¿La muerte del laportismo?

En toda la boca. Los resultados de las elecciones del Barça sólo se pueden interpretar como una hostia en toda la boca a Joan Laporta. Es digno de una tesis doctoral el hecho de que una junta que ha ganado cuatro Ligas y dos Champions, que cogió a un club en ruinas en 2003 y que en 2010 lo deja en la elite mundial, haya salido derrotada de esta manera en las urnas. Jaume Ferrer logró únicamente un 10,81% de los votos, el menos votado de los cuatro candidatos. No sólo eso, sino que además Sandro ‘el archienemigo’ Rosell arrasó con un 61,41%. Una cifra muy parecida a la que sacó el ‘no’ a Laporta en la moción de censura de 2008: un 60,6%. Para rematar el asunto, la encuesta que TV3 realizó a pie de urna, y que bordó los resultados finales, revela que el 62,6% no votaría a Laporta si se hubiera podido presentar. La interpretación es muy sencilla: la gente, el soci, no sólo valora si la pelota entra o no. El equipo puede ir como un avión pero el palco ser un desastre. Se puede ir más allá y hacer una interpretación más profunda, con una parte posiblemente fantástica: se atribuye el éxito del Barça de Ronaldinho a Rosell y el del Barça de Messi a Guardiola. Algo que es totalmente injusto porque Laporta, guste más o menos, era quien tenía en todo momento la última palabra sobre cualquier decisión que se tomara.

Laporta ha sido un presidente tremendamente polémico, con continuas meadas fuera de tiesto, un exceso de politiqueo que finalmente han acabado por condenar al laportismo al abismo. Al menos por el momento. La fuerte personalidad de Laporta fue una de las principales armas que le hicieron llegar a la presidencia y ha marcado, para bien y para mal, su mandato. Es muy injusto valorar a Laporta como “el peor presidente de la historia”, como hizo José Ramón De la Morena en El Larguero sin mirar más allá de sus arranques de líder rebelde frente al Imperio. Las formas de Laporta han sido de impresentables para arriba más de una, dos y tres veces, indigna de una persona que representa a 180.000 personas, y sus internadas en política son por lo menos muy discutibles (y no por su posición independentista, si levantase el brazo sería lo mismo o peor). Pero Laporta tiene su parte de mérito, y es mucho, en los 69 títulos que el FC Barcelona ha ganado en sus diferentes categorías durante sus siete años de presidencia. Negárselo es profundamente injusto.

Pero lo que ha matado –por ahora- la continuidad del régimen ha sido la incapacidad de Laporta a la hora de mantener unido al grupo. En 2003, al mirar la foto de la junta, varios posibles herederos, uno destacado: Sandro Rosell. Fue el primero en saltar del barco, retratado por el presidente como poco más o menos que el anticristo. Pero todavía quedaban gente fuerte, como Ferran Soriano. Abandonó el club tras la moción de censura, al entender que el hecho de que 60% de los socios estuvieran en su contra les obligaba moralmente a dimitir aunque los estatutos no lo hicieran. Albert Perrín, hombre cercano a Laporta, le calificó de “Tejero”. No han sido los únicos que han salido rebotados con “l’ amic Jan”: también Alejandro Etxeberria, Jordi Badia, Xavier Sala i Martín, Samuel Eto’o o incluso Alfons Godall, su amigo del alma de la infancia y que llegó a ser el candidato continuista durante unos días hasta que tuvo la brillante idea de proponerle a Laporta un pacto con la gente de Soriano.

Caído uno a uno sus posibles sucesores, no le quedó más opción que recurrir a Jaume Ferrer como su delfín. Dejando de lado su más bien nula carisma personal –que no significa que no pudiera ser un buen presidente-, el principal problema de Ferrer es que no es laportista. Es más, tuvo que escuchar todos los adjetivos menos guapo cuando le comunicó a Laporta que tenía intención de presentar su propia candidatura cuando el Presidentísimo todavía apoyaba a Godall. Posiblemente su intención al aceptar el papel de sucesor era arrastrar el voto laportista, que ha resultado ser mucho menor de lo que se pensaba, pero la sombra de su avalador ha acabado por agarrotarle, no ha sido él mismo y le ha impedido situarse cómodamente en los debates, donde se ha hundido. El propio Ferrer mismo ha reconocido que no ha sido un buen candidato y que han hecho casi todo mal.

En estos momentos el laportismo es un cadáver, un cadáver caliente pero cadáver al fin y al cabo. Pero puede ser uno de esos cadáveres de las películas que, cuando el héroe se aleja convencido de la victoria, abren el ojo de golpe o cierran el puño con una música estridente de fondo. Porque no hay que olvidar que los estatutos permiten a Joan Laporta presentarse en las próximas elecciones y si hay una persona lo suficientemente inconsciente como para volver a presentarse ese es, precisamente, Joan Laporta, siempre que no esté demasiado ocupado liberando Cataluña de la opresión castellana. Y tampoco conviene olvidar que el nuevo rey proviene de la misma semilla que el antiguo, que fue el primer ángel caído de aquella candidatura de 2003 que acabó con las divisones clásicas del barcelonismo para crear otras nuevas.

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