadas después, liderado por el genial brasileño, el Barça vivía uno de los mejores momentos de su historia al levantar su segunda Champions en París el 17 de mayo de 2006.

Pero el despertar del sueño fue duro. El 25 de agosto de 2006 el Barça perdía la final de la Supercopa de Europa en Mónaco ante el Sevilla. Fue el primer paso en un descenso a los infiernos en el que el líder también fue Ronaldinho. Saco al club del pozo para luego devolverlo. Perdida la ambición, faltó la profesionalidad. Se dedicó más a la fiesta que al campo. Demasiada noche movida. Demasiada resaca camuflada de gastroenteritis y sobrevivida en el refugio del gimnasio, lejos de los ojos de los periodistas que cubrían el entrenamiento. Su rendimiento en el campo bajó gradualmente durante la temporada 2006/2007 y en la 2007/2008 se arrastró patéticamente por los campos hasta que, en abril, una lesión puso punto y final a la agonizante etapa azulgrana de Ronaldinho. El 9 de marzo disputó su último partido como culé, un Barça-Villarreal que acabó con una derrota por 1-2, resultado que no hacía justicia a lo que Ronaldinho merecía. El 16 de julio fue traspasado al AC Milan a cambio de 25 millones y medio de euros.

Pero antes, Ronnie se había echado las ruinas del club a la espalda y llevó al Barça a protagonizar una grandísima remontada, recortándole 18 puntos al Real Madrid en la segunda vuelta y escalando de la duodécima posición a la segunda a sólo cinco puntos del campeón, el Valencia. Un presagio de los dos sensacionales años que vendrían, en los que se ganarían dos Ligas y una Champions. Ronaldo de Assis Moreira era un jugador distinto –antes de convertirse en la sombra de si mismo que es ahora-. Un jugador mágico, capaz de jugadas que sólo él era capaz de imaginar. Tras el gol del gazpacho, vinieron la espaldinha, los sombreros ante los defensas del Bilbao, el gol con la puntera en Stamford Bridge, el gol ante Osasuna, la exhibición de potencia física en el gol ante el Chelsea en el Camp Nou, la chilena contra el Villarreal, el estratosférico pase a Giuly frente al Milan, la elástica, infinitos recursos para enloquecer las defensas rivales y, por supuesto, los aplausos del Santiago Bernabéu. Incluso su último gol como culé, cuando ya estaba en una decadencia sin retorno, fue una espectacular chilena en el Vicente Calderón.

Ronaldinho fue el milagro que cambió el rumbo del Barça. Devolvió el optimismo al club, lideró al equipo y facilitó los fichajes de otros cracks como Eto’o o Deco que querían jugar al lado de un superclase como el brasileño. Sin él se hace difícil concebir los éxitos del Barça de Frank Rijkaard y, por extensión, también los del equipo de Pep Guardiola. Su historia es la de un ascenso fulgurante y una desintegración lamentable, la demostración de que nadie es indispensable por mucho que lo parezca. Hubo un momento en que parecía que el Barça se hundiría si el brasileño no firmaba un contrato hasta el 2014 y apenas tres años después se marchaba por la puerta de detrás, y sin él los azulgrana firmaron la mejor temporada de su historia. Los que hoy parecen indispensables en sus equipos –como Messi y Guardiola en el Barça o Cristiano Ronaldo en el Real Madrid- harían bien de tener en mente el final de Ronaldinho. Carismático y espectacular como pocos, quedará para siempre la duda de hasta dónde hubiera podido llegar si no se hubiera dejado echar a perder como lo hizo.

Que se quede el sueco

En una temporada Zlatan Ibrahimovic parece haber agotado todo el crédito y la ilusión generada tras su fichaje. Su final de temporada fue lamentable. Tan indefendible como la campaña de Thierry Henry o la de Rafa Márquez. Negado ante el gol e inconexo con sus compañeros, parecía haber dimitido de sus esfuerzos por acoplarse al equipo. Con el recuerdo de Eto’o y el pastizal indecente pagado por él muy presente, el Camp Nou le pitó. Tras la llegada de David Villa parece que su puesto en el once inicial no está en absoluto garantizado, y más si se tiene en cuenta que la temporada pasada Messi jugó sus mejores partidos jugando de falso nueve, donde los movimientos de Ibra hacían poco más que estorbar a la pulga. Hasta el propio Guardiola perdió la fe en él y lo sentó en el banquillo en el tramo final de Liga en el que se jugaba el título frente al Villarreal o el Sevilla apostando por Bojan.

Sin embargo, es injusto valorar al sueco únicamente por este último y lamentable tramo final. Marcó 21 goles (16 en Liga, tres en Copa y cuatro en Champions), su tercera mejor marca (29 en la 08/09 con el Inter, 22 en la 07/08 y también 21 en la 02/03 con el Ajax) y de largo la mejor cifra goleadora en su primer año en un club (un gol con el Malmö en la temporada 99/00, ocho goles con el Ajax en la 01/02, dieciséis goles con la Juventus en la 04/05 y quince con el Inter en la 06/07). Sin haber destacado nunca por su capacidad goleadora, Marcó algunos tantos muy importantes, como los dos ante el Arsenal en el Emirates Stadium y sobre todo el gol frente al Real Madrid en el Camp Nou. Ese gol acabó por valer al Barça tres cuartos una Liga que los azulgranas ganaron por una diferencia mínima y sin él el título seguramente hubiera sido blanco. Y tampoco se puede olvidar su papel vital en el Mundial de Clubes, en el que no marcó pero ayudó como pocos pueden hacer a descargar balones en el centro del campo.

Además, las primeras temporadas en un club nunca han sido buenas para el sueco. Ya pasó en el Ajax, en la Juve y en el Inter. Y el Barça también tiene ejemplos de jugadores que tras una primera temporada discreta han acabado por ser grandes cracks, como Laudrup, Koeman, Figo o Márquez. Pese a lo que el Camp Nou ha visto esta temporada, Zlatan Ibrahimovic no es un tronco. Tiene una técnica exquisita, regate y muy buen pase. Recursos suficientes para desenvolverse en ataque con movilidad, cayendo a las bandas para no estorbar a Messi si es necesario. No es un gigantón tipo Koller que sólo sabía estar cerca de la portería para rematar de cabeza. Tener un jugador como Ibra en el banquillo puede ser una bomba de relojería, pero merece una segunda oportunidad porque si se centra tiene muchísimo que dar al Barça.

Encaje de bolillos

Es cierto que es muy injusto sacar conclusiones del partido de Supercopa. El Barça se enfrentaba al Sevilla en unas circunstancias que difícilmente se volverán a repetir a lo largo de la temporada, con ocho jugadores titulares recién llegados de vacaciones con un absurdo amistoso en México de por medio y con Messi todavía lejos de su mejor forma. Tampoco es justo valorar a los canteranos por lo visto sobre el Sánchez Pizjuán. Miño, Sergi Gómez y Oriol Romeu debutaron en una alineación en la que sólo Alves y Abidal son titulares indiscutibles (Ibrahimovic está por ver si lo es, incluso si se queda) y no es lo mismo que entrar en un equipo con nueve o diez titulares. Es más, los errores que facilitaron los goles sevillistas se les puede atribuir más a los veteranos Milito y Abidal que a los debutantes Gómez y Romeu. Pero tampoco hacía falta el partido de Supercopa para comprobar que la plantilla del Barça es corta y lo visto en este encuentro no ayuda precisamente a rebatir esa teoría.

No cabe duda de que con Puyol y Piqué el Barça tiene una de las mejores, o la mejor, pareja de centrales del mundo y Busquets, a pesar de sus pajareos ocasionales, es un gran pivote defensivo. Sin embargo, tal y como está la plantilla del Barça en este momento, una lesión o una sanción –o una combinación de ambas- deja el eje defensivo del Barça en pelota picada. La marcha de Márquez y Chygrynskiy, aunque el año pasado hicieron poco más que pastar por los campos de entrenamiento, dejan a Milito como único recambio para los centrales. Además, su historial de lesiones no aconseja que juegue muchos partidos completos. La alternativa era recolocar a Abidal de central, pero el francés ha demostrado en el Mundial, en la gira asiática y en la Supercopa su nula capacidad para jugar en ese puesto. Casi recordaba a Oleguer. El caso del pivote es todavía más dramático: una baja de Busquets obliga a tirar de Oriol Romeu, que apenas ha jugado un año en segunda división B. No hay que olvidar que Yaya Touré –el gran Yaya Touré- jugó el año pasado 37 partidos (23 de Liga, tres de Copa y once de Champions). Con su marcha el Barça pierde uno de los mejores del mundo en su posición y reemplazarlo por un chaval de 18 años significa perder potencial.

Cesc Fábregas y Mezut Özil son grandes jugadores pero el Barça no los necesita. En el caso del alemán, además, todavía tiene que demostrar que lo visto en Sudáfrica no es flor de un día. Muchos jugadores han saltado a la fama en una Eurocopa o Mundial para luego estrellarse contra la realidad. Y sólo hay que recordar que el Barça estuvo a punto de fichar a Milan Baros tras la Eurocopa de 2004. Para la posición de interior, Thiago y Jonathan están suficientemente rodados para dar el salto al primer equipo si hay que rotar a Xavi e Iniesta. Muniesa, Bartra, Fontás, Sergi Gómez y Oriol Romeu tienen un potencial extraordinario pero están verdes, algunos como Gómez están verde fosforito. pero los canteranos deben ir incorporándose al primer equipo poco a poco. Casos como el de Sergio Busquets, que pasan de jugar en tercera división a la final de la Champions en apenas un año, pasan una vez en la década. Incluso Messi paso un año yendo y viniendo del filial antes de asentarse en el primer equipo e Iniesta estuvo varias temporadas siendo suplente. El escenario de verte obligado a jugártela en una semifinal de Champions, donde un solo error te puede facturar para casa, es muy arriesgado. El Barça necesita reforzar su eje defensivo si no quiere tener que hacer encaje de bolillos cada vez que tenga una o dos bajas en la zaga.

Contra el wirbelsturm, doble pivote

Mesut Özil

Mesut Özil

Sudáfrica parece haberse empeñado en dar la razón a la célebre frase de Lineker “el fútbol es un deporte que juegan once contra once y al final siempre gana Alemania”. En dos rondas eliminatorias ha liquidado a dos selecciones que llegaban al Mundial como favoritas. 4-1 frente a Inglaterra de Capello y 4-0 ante la Argentina de Maradona. Impresionante. Se plantó en Sudáfrica sin más ruido que la lesión de Ballack y ha sorprendido por su presión feroz en defensa y su velocidad en ataque, liderados por un titánico Özil y por un Klose que si rindiera en sus clubs como en su selección habría sido uno de los mejores nueves de todos los tiempos.

España aterrizaba en el campeonato como gran favorita al título, pero esa condición se esfumó a la primera tras la derrota ante Suiza. Superó con más sudor de lo esperado la fase de grupos y superó por la mínima a Portugal y a Paraguay. Casillas, pese al partido de cuartos, no acaba de transmitir la seguridad que se presupone a uno de los mejores porteros del mundo, Iniesta es una sombra de si mismo tras una temporada acosado por las lesiones y algo parecido se puede decir de Torres. Xavi parece algo cansado tras dos temporadas a un nivel estratosférico, por lo que la selección se aferra al instinto goleador de un Villa en permanente estado de gracia. Con todo, ha conseguido llegar a semifinales de un Mundial por primera vez en su historia (en Suecia 50, en la que España quedó cuarta, se jugó con un sistema de doble liguilla, sin fases de eliminación directa) haciendo algo que normalmente se atribuye a los equipos con “espíritu campeón”: ganar sin jugar bien.

Visto lo visto, parece que Die Mannschaft debería ser la gran favorita en la semifinal. La camiseta Alemana – y las camisetas juegan- ha ganado tres Campeonatos del Mundo y ha llegado a otras cuatro finales, siendo la selección que más ha jugado con un total de siete. Habrá quien recuerde que hace dos años España ya los derrotó en la final de la Eurocopa, pero reencontrarse con antiguos vencidos no suele ser un buen negocio en estas competiciones. Además, aquella Alemania estaba liderada por Ballack, un jugador tremendamente mediático pero con muy poca inteligencia futbolística y que muchos consideran gafe por llevar el dorsal 13 y por haber perdido todas las finales internacionales que ha jugado (con el Bayer Leverkusen, la final de la Champions 2002 frente al Madrid; Con el Chelsea la de 2008 frente al Manchester United, y con la selección perdió la final del Mundial de Corea-Japón de 2002 ante Brasil y la de la Eurocopa de Austria y Suiza de 2008 frente a España). Su ausencia ha liberado a Özil y a Schweinsteiger que ahora lideran brillantemente el centro del campo germano.

Xabi Alonso y Sergio Busquets

Xabi Alonso y Sergio Busquets

Sin embargo, los de Joachim Löw no se encontrarán el aeropuerto en el centro del campo que se encontraron ante Inglaterra y Argentina. Frank Lampard y Steven Gerrard son dos extraordinarios jugadores, dos de los mejores centrocampistas del mundo, pero por alguna esotérica razón nunca han cuajado bien juntos. A su lado estaban Gareth Barry (Manchester City) y James Milner (Aston Villa), buenos jugadores pero no lo suficiente para una empresa del nivel de un Mundial. El caso de Argentina es todavía más exagerado: Maradona alineó a un solo centrocampista: Javier Mascherano. Junto a él, reconvirtió a Messi en mediocentro. La Pulga hizo lo que pudo en esa posición, pero lo suyo no es hacer circular el balón, lo suyo es enloquecer a las defensas rivales y a 40 metros de la portería rival eso es casi imposible. España es otra historia. Tiene el que seguramente sea el mejor centro del campo del mundo y un muy discutido doble pivote que, esta vez sí, puede ser la gran medicina contra la velocidad que imprime Alemania a la circulación del balón. Además, los bajitos españoles –Xavi, Iniesta, Cesc y Silva- son de los pocos que pueden robarles el balón en el minuto uno y devolvérselo tras el pitido final como sucedió en la final de la Eurocopa. Otro problema que deberá enfrentarse Löw es la baja por acumulación de tarjetas de Müller, que comparte con el Torpedo algo más que el apellido: también su capacidad para golear. Además, la solvencia con la que Alemania ha despachado sus encuentros de octavos y cuartos es un arma de doble filo. Da confianza, pero puede hacer que te olvides de lo que es sufrir, y en el fútbol no saber sufrir cuando las cosas van mal puede ser mortal. Y si no, preguntádselo a Brasil.

¿La muerte del laportismo?

En toda la boca. Los resultados de las elecciones del Barça sólo se pueden interpretar como una hostia en toda la boca a Joan Laporta. Es digno de una tesis doctoral el hecho de que una junta que ha ganado cuatro Ligas y dos Champions, que cogió a un club en ruinas en 2003 y que en 2010 lo deja en la elite mundial, haya salido derrotada de esta manera en las urnas. Jaume Ferrer logró únicamente un 10,81% de los votos, el menos votado de los cuatro candidatos. No sólo eso, sino que además Sandro ‘el archienemigo’ Rosell arrasó con un 61,41%. Una cifra muy parecida a la que sacó el ‘no’ a Laporta en la moción de censura de 2008: un 60,6%. Para rematar el asunto, la encuesta que TV3 realizó a pie de urna, y que bordó los resultados finales, revela que el 62,6% no votaría a Laporta si se hubiera podido presentar. La interpretación es muy sencilla: la gente, el soci, no sólo valora si la pelota entra o no. El equipo puede ir como un avión pero el palco ser un desastre. Se puede ir más allá y hacer una interpretación más profunda, con una parte posiblemente fantástica: se atribuye el éxito del Barça de Ronaldinho a Rosell y el del Barça de Messi a Guardiola. Algo que es totalmente injusto porque Laporta, guste más o menos, era quien tenía en todo momento la última palabra sobre cualquier decisión que se tomara.

Laporta ha sido un presidente tremendamente polémico, con continuas meadas fuera de tiesto, un exceso de politiqueo que finalmente han acabado por condenar al laportismo al abismo. Al menos por el momento. La fuerte personalidad de Laporta fue una de las principales armas que le hicieron llegar a la presidencia y ha marcado, para bien y para mal, su mandato. Es muy injusto valorar a Laporta como “el peor presidente de la historia”, como hizo José Ramón De la Morena en El Larguero sin mirar más allá de sus arranques de líder rebelde frente al Imperio. Las formas de Laporta han sido de impresentables para arriba más de una, dos y tres veces, indigna de una persona que representa a 180.000 personas, y sus internadas en política son por lo menos muy discutibles (y no por su posición independentista, si levantase el brazo sería lo mismo o peor). Pero Laporta tiene su parte de mérito, y es mucho, en los 69 títulos que el FC Barcelona ha ganado en sus diferentes categorías durante sus siete años de presidencia. Negárselo es profundamente injusto.

Pero lo que ha matado –por ahora- la continuidad del régimen ha sido la incapacidad de Laporta a la hora de mantener unido al grupo. En 2003, al mirar la foto de la junta, varios posibles herederos, uno destacado: Sandro Rosell. Fue el primero en saltar del barco, retratado por el presidente como poco más o menos que el anticristo. Pero todavía quedaban gente fuerte, como Ferran Soriano. Abandonó el club tras la moción de censura, al entender que el hecho de que 60% de los socios estuvieran en su contra les obligaba moralmente a dimitir aunque los estatutos no lo hicieran. Albert Perrín, hombre cercano a Laporta, le calificó de “Tejero”. No han sido los únicos que han salido rebotados con “l’ amic Jan”: también Alejandro Etxeberria, Jordi Badia, Xavier Sala i Martín, Samuel Eto’o o incluso Alfons Godall, su amigo del alma de la infancia y que llegó a ser el candidato continuista durante unos días hasta que tuvo la brillante idea de proponerle a Laporta un pacto con la gente de Soriano.

Caído uno a uno sus posibles sucesores, no le quedó más opción que recurrir a Jaume Ferrer como su delfín. Dejando de lado su más bien nula carisma personal –que no significa que no pudiera ser un buen presidente-, el principal problema de Ferrer es que no es laportista. Es más, tuvo que escuchar todos los adjetivos menos guapo cuando le comunicó a Laporta que tenía intención de presentar su propia candidatura cuando el Presidentísimo todavía apoyaba a Godall. Posiblemente su intención al aceptar el papel de sucesor era arrastrar el voto laportista, que ha resultado ser mucho menor de lo que se pensaba, pero la sombra de su avalador ha acabado por agarrotarle, no ha sido él mismo y le ha impedido situarse cómodamente en los debates, donde se ha hundido. El propio Ferrer mismo ha reconocido que no ha sido un buen candidato y que han hecho casi todo mal.

En estos momentos el laportismo es un cadáver, un cadáver caliente pero cadáver al fin y al cabo. Pero puede ser uno de esos cadáveres de las películas que, cuando el héroe se aleja convencido de la victoria, abren el ojo de golpe o cierran el puño con una música estridente de fondo. Porque no hay que olvidar que los estatutos permiten a Joan Laporta presentarse en las próximas elecciones y si hay una persona lo suficientemente inconsciente como para volver a presentarse ese es, precisamente, Joan Laporta, siempre que no esté demasiado ocupado liberando Cataluña de la opresión castellana. Y tampoco conviene olvidar que el nuevo rey proviene de la misma semilla que el antiguo, que fue el primer ángel caído de aquella candidatura de 2003 que acabó con las divisones clásicas del barcelonismo para crear otras nuevas.

Vergüenza por aspersión

Para el barcelonismo, lo más triste del partido frente al Inter no fue caer eliminado. Llegar a una semifinal de la Champions ya es difícil y caer con las botas puestas ante el campeón italiano no es un fracaso. Lo más triste del partido frente al Inter no es la sensación de impotencia que dio en algunos momentos el equipo, faltaba un jugador vital como Iniesta y varias piezas fundamentales no están en su mejor momento de forma después de 20 meses a un nivel estratosférico. Lo más triste del partido no es ver cómo Busquets se tiraba al suelo como un actorzuelo de compañía de pueblo para forzar la expulsión de Motta, ellos hubieran hecho lo mismo de haber surgido la ocasión. Tampoco es lo más triste ver como Víctor Valdés se encaraba a Mourinho como un chulo de discoteca, al fin y al cabo en caliente se hacen muchas tonterías y el técnico portugués no estaba precisamente en misión diplomática. Lo realmente triste, lo realmente patético, lo realmente indignante fue el espectáculo de los aspersores.

No es de mal perdedor, es rastrero. Los jugadores del Inter de Milán estaban celebrando el pase a la final de Champions como cualquier otro equipo, igual que el Barça celebró su victoria en Stamford Bridge y en el Santiago Bernabéu. No hubo ningún tipo de desconsideración a una grada que estaba centrada en aplaudir a su equipo (equipo que por cierto se largó a vestuarios sin el gesto de saludar a una afición que se había volcado con ellos desde una semana antes). En ese momento algún descerebrado de tres al cuarto sin el más mínimo sentido de la decencia, del honor o de la educación tuvo la brillante idea de encender los aspersores. La imagen era patética: un equipo festejando su pase a la final de la Champions y los señores del “més que un club” invitándoles a irse a manguerazo limpio. Ayer el culé podía estar orgulloso del equipo que se había dejado la piel con más o menos acierto, pero debía estar muy decepcionado con el club que había dado una imagen muy distinta a la que pregona con el logo de Unicef.

Por si éramos pocos, habló Laporta. A la mañana siguiente, tras haber tenido toda una noche para tranquilizarse, no se le ocurrió decir nada mejor que “después de un partido estás sudado y viene muy bien un poco de agua”. Pido perdón por adelantado por el adjetivo que usaré a continuación: gilipollas. Señor Laporta, usted es gilipollas y de los profundos. Si es inaceptable que alguien encendiera los aspersores, mucho más lo es que el presidente del club disculpe esta actitud con una sandez de estas proporciones, una fabulosa patada en los cojones a la elegancia y el fair play que tanto le gusta pregonar al presidentísimo. Habiendo dejado ya de manera irreparable una imagen repugnante, Laporta debería morderse la lengua –arrancársela mejor- y emitir un comunicado oficial del club pidiendo disculpas al Inter, a la UEFA y a todos los socios azulgranas que se vieron avergonzados por la ocurrencia de un idiota que, fuera quien fuera, debería ser despedido de manera fulminante.

¿Noventa minuti en el Camp Nou son molto longos?

Aviso: No pienso hablar del árbitro. Sí, puede ser que haya dos penaltis no pitados… pero también ha pitado un fuera de juego que no era cuando Milito se quedaba solo, una falta en ataque a Eto’o que no era y podía haber expulsado a Messi tan tranquilo.

El Barça tiene que remontar después de un partido lamentable que mereció perder y tal vez por más. Messi ha desaparecido en combate, Ibra se ha ofuscado y Alves ha jugado su peor partido desde que viste la camiseta culé. Mourinho es un entrenador extraordinario, pero no ha ganado al Barça en la pizarra. Lo que ha matado al Barça ha sido sus imprecisiones en el centro del campo que propiciaban contraataques interistas. Excesivas prisas y demasiados pases erróneos. Continuos desajustes defensivos que Diego Milito ha aprovechado como un crack mundial que es. El Barça en ataque no ha hecho prácticamente nada hasta el tramo final y se ha encontrado un gol cuando las cosas empezaban a pintar ya muy mal. Y eso que el planteamiento del Inter, en principio, no era malo para el Barça. Mourinho ha decidido regalarle el balón a los azulgranas y echarse atrás, algo que suele ser mortal. Pero no sólo no se ha aprovechado sino que se ha regalado continuamente el balón en zonas tan peligrosa que es un milagro que el resultado no sea más abultado.

Pero el Barça no está muerto. Porque las remontadas épicas no son propiedad exclusivas del Real Madrid. Las dos últimas veces que el Barça ha perdido 3-1 en Champions ha remontado al calor del Camp Nou. En la 93/94 supero al dínamo por 1-4. Y el Chelsea volvió a con un 5-1 como recuerdo de su paso por Barcelona en la 99/00. El equipo cree en si mismo y sólo hay que ver los últimos 20 minutos, que de manera desordenada pero supurando orgullo por las orejas se ha venido arriba comandado por un Pique que ha cogido la bandera, la trompeta y el tambor y ha tirado del carro como un berraco hasta el punto de que casi marca un gol de largo inmerecido. Este equipo ya ha estado muerto otras veces, en Stamford Bridge o en el Mundial de Clubs, y siempre se ha levantado. Un 2-0 no es un resultado imposible, de hecho el partido de la liguilla acabó así. Ya que la final es en el Bernabéu, toca tomar prestado el Espíritu de Juanito.

El día que España quedó inmóvil

Hace meses que se intuía. Se hacía difícil ver donde podían pinchar los dos grandes de la Liga española, convertida este año en una versión forrada a esteroides de la Liga escocesa. La diferencia entre Barça, Madrid y el resto de la Liga BBVA es tan grande que la clasificación parece un combate entre Godzilla y Mazinger Z en medio de un cementerio nuclear. A falta de ocho jornadas cuentan con 77 puntos con todavía 24 por disputarse. En 2007 el Real Madrid fue campeón con 76 a final de año y en 2003 con 78. El Valencia se llevó el título con 75 en 2004 y el Depor sólo necesitó 69 puntos en 2000. Guardiola dijo que era una puta barbaridad y no le faltaba razón. Se veía venir que la balanza sólo se podía desequilibrar en los duelos directos y el clásico del Bernabéu marcará y mucho la recta final de la Liga, pero con todavía 21 puntos en juego difícilmente se puede decir que el vencedor del partido ya será campeón y más cuando el Madrid tiene que recibir al Valencia o visitar al Mallorca y el Barça viajar a Sevilla y disputar el derbi contra el Espanyol en Cornellà.

Lo cierto es que desde el partido del Camp Nou el Madrid ha dado la sensación de mayor solidez, y en tramos de enero y febrero parecía capaz de pasar por encima del Barça en un duelo directo y tras la remontada frente al Sevilla los de Pellegrini parecían casi invencibles. Pero la imbatibilidad merengue no duró ni noventa minutos. La eliminación frente al Lyon ha caído sobre el Bernabéu como una bomba fétida, enrareciendo el ambiente y convirtiendo a Pellegrini en el blanco de todos los pim-pam-pums que tenían que llenar páginas de diarios y horas de televisión o radio en las largas semanas sin partidos, agenciando al chileno todos los errores del Madrid y los aciertos a jugadores bajo ese extraño régimen mediático por el que todos los problemas del club blanco tienen que quedar bien lejos del Ser Superior. Además el equipo ha dado mayor sensación de debilidad, dejando que el Sporting de Gijón o el Atlético de Madrid estuvieran a punto de darles un susto en su propia casa. En cambio el Barça, con la llegada de la Champions, ha recuperado el juego perdido en los últimos meses. Liderado por un Messi absolutamente estelar, el Barça ha asustado a media Europa tras vapulear al tercer clasificado de la Premier League (que allí sí está con opciones de ser campeón, a sólo tres puntos del líder, el Chelsea). Los de Guardiola parecen estar en su mejor momento desde que se proclamaron campeones de todo lo ganable. Así, se ha instalado la sensación de que el Barça puede poco más o menos que repetir el roto que le hizo a los blancosel año pasado. Sin embargo, como bien dice el maestro Segurola en Marca, el Madrid merece más respeto. Tiene mejores jugadores que el año pasado y, sobre todo, una defensa muchísimo más sólida. El Barça tendrá que estar a su mejor nivel para poder ganar.

Con todo el Madrid tiene más que perder que ganar. Sólo le vale la victoria mientras que el Barça con un empate se volvería a casa con la ventaja del gol average. Eliminados de la Copa del Rey por un Segunda B y fuera a primeras de cambio de una Champions League que sentían suya por jugarse la final en el Bernabéu, una derrota frente al Barça podría desencadenar la tormenta perfecta en el madridismo. Se complicaría seriamente el único título al que opta mientras ve como el máximo rival está a sólo tres partidos de poder levantar la Champions su casa. Todo tras gastarse 250 millones de euros en reforzar la plantilla. El barcelonismo, con todo el crédito ganado por el equipo la temporada pasada y con la posibilidad de ganar su cuarta Champions no acusaría tanto una derrota. Tras el duelo no tendremos campeón, pero sí una buena pista de quién lo será de aquí a ocho jornadas.

Con todos estos ingredientes, mañana se juega el partido que ha creado más expectativas en mucho tiempo. Barça y Madrid empatados a puntos; Messi, Cristiano Ronaldo; un Real Madrid galáctico que se juega todo a la carta de la Liga, un Barça en disposición de ganar la Champions en santuario blanco; un Casillas en uno de los peores momentos de su carrera, un Valdés grande como nunca; un Iniesta deshinchado, un Xabi Alonso creciente; Pellegrini bajo la Espada de Damócles, el intocable gurú Guardiola… Mañana será el día que España quedará inmóvil. Como para que queden 0-0 en un partido aburrido.

El brasileño que corría más que los coches que conducía

Las calles del principado de Mónaco estaban inundadas aquél 3 de junio de 1984. Alain Prost, subcampeón del mundo en 1983 y líder del campeonato en ese momento, sufría para mantener su McLaren sobre la pista. Por detrás un joven brasileño que disputaba su séptimo gran premio había remontado, a los mandos de un limitadísimo Toleman-Hart, desde la decimotercera plaza hasta la segunda, adelantando incluso al entonces bicampeón Nikki Lauda. Su ritmo era cuatro segundos por vuelta más rápido que el francés. En la vuelta 30, la distancia entre los dos era de quince segundos. Al final de la 31 los dos coches estaban pegados. Era evidente que el liderato del francés tenía los metros contados. Los comisarios detuvieron la carrera en la vuelta 32, poco antes de que el novato adelantara a ‘El Profesor’. En caso de pararse la carrera, la posición final es la del giro anterior a que se muestre la bandera roja, por lo que la victoria fue para Prost. En el podio, el francés respiraba aliviado. A su lado, la cara del talentoso brasileño no era la de un principiante que había quedado segundo en el mítico Mónaco, en unas condiciones imposibles y con un coche destinado a la parte baja de la tabla. Era la cara de un piloto ambicioso que sentía que le habían robado una victoria que merecía. Era Ayrton Senna y se acababa de presentar en sociedad.

En aquella carrera -además de suponer la primera piedra de la rivalidad Senna-Prost, seguramente la más intensa de la historia de la Fórmula 1- quedaron patentes las cualidades que convirtieron a ‘Magic’ Senna en uno de los mejores pilotos de la historia. Nacido hoy hace 50 años, el 21 de marzo de 1960, era atrozmente rápido, con una capacidad de concentración extraordinaria, capaz de pilotar bajo el diluvio universal con la misma facilidad que en una soleada tarde de agosto, capaz de adelantar a seis pilotos en una sola vuelta, incluyendo a Prost y Schumacher, como en Nürburgring en 1993. “Era mucho más rápido que tú conduciendo el mismo coche y tan rápido como tú, con un coche inferior”, dijo Alain Prost. Y si todas estas cualidades no eran suficientes para ganar, también tenía unos defectos que le ayudaban a alcanzar la victoria: era engreído, prepotente, intolerante con sus rivales, poco escrupuloso y, si era necesario, hasta violento. No tenía suficiente con autoconsiderarse el mejor, si le molestabas te echaba a empujones de la pista. Ganó su segundo título en 1990 embistiendo por detrás a Prost en la primera curva del GP de Japón, devolviéndole la moneda al francés que un año antes se proclamó campeón tras un accidente con Senna. En 1993, tras la carrera de Suzuka, propinó un puñetazo a Eddie Irvine porque este no le había dejado pasar a pesar de llevar una vuelta perdida.

Devoto cristiano, en 1988 Senna controlaba el Gran Premio de Mónaco con tiránica autoridad, pero su orgullo le dominó y quiso doblar a su compañero de aquipo y eterno rival, Alain Prost. A doce vueltas del final estrellaba su McLaren contra los guardarraíles monegascos. Salió del coche y abandonó el circuito antes de que acabara la carrera para encerrarse en su apartamento durante dos días. De ahí surgió un Senna iluminado que mantenía charlas con Dios y que era instruido para ser mejor persona. Trabó amistad con Ron Dennis, Gerhard y Rubens Barrichello, a quien visitó cuando estaba ingresado en el hospital tras sufrir un tremendo accidente en los libres apenas unas horas antes de su propia muerte. Poco después de su fatal accidente se supo que había donado grandes cantidades de dinero a orfanatos brasileños y puso las primeras piedras de lo que más tarde sería el Instituto Ayrton Senna, que procura ayuda y educación a los niños de las favelas de Sao Paolo y Río de Janeiro y que hoy preside su hermana Viviane.

La vida del genio acabó en la curva de Tamburello, el 1 de mayo de 1994, durante la octava vuelta del fatídico GP de San Marino que jamás tuvo que haberse disputado –Roland Ratzemberger ya había perdido la vida el día anterior en la Villenueve Cuva y las leyes italianas exigían que un evento deportivo debía suspenderse en caso de que un competidor muriera-. Como si Dios, en una de esas animosas charlas que parecían tener, le hubiera dado alguna pista del destino que le aguardaba, Senna parecía extrañamente perturbado ese día, tras el tremendo accidente de Barrichello y la muerte de Ratzemberger. Antes de la carrera pasó la mañana reuniéndose con diversos pilotos con la intención de crear una asociación para exigir mejoras en la seguridad. Antes de salir a pista, apoyó sus manos en el alerón trasero de su Williams-Renault FW16 y lo contempló durante varios minutos. Subió al coche y antes de parar en la parrilla dio tres vueltas al circuito Enzo e Dino Ferrari, en vez de las dos que solía dar. Poco después perdería el control de su Williams y se estrellaría contra el muro a 310 km/h mientras marchaba, por delante de Schumacher, en primer lugar. El primer lugar que él consideraba suyo e intransferible. Tras el impacto, su característico casco amarillo se sacudió dos veces. Después, silencio.

La muerte de Senna cambió para siempre la Fórmula 1. Se mejoró la seguridad y Robert Kubica o los hermanos Ralf y Michael Schumacher pueden decir que si están vivos es gracias a las modificaciones del reglamento realizadas tras la carrera de Imola, pero también dejó huérfana de estrellas a un deporte que se quedó con Michael Schumacher como única referencia y que todavía hoy busca reencontrar una rivalidad como la que Senna protagonizó con Alain Prost, quien aseguró que la muerte del brasileño “era predecible porque él iba más rápido que los coches que conducía”.

Las maravillosas obras de un Ser Superior

Dicen los entendidos que el fútbol es un deporte de equipo, de lo que puede deducirse fácilmente que cuando se gana y cuando se pierde lo hace todo el club. Desde el delantero centro hasta el presidente, pasando por el entrenador y el utillero. No sé si tendrá que ver o no con las campañas de Marca contra Pellegrini y a favor de Benzema, pero da la sensación de que el madridismo ahora mismo quiere prender fuego al chileno y al Pipita, mientras que se ensalza a Cristiano como el único que dio la talla.

Por partes, primero recordar que la eliminación no sólo se gestó en el partido de ayer, sino también en Gerland, y allí Cristiano no sólo no dio la talla sino que además tras el gol de los franceses fue un estorbo. Quería ser el principio, el nudo y el final de todas las jugadas y eso convertía al Madrid en un equipo extremadamente previsible y fácil de defender. No deja de ser llamativo que los dos mejores partidos que he visto al Madrid este año, el de Mestalla y el de Riazor (no pude ver el del Villarreal), hayan sido sin el portugués en el campo. Es un jugadorazo, pero cuando no está el equipo combina mejor y no le busca continuamente. Ayer marcó el gol, sí (con colaboración de Lloris, por cierto), pero a partir de ahí no hizo tampoco nada más. Higuaín falló, sí. ¡Pero leches! El fútbol es un deporte que se juega con los pies, la parte del cuerpo más torpe y la más alejada de la cabeza, y en el que en realidad pesa mucho más la imprecisión que la precisión (ea, ahora parezco Lillo). De las dos que falla, la segunda es una gran parada de Lloris y la otra, en la que regatea al portero francés, se ve obligado a ajustar al palo porque por detrás llega un defensa. El argentino falla ¿hace eso de él un mal jugador? ¿hay que colgarlo de un abedul? Si empezamos a recordar pifias de grandes jugadores en partidos importantes (Raúl, Platini, Terry, el propio Cristiano…) no acabaríamos nunca. ¿Que no marca en los partidos realmente importantes? Será porque desde que lleva en el Madrid ha tenido ocasión de jugar tantas finales. Y recuerdo que el pasado 2 de mayo, glorioso día, Higuaín marcó un gol que puso al Real Madrid a sólo un punto del Barça y que bien podría haber valido una Liga si el equipo hubiera sido más sólido ¿o eso es culpa sólo suya?

Pasamos a un entrenador que no supo reaccionar a un cambio táctico y de actitud del Lyon y que en la ida tampoco hizo el mejor planteamiento posible. El juego que desarrolla el equipo lo lleva a ser tremendamente contundente pero también tremendamente vulnerable y eso es responsabilidad del banquillo, vale. También hablamos de un técnico que en su día dijo que él cree “en los medios y en las puntas, no en los mediapuntas”. Tras su llegada los primeros fichajes fueron Cristiano Ronaldo y Kaka, dos jugadores que si bien pueden actuar en otros puestos, son más mediapuntas que otra cosa. Este señor, chileno para más pistas, pidió una serie de jugadores como complemento para la plantilla, Cazorla entre otros, que jamás llegaron y pidió que se mantuviera a otros jugadores (Snejder, Robben, Negredo) que ahora están fuera del Bernabéu. ¿Y ahora la culpa de que el Madrid caiga en octavos es sólo suya? Y digo yo que entonces también tendrá la culpa de que los blancos sean líderes con una cantidad de puntos brutal a estas alturas de temporada ¿o es sólo gracias a Cristiano? Decía Eduardo Inda en su esperpéntico videoblog y Pedrerol en Punto Pelota que el Madrid tiene que estar entrenado por uno de los mejores cinco entrenadores del mundo. No dieron nombres, pero hagamos una lista rápida: Mourinho, Ferguson, Ancelotti, Capello y Wegner. Mou y el entrenador del Arsenal no irán a ningún equipo en el que la política deportiva vaya a ser dictada desde las alturas por alguien que no sean ellos. Ferguson tiene ya una edad y pocas simpatías por el Madrid y si sale del Manchester será para irse al Castillo del Jubilado con el Abuelo Simpson. A Capello se hace difícil imaginarlo en una tercera aventura blanca y a Ancelotti de momento le va muy bien en el Chelsea y no creo que tenga problemas de sueldo. Así que… ¿a quién pueden fichar? ¿A Scolari? ¿A Rijkaard? ¿A Luís Aragonés? ¿Repescar a Camacho? ¿Repetir la operación Figo fichando a Guardiola? ¿O es que Del Bosque aceptará volver al banquillo bajo las órdenes de Florentino?

Luego está el señor Pardeza, un director técnico que no se muy bien lo que hace, ya que ni ficha ni corta. Valdano, que más allá de ejercer de guardaespaldas mediático del presidente no se sabe hasta que punto tiene libertad de movimientos para intervenir en la política deportiva del club. Trajo al mejor entrenador que pudo después de las calabazas de Mourinho y de Wegner y solo Florentino sabe qué más hizo.

Y así llegamos al Ser Superior. El Intocable. Vamos a analizar la trayectoria de este señor que ha triunfado en todo lo que ha intentado, pero que no logró sacar ni un escaño con el Partido Reformista en su intento de entrar en política. Con este año lleva siete temporadas al frente del Real Madrid. En su primera etapa, seis años, ganó dos Ligas y una Champions entre 2001 y 2003, en buena parte con la estructura futbolística heredada de Lorenzo Sanz. Luego optó por poner un entrenador más guapo que el que tenía y estuvo tres años en blanco. En 2006 dimitió en plena temporada, como una rata, ante la posibilidad de que el Barça ganara Liga y Champions bajo su presidencia. Otro dato es que desde que él entro en el 2000 ningún canterano se ha consolidado como titular en el Bernabéu, el último fue Casillas en 1999. Dice José Sámano, redactor jefe de deportes de El País en su crónica de del partido frente al Lyon que “en el deporte todo es posible, salvo para quienes consideran que el césped es un tapiz bursátil”, pero no tengo claro si se refiere a Florentino, que no se corta a la hora de soltar 60 millones por Kaká, un jugador que no está dando lo que se esperaba en el Bernabéu pero que en realidad ya venía de firmar una temporada lamentable en su último año en el Milan (inciso: no deja de ser curioso que ya no esté Calderón pero los madridistas se sigan preguntando eso de “¿dónde está Kaká?)

El problema del Real Madrid va más allá de Higuaín, de Pellegrini o incluso de Florentino Pérez. Al fin y al cabo es un club democrático y los socios eligen a su presidente. El verano pasado nadie se atrevió a presentarse contra el Rey Midas, y el que lo hacía era machacado por los medios, en especial por el tridente El Mundo-Marca-La Sexta. Y lo preocupante no es tanto esto sino que gran parte del madridismo lo asumió como normal y recibió a Florentino Pérez como el único posible salvador sin pararse a pensar que el constructor podía ser uno de los causantes de la caótica situación del club. Todo esto rebozado de una prensa tóxica para la vida democrática del club blanco, en unos casos por sus intereses empresariales y en otros por las relaciones personales de algunos periodistas con los poderes del entorno blanco.

El Madrid tiene un problema estructural de club, social y mediático que recuerda y mucho al del Barça de los 60 y 70 que se arrastraba por el mundo fichando jugadores a golpe de talonario y que lloraba por lo malvados que eran los árbitros, por el cabrón de Guruceta, por el hijo de puta de Franco y el ‘Joséplazato’. Un problema similar al del Inter de Milán que a pesar de tener casi siempre la mejor plantilla de Italia siempre ha estado a la sombra de Milan y Juventus. Un problema como el que lleva al Atlético a no estar a la altura de lo esperado a pesar de tener jugadores como Torres, Forlán o Simao. Porque el Madrid lleva seis años sin pasar de octavos ¡seis! Y desde luego de eso no tienen la culpa ni Higuaín ni Pellegrini.